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Mitología en la empresa

Gabriel Otalora

En un reciente estudio, Adecco resaltaba la poca importancia que los jóvenes en busca de empleo dan a lo que más valoran los empleadores: las actitudes, la disposición, el interés que muestren es lo que tiene para ellos más importancia: nada menos que el 78,3% frente al 68% de la experiencia y el 60% de la titulación, formación y especialización. Los idiomas, se quedan en el 21,3%. Después de leerlo, me ha venido a la cabeza una actitud con nombre mitológico que encubre algunas conductas dañinas en el mundo laboral.

En la mitología griega, Procusto era un posadero en las colinas de Ática que se hizo famoso por su hospedaje y cobijo al viajero. Pero cuando un viajero llegaba solo, entraba de noche en su habitación y le ataba las extremidades a las esquinas de la cama. Si el viajero era más grande que la cama, le cortaba las extremidades que sobresalían para que encajase exactamente en el lecho. Si por el contrario era más pequeño, le estiraba hasta descoyuntarlo para que se adaptase a la medida. De hecho, el verdadero nombre del posadero era Damastes; Procusto era el apodo, que significa “el estirador”.

La figura de Procusto muy pronto se aplicó pedagógicamente a diferentes entornos como la familia, la empresa o la política, convirtiéndolo en sinónimo de uniformidad; su síndrome evidencia el rechazo a la diferencia. Así, cuando alguien quiere que todo se ajuste a lo que dice o piensa, lo que quiere es que todos se acuesten en su particular Lecho de Procusto.

Hoy existen muchos procustos en la empresa privada y en la pública que demuestran su incapacidad para reconocer la validez de las ideas de otros. Y el miedo a ser superado profesionalmente por un subordinado se llama envidia. Dichas actitudes pueden llevar a estos directivos o mandos intermedios a eludir la toma de las mejores decisiones para su empresa, dedicándose a cercenar las iniciativas e ideas de aquellos que pueden dejarles en evidencia. La propia definición del síndrome de Procusto deja claras sus consecuencias en cualquier entorno, incluido el laboral: Lo padece “aquel que corta la cabeza o los pies de quien sobresale”.

Para reconocer estas conductas se identifican dos niveles de procustos: los que no escuchan otras opiniones al entender que su idea siempre va a ser la mejor y todos deben adaptarse a ella. Y aquellos que reconocen entre sus compañeros o subordinados a personas que pueden hacerles sombra y no están dispuestos a aceptarlo. Los primeros se molestan si se les dice que no tienen razón, no se ponen en el lugar de los demás ni soportan que se den opiniones diferentes a la suya llegando incluso a la descalificación personal. Los segundos sufren de miedo con la gente joven preparada y sus capacidades, que ellos no tienen, y lo que hacen es limitar su creatividad e iniciativa manipulando cualquier tema a su favor con tal de capitalizarlo en su propio beneficio. Las consecuencias en ambos casos, son fatales: generan un clima laboral de tensión y estrés por su afán de forzar las circunstancias para ajustarlas a su realidad. Priman su visión personal sobre la del equipo, la eficacia y los resultados generales.

El informe de Adecco nos abre los ojos sobre el motor de la excelencia empresarial hoy: las actitudes con las que afrontamos el día a día, la confianza que somos capaces de generar y la inteligencia emocional tan necesaria en situaciones complicadas, que son las que abundan. Se trata, pues, de una llamada de atención a educarnos e incentivar las conductas estratégicas para que los conocimientos y las habilidades adquiridos contribuyan a la eficacia del equipo y de la empresa. En el fondo, los procustos se preocupan por algo que a medio plazo puede no ser bueno para ellos: elegir subordinados o compañeros sumisos o que saben menos que ellos. El problema real es que no saben gestionar el talento y deciden amputarlo.

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