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Etxerat

Joxan Rekondo

Hace unos días, los representantes de Etxerat plantearon la necesidad de empatía entre los que, durante la larga etapa de violencia, han padecido diferentes formas de sufrimiento. Han pedido disculpas por haber buscado autoprotegerse y, como consecuencia, haberse mantenido en silencio ante el dolor que han sufrido las víctimas de ETA. Además, han manifestado su voluntad de tender puentes y acercarse al sufrimiento de los demás.

Las víctimas de ETA han reaccionado de manera dispar. Algunas de manera favorable, entendiendo que estas manifestaciones de los miembros de Etxerat son un avance hacia la creación de un clima positivo para la convivencia. Otras, significando que la declaración forma parte de una estrategia de la izquierda abertzale. En mi opinión, la nueva posición de Etxerat tiene de las dos cosas. Es una posición que se ajusta a las prioridades de la izquierda abertzale, que hoy pasan por la búsqueda de un respaldo transversal al cambio de la política penitenciaria. Pero, también supone un giro reconciliador en el discurso de Etxerat, que le sirve para dar un testimonio más creíble a sus demandas de un trato humano a sus familiares.

La lucha de los allegados a los presos ha sido principalmente autoafirmativa, en muchos casos sin que se implicaran otras motivaciones. Dentro del engranaje de la izquierda abertzale y sujeta a ella, Etxerat es una comunidad afectiva. Sus actos han buscado compartir y socializar el padecimiento familiar. Y su forma de lucha ante otros colectivos sociales e instituciones ha ido dirigida a lo afectivo y emocional.

Ahora que todas las fuerzas e instituciones se comprometen con la Verdad, Justicia y Reparación para las víctimas, no creo que deba ser Etxerat y sus miembros los responsables de asegurar de que se van a cumplir esos tres principios.

Esta situación me recuerda a una reacción de Albert Camus que, cuando se le pidió un posicionamiento justo ante el conflicto de Argelia, diría que ‘entre la justicia y mi madre, me quedo con mi madre’. El escritor francés no vio opción entre la justicia y el afecto, en el caso de que chocaran las exigencias de la una con las del otro.

La responsabilidad por lograr la verdad y la justicia es de todos. En primer lugar, de todos los vascos es la obligación de no renunciar a la exigencia de esa verdad y justicia hasta verificarlas por completo. Pero, la responsabilidad principal recae en los autores intelectuales y materiales de los actos criminales que son los que los legitimaron y los cometieron. Es decir, en las organizaciones e instituciones que lo hicieron bajo la forma de terrorismo o antiterrorismo. Sin que puedan descargar ese deber en las organizaciones que representan a los familiares de sus militantes. En este caso, la izquierda abertzale debe reconocer que la actividad de su brazo armado fue injusta, sin endosar a Etxerat la deuda que ETA contrajo con la sociedad vasca.

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