Jon Goikoetxea
Para los marxistas, el gran merito de Marx es que a partir de la sociedad capitalista (relativa y temporal) descubrió las leyes universales del proceso social. Se presenta como una concepción del mundo que tiende a coordinar, en una vasta y poderosa síntesis, todos los dominios del conocimiento humano y todos los aspectos de la actividad humana, sacando a los hechos y a las ideas de su aislamiento.
Para el marxista, toda “cosa” (subjetiva y objetiva) tiene dentro de sí una lucha, que en su aspecto más universal se manifiesta como una lucha entre lo NUEVO y lo VIEJO. A esta lucha se le llama contradicción.
Ejemplo. Para el marxista, en la sociedad vasca hay una lucha (proletariado-burguesía) en la que el proletariado es lo nuevo y la burguesía lo viejo. Pero ¿por qué esa diferenciación si nacen al mismo tiempo, viven juntos y mueren a la vez? Porque esa diferenciación no es por edad, sino por el papel que desempeña cada uno. La burguesía ocupa el poder dominante, el proletariado no, y como lo nuevo tiende a reemplazar a lo viejo, el proletariado (nuevo) tiende a reemplazar a la burguesía (viejo).
TODO CAMBIA. Cada cosa (unidad de opuestos) esta interconectada con las demás y se influyen mutuamente. No hay ninguna cosa que no cambie y que no esté conectada con las demás. No se puede dar movimiento sin una base (causa interna) y unas condiciones de desarrollo (causa externa).
Para Marx, la causa interna del cambio social reside en su base económica, en el modo de producción. Para el marxista, el régimen de propiedad privada constituye el elemento fundamental de la base económica de la sociedad capitalista y de él depende su superestructura. No es posible eliminarlo sin eliminar a su vez el complicado engranaje protector de instituciones político-sociales y de ideología erigidos para defenderlo y desarrollarlo.
Y de ahí surge la siguiente cuestión. ¿y la persona? ¿donde la situamos? ¿si no constituye la causa interna del cambio social, puede ser considerada como una causa externa? ¿no es algo absurdo?
No debemos confundir dos conceptos claves: la IMPORTANCIA con la NATURALEZA de las cosas. El primero es relativo y depende de las circunstancias concretas, y el segundo es permanente y afecta a la esencia de las cosas. Vamos a ver un ejemplo concreto: si planto unos pimientos en la huerta, no los riego, no llueve y hace mucho calor, esos pimientos acabarán estropeándose. El agua será el factor o la causa más importante para que la planta sobreviva, pero la naturaleza del pimiento seguirá residiendo en su genética. Nunca dará tomates.
El marxismo, nacido en el S.XIX, es fruto de una crisis profunda que Occidente atraviesa entonces. No se puede negar la importancia que el derecho de propiedad, entendido además como un derecho absoluto, ha causado en la explotación social que supone el modelo capitalista. Pero no debemos confundir la importancia de las cosas con su naturaleza. Porque en cualquier sistema social, ya sea con propiedad privada, propiedad publica, una combinación de ambas, incluso en una hipotética sociedad sin clases, la causa interna del cambio social seguirá residiendo en la naturaleza contradictoria de las personas. Somos la única especie capaz de crear valores morales y cambiar
las normas de convivencia.
Para terminar, es preciso tener en cuenta dos características fundamentales en toda contradicción: su UNIVERSALIDAD y su PARTICULARIDAD.
Cuando hablamos de cualquier “cosa” estamos hablando de su universalidad y a la vez de su particularidad. La universalidad reside en la particularidad. Hay que relacionar simultáneamente ambos aspectos, particularidad con universalidad: los árboles con el bosque, las personas con la sociedad, si no queremos caer en la unilateralidad.
En todo modelo social, la base de la sociedad y la causa interna de su cambio no puede ser sino la persona. Y cada persona tiene su universalidad y su propia particularidad, somos iguales y somos diferentes. La pregunta que surge es la siguiente: ¿Como gestionamos esta contradicción de la manera más acertada?
- Si predomina la particularidad, el resultado será una sociedad individualista.
- Si predomina la universalidad, el resultado será una sociedad colectivista.
- Pero solamente apreciando y teniendo en cuenta ambos aspectos, evitaremos caer en la parcialidad.
Es imposible entender la sociedad si no es como el producto histórico y cultural de los seres humanos, ni la conducta de estos si no es como un producto social. Individuo y sociedad son dos realidades inseparables. En el objetivo ético de alcanzar la felicidad hay sin duda un componente individual que no podemos eludir, pero las circunstancias del entorno, tanto humano como material, condicionan sin duda el resultado final. Por eso sería beneficioso reconsiderar la cuestión del antagonismo social entre izquierdas y derechas, entre universalidad y particularidad, sustituyendo el antagonismo por una colaboración enriquecedora entre ambos factores, combinando el bien común con la libertad individual.