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El Procés y el Auzolan, coincidencias y diferencias en pro de la libertad

Joxe Martín Larburu

De la misma forma que en el pasado, la vieja solidaridad entre vascos y catalanes, no se resintió por no tener una misma estrategia, no tiene por qué hacerlo en el futuro. Las estrategias frente a Madrid, de vascos y catalanes, fueron, son y  pueden ser diferentes.

Los abertzales vascos, a diferencia de los patriotas catalanes, desde un principio no apoyamos la constitución española (no la tomamos como nuestra); fruto de ello, en Euskadi la consulta para su aprobación, no tuvo el nivel de apoyo que logró en Cataluña.

La legitimación fue distinta, Cataluña se encaminó por la vía de la reforma política, que confirmó con el respaldo mayoritario que dio a la Constitución del 78. En Euskadi el nuevo Gobierno Vasco se legitimó con el traspaso de poderes del zaharra, y posteriormente fue refrendado en las urnas con la aprobación del Estatuto de Gernika (con concierto económico incluido).

No nos ató la constitución, pero no nos enterramos, supimos jugar a la política; a pesar de los ataques internos y externos (con acciones violentas incluidas) del soberanismo afrancesado, no renunciamos a nuestros objetivos, conseguimos que la restauración, en nuestro caso, se hiciese por voluntad democrática de los vascos. Lo dijimos en su momento y lo decimos ahora, a nosotros la legitimidad nos la da Euskadi, nadie más.

Es cierto que el estado, es un elemento desestabilizador, incapaz de cumplir su palabra, de adoptar iniciativas que den salidas tanto a las demandas de los pueblos catalán y vasco, no hace otra cosa que crispar a estos pueblos.

Pero ello no supone que se pueda fiar todo a un movimiento popular de resistencia que, aunque útil para mantener la moral en la resistencia al Estado, es claramente insuficiente para crear sociedad; y sí, además, se convierte en director de la estrategia catalana, el más que probable fracaso, terminará beneficiando a los nuevos españolizadores.

El siempre con Cataluña no nos puede volver ciegos. Es muy importante que la resistencia sea proporcional y adecuada, tiene que servir para unir a la comunidad. Una resistencia que une (más) al asimilador y que divide a su comunidad, puede ser todo lo épica que se quiera, pero es un fracaso. Una de las consecuencias de esa estrategia, es que la centralidad política está tocada, han desaparecido referentes como CIU.

Los vascos, por muchas bellas historias que tengamos, no perduramos por nuestras batallas bélicas -por muy épicas e irrenunciables que sean para nosotros-, lo hacemos por la voluntad de mantener nuestra lengua y nuestros valores; tómese, a modo de ejemplo, el mantenimiento del derecho pirenaico frente al romano. Somos de los pocos pueblos que habiendo sido romanizado no hemos sido latinizados.

Sabemos que los pueblos pequeños, bajo un estado centralista, si quieren que los deseos de su sociedad sean respetados, no pueden renunciar al uso democrático y pacífico de la movilización popular de resistencia. Sí una sociedad no es vigilante es más fácil que el estado se ponga, use sus poderes (en lugar de a favor del conjunto de la sociedad), al servicio de intereses particulares y partidistas de ideologías jacobinas.

Pero también somos consciente de que la unilateralidad no es suficiente, no vale, un pueblo no se crea sin, pero tampoco solo con, la resistencia. Sin la “hermandad sin par” que supone el AUZOLAN de los vascos, no hubiese sido posible que en el franquismo – sin libertades, sin instituciones, sin financiación pública- se crearan, empresas, cooperativas, movimientos culturales, ikastolas, centros sociales etc. No se pueden desarrollar estrategias de construcción social, que condicionen la puesta en marcha de empresas (industriales, sociales, culturales, etc.) a la consecución de un determinado poder público. Sin esta fuerza de construcción que nos proporciona la “hermandad”, la Euskadi que conocemos, no hubiese sido posible.

Un pueblo que se aísla termina desapareciendo, para continuar es necesario relacionarse con los demás pueblos, para que esas relaciones no le resulten nocivas, tiene que saber resistir. Un pueblo que, por miedo o por desidia, se apunta a todas las modas que vienen de fuera, termina siendo asimilado. Es así pues necesario, si se quiere continuar, combinar la apertura con la resistencia y el empoderamiento social.

Los vascos no estamos aquí gracias a nuestros ejércitos, ni a nuestros reyes, aquí lo que ha funcionado es el auzolan, las relaciones solidarias de vecindad, ayuda mutua y sentido comunal de la propiedad, un sentido ético de la vida…; una comunidad, donde las decisiones políticas y sociales para una convivencia igualitaria y justa han sido apoyadas por las autoridades cuando estas han sido elegidas por el pueblo. En la última institucionalización del país los Gobiernos Vascos lo han simbolizado como nadie, desde el de Garaikoetxea hasta el de Urkullu.

Hay muchas formas de construir un pueblo, y todas, a excepción de aquellas que vulneran los derechos humanos, son lícitas, cada pueblo debe de elegir las que le parezcan más adecuadas y eficaces para su desarrollo integral. Nosotros seguiremos con el Auzolan.

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