Jon de Urbia

El reciente rechazo en el Congreso de los Diputados a la moción relativa a la prohibición del burka en espacios públicos no solo retrata una decisión política concreta; revela, sobre todo, una profunda disonancia moral, estratégica y comunicativa en buena parte de nuestra representación institucional. Porque la cuestión de fondo no es quién formula la propuesta.

Si alguien afirma que lanzarse desde un décimo piso provoca la muerte, ¿la forma de demostrar desacuerdo consiste en arrojarse desde ese décimo piso?

Si incluso las figuras históricas más siniestras pudieron mostrar afecto por los animales, ¿deberíamos concluir que ese afecto es reprobable?

Resulta difícil imaginar mayor torpeza comunicativa, mayor incoherencia política o un acomplejamiento más evidente. Y, desde luego, pocas estrategias parecen más eficaces para alejar al electorado.

España llega tarde respecto a otros países europeos que, con mayor o menor acierto, han abordado el debate sobre el velo integral desde la óptica de la integración, la seguridad y la igualdad. Aquí, en cambio, el reflejo automático ha sido el rechazo identitario: negar la propuesta no por su contenido, sino por su procedencia.

La doble moral de cierto feminismo militante de extrema izquierda aflora con crudeza. Cuando la opresión adopta símbolos culturalmente incómodos de denunciar, el discurso emancipador se diluye hasta convertirse en simple recurso simbólico de un proyecto político exhausto, incapaz de ofrecer horizontes materiales y refugiado en consignas identitarias, especialmente ante la pérdida de apoyo entre los nuevos votantes jóvenes.

Sin embargo, el burka y el niqab:

  • Simbolizan la subordinación femenina dentro de interpretaciones conservadoras del islam.
  • Con frecuencia no responden a una elección plenamente libre, sino a presión familiar o social.
  • Refuerzan la segregación de género al ocultar completamente rostro y cuerpo.

Diversas voces críticas del fundamentalismo religioso han defendido restricciones al velo integral en espacios públicos europeos por motivos claros: dificulta la integración, expresa una ideología considerada opresiva y, en determinados contextos, puede vincularse a mecanismos de control coercitivo sobre las mujeres.

Ignorar este debate en nombre del relativismo cultural no es tolerancia: es abandono.

Al mismo tiempo, el nivel argumental exhibido por algunos representantes resulta desolador. Cuando se confunde la práctica religiosa musulmana con el islamismo político, el problema deja de ser ideológico para convertirse en intelectual. Conviene recordar que:

  • El islam es una religión diversa, con múltiples tradiciones espirituales y culturales.
  • El islamismo es una ideología política moderna, surgida entre los siglos XIX y XX.
  • Equipararlos supone falsear la realidad y empobrecer el debate democrático. Precisamente por eso, los símbolos impuestos sobre las mujeres funcionan en muchos casos como signos externos de proyectos islamistas, y no meramente religiosos.

La votación confirma además una realidad incómoda: el país opera de facto en un bloque político claramente escorado hacia posiciones de izquierda y extrema izquierda, cuya trayectoria acumulada de escándalos y deterioro institucional a lo largo de décadas forma parte ya de la discusión pública. En ese contexto, algunos actores parecen resignados a acompañar una deriva que erosiona sus propias tradiciones ilustradas, occidentales y humanistas.

El golpe simbólico es severo. Porque cuando quienes se reivindicaban defensores de la libertad, la identidad y la historia renuncian a debatir con claridad sobre igualdad y coerción, algo esencial se pierde. Y la pérdida no es táctica, sino moral y estratégica.

Queda, finalmente, una sensación difícil de eludir: desconocimiento, falta de preparación y repetición mecánica de clichés por parte de quienes deberían sostener el debate público con rigor.

No es solo un error político. Es una renuncia cultural, el triunfo de lo políticamente correcto, la cancelación de lo justo y la administración agónica de unos complejos cada vez más evidentes.

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