Posteado por: aberriberri | julio 31, 2018

Argumentos contra el nacionalismo (y 5)

Ernesto Unzurrunzaga

E. Argumentos contra el independentismo: la globalización favorece la integración de las naciones en grandes áreas regionales y la cesión de soberanía a instituciones supranacionales. El independentismo va en contra del sentido de la historia.

Aunque hay algo de cierto en esta visión, el impacto que ha tenido y está teniendo  la globalización económico-financiera en la estructura y en el gobierno de los viejos estados-nación es más complejo. Hacemos una pequeña reflexión al respecto.

– La eliminación de los obstáculos a la libre circulación de bienes, servicios, personas y capitales, unida a la caída de los costes del transporte y la adopción de una moneda única, erosiona progresivamente una base fundamental del Estado Nación que es la idea de la autosuficiencia económica y el autoabastecimiento. La coherencia interna de las economías nacionales declina, las relaciones con el exterior se multiplican y las internas comienzan a disolverse.  El consumo interno de bienes y servicios se satisface cada vez en proporción mayor con importaciones y a precios cada vez más bajos. Paulatinamente, la estructura económica interna del Estado Nación se desarticula, pierde coherencia, se especializa y se va integrando en el espacio económico monetario constituido por las naciones que han adoptado las medidas liberalizadoras que, en nuestro caso, es la UEM.

El proceso no afecta solo al ámbito económico monetario hay otras funciones cuyo planteamiento a escala nacional pierden sentido como es el del medio ambiente y el cambio climático, la dimensión de estos problemas es de tal magnitud que deben ser abordados de forma conjunta y coordinada por instancias supranacionales. Lo mismo puede decirse de los problemas de seguridad.  Pocos países en el mundo pueden defenderse por sí mismos de un ataque nuclear o de una guerra química o bacteriológica. Solo tiene sentido abordar estos asuntos a través de organizaciones internacionales como la OTAN.    Lo mismo ocurre con los problemas del terrorismo, el crimen organizado, el tráfico de drogas o la inmigración que tienen una dimensión global y que sólo se pueden abordar desde la cooperación internacional o a través de organizaciones supranacionales. Por lo tanto para hacer frente a los problemas macroeconómicos, medioambientales y de seguridad el Estado-Nación va dejando de ser operativo y se imponen las instituciones y organizaciones supranacionales.

Para que este proceso sea posible los estados nación europeos  han tenido que ceder competencias fundamentales. Ya no conservarían intactas ninguna de sus grandes funciones, acuñar moneda, ahora en manos del BCE, ni tendrían en sus manos los instrumentos clásicos de la política económica y financiera, también transferidos a la UE, ni la vigilancia de fronteras y aduanas, ni la política exterior y de defensa. Por ello, se concluye, que la independencia y la soberanía nacional ya no existen. En ese contexto las demandas independentistas por parte de políticos locales de territorios insertos en esos estados nación son calificadas por muchos de ridículas, anacrónicas y aldeanas y de ir en contra del sentido de la historia y se da a entender que la constitución de nuevos pequeños estados sería absurdo puesto que las soberanías nacionales estarían disolviéndose.

Pero la realidad contradice esa tesis porque, en las últimas décadas, lejos de disminuir, el número de estados en el mundo y también en Europa ha aumentado considerablemente. Para entenderlo hay que considerar que junto a un proceso de cesión de soberanía hacia arriba el Estado Nacion se ve empujado a ceder  competencias hacia abajo. La creciente democratización de los países hace que los políticos se ven presionados a estar más cerca de los ciudadanos y que la Administración vaya descentralizándose poco a poco. El principio de subsidiariedad, contemplado por el propio Tratado de la Unión Europea, está imponiéndose cada vez más en la gestión política y en las administraciones públicas.  Este principio contempla que sólo se eleva el nivel político-administrativo donde se gestiona un asunto de interés público hacia organizaciones o instituciones de mayor rango cuando se comprueba que su gestión no es eficiente en el escalón político administrativo inferior. Esta tendencia lleva (o puede llevar ) a que como predijera el sociólogo Daniel Bell, el estado-nación se convierte en “demasiado pequeño para atender a los grandes problemas del mundo actual y demasiado grande para encarar los pequeños problemas cotidianos del ciudadano”.

En efecto, ante la revolución que supone la globalización el viejo estado-nación tiene que redefinir sus funciones y su papel. En un mundo extremadamente competitivo y despojado de sus grandes poderes (moneda, defensa, diplomacia) sigue habiendo competencias de importancia decisiva, complementaria a la asumida por las instancias supranacionales, que deben desempeñarse para progresar y elevar la calidad de vida de la gente. Una vez asegurado el marco de estabilidad macroeconómica y monetaria y la seguridad de todo el área integrada, la competitividad económica y el bienestar de cada sociedad  dependerá de la gestión microeconómica, un buen sistema educativo, la formación profesional de calidad, la atención sanitaria, un sistema financiero bien supervisado y saneado, una justicia rápida e imparcial, la seguridad ciudadana, unas infraestructuras modernas y bien conectadas a los nudos internacionales. De esos factores dependerá la capacidad de un país para atraer talento, capital, visitantes. Ahora bien apelando al principio de subsidiariedad  todos estos campos competenciales podrían ser asumidos y gobernados por niveles inferiores al del viejo Estado nación.

Queremos decir con ello que en contra de lo que se afirma en el epígrafe que da título a este punto la globalización económico-financiera podría ser un factor que favoreciera la desintegración, también política, de los viejos estados nación porque ofrece un escenario que combina mercados amplios y el paraguas de la estabilidad macroeconómica y monetaria y la seguridad defensiva. Pequeños territorios con cierta homogeneidad cultural o lingüística podrían optar democráticamente, si se dan las condiciones políticas, por vivir independientemente del país en el que han estado integradas porque lo que ésta les ofrecía (mercado interior, moneda, defensa etc.) ahora les es garantizado por las instituciones supranacionales. Es este escenario el que ha permitido el nacimiento y la viabilidad de hasta 10 países de los 28 países de la actual Unión Europea[1]. En el mundo el número de países miembros de la ONU se ha multiplicado casi por cuatro pues ha pasado de 51 países en 1945 a 193 en 2011. Muchos de esos países son de tamaño pequeño o muy pequeño. En el mundo existen hoy 85 países de menos de 5 millones de habitantes de los que 5 tienen menos de 2,5 millones de habitantes y 35 menos de medio millón.

[1] Las tres repúblicas bálticas Letonia, Lituania y Estonia, Chekia y Eslovaquia, Croacia y Eslovenia, Bulgaria Rumania y Hungría. En lista de espera como candidatos, están Albania, Macedonia, Montenegro y Serbia.

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