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El anti-ejemplo catalán

Joxan Rekondo Pyrenaeus-eko Talaian

La Vía Catalana mostró la fortaleza del músculo social independentista en Cataluña. El catalanismo ha abandonado su pretensión tradicional de regenerar la España reacia a la diversidad. Una autonomía tutelada, su reforma recortada, un marcaje centralista (poniendo en acción todos sus poderes) constante a sus expresiones culturales, a los que hay que añadir la caída en barrena de la economía privada y las finanzas públicas catalanas, han impulsado la gran reacción social catalana.

Esta reacción, al organizarse como fuerza independentista en un poderoso movimiento, puede interpretarse como resurgimiento o crecimiento de la conciencia nacional del pueblo catalán. Es normal que esta imagen del pueblo en marcha, avanzando resuelto en una dirección asumida por grandes masas, seduzca a los nacionalismos no estatales vecinos. Especialmente al vasco, teniendo en cuenta que durante décadas los barómetros sociológicos hechos en Euskadi han revelado una conciencia independentista más importante y significativa que la que se concluía, en el mismo tiempo, de las mediciones de opinión pública hechas en Cataluña. Este es, sin embargo, uno de los aspectos desde los que se puede acceder a la realidad que representa la Vía Catalana.

Las perspectivas son varias. Podríamos acercarnos al hervidero catalán desde diferentes puntos de vista. Así, resaltaríamos la determinación nacional, puesta repetidamente de manifiesto en los últimos meses. Pero, veríamos también que en la respuesta del españolismo político, aunque puedan observarse matices entre las distintas fuerzas, predominan la misma uniformidad y alergia de siempre ante la diversidad cultural y política. De abordar más al detalle los efectos sociales y políticos del choque de soberanismos opuestos en el interior de la sociedad catalana, advertiríamos un desplazamiento de las líneas de enfrentamiento entre catalanes, producto de un nuevo de eje de polaridad que comienza a aparecer con el nuevo escenario. Desde este punto, podría ser muy interesante el examen de los cambios que ya se están operando en el ámbito de la sociología electoral de Cataluña,…

Me gustaría, sin embargo, poner el acento en otra de las dimensiones de la cuestión catalana, la fragilidad político-institucional frente a la fortaleza con la que se ve desplegar a las masas sociales. Hay una enorme crisis de confianza en las instituciones, en los representantes públicos y en los partidos políticos. Por una parte, con el embate de esta crisis económica, el poder catalán se muestra incompetente y sin margen de maniobra financiero, más sometido que nunca al poder estatal. Por otro lado, el sistema político catalán, las fuerzas (todas ellas) que lo conforman, ha terminado al borde de la descomposición, tras caer en el despilfarro y la corrupción instituida, y un liderazgo a la deriva, sin estrategia e incapaz de representar genuinamente el pulso de la sociedad política.

La oposición entre régimen político-institucional y sociedad camina muy pareja en Cataluña como en España. Hay, de todas formas, diferencias importantes entre ellas. En España, el régimen (el poder) institucional permanece intacto, sin ser influido significativamente por los movimientos de calle, dado que éstos se desenvuelven en dinámicas paralelas. En primer lugar, porque las actividades que protagonizan los indignados en las calles chispean protestas parciales sin inflamar alternativas integrales. En segundo lugar, porque éstos no han logrado articularse eficazmente con fuerzas de presencia institucional. En Cataluña, en medio de su descrédito, lo político-institucional parece desbordado y a merced de una fuerte corriente social que le empuja, y que es administrada por una dirección que se mueve al margen del ámbito formal de las instituciones públicas.

Entiendo la emoción de quien observa en Cataluña la agitación del sentimiento nacional y ve cómo, a causa de ésta, su fuerza rompe con furia límites que parecían estabilizados. Así y todo, no entiendo a los políticos vascos que quieren que el estilo catalán se imponga en Euskadi, llamando a la sociedad vasca a que desborde a los partidos y los someta a su dictado. Para una ruptura con la política (y posterior desbordamiento social) sería necesario un fracaso institucional de graves consecuencias y ocasionaría una verdadera tragedia para un país como el nuestro, en el que todavía hay un nexo bastante sólido entre lo social y lo político.

El clamor social allí es fruto de un sentimiento de impotencia, del ‘no tenemos medios económicos’ para salir de este agujero. Este argumento aquí es enarbolado por EH Bildu. Enfrentar la crisis sin soberanía, es ‘pan para hoy y hambre para mañana’, le dijo Laura Mintegi al lehendakari Urkullu en el debate de política general. El desprecio a los instrumentos fiscales y financieros que denota esta afirmación, va unido a la falta de confianza en las capacidades de nuestra sociedad. Así, valiéndose además de que es una fuerza que dispone de una llave que controla importantes resortes institucionales, la izquierda abertzale formula la profecía que quisiera ver autocumplida. Bajo la excusa de que no hay nada que hacer, cuanto menos se haga, peor. Y cuanto peor, más conflicto y confrontación. Es decir, mejor.

La vía catalana muestra la fortaleza de la sociedad civil, sin duda. Pero, la vía gradualista vasca también lo hace. Qué pena da esa forma de patriotismo que suspira por un mimetismo con lo catalán, que pasaría por el acaecimiento de un  ‘sorpasso’ a la política institucional, mientras se desmerece la larga trayectoria de los vascos practicando la cooperación entre política y sociedad civil. No hace falta ser un lince para entender a quién interesa en Euskadi una acción social que se enfrenta y desborda (o domestica) a la política institucional. El MLNV cree haber encontrado, en el espejo catalán, una nueva oportunidad para configurar una agenda política vasca que arrastre al PNV hacia su zona de influencia (Otegi dixit).

Sin duda alguna, hay otras cosas a valorar en el momento catalán. Esas otras cosas pueden servirnos de ejemplo, acaso. Pero, en lo que a este punto concreto que analizo se refiere, se puede decir que la vía catalana emociona a quien no confía en nuestra vía propia. Lo que hoy somos (que, en gran medida, puede ser envidiable para la mayoría de los catalanes que se ‘encadenaron’ en su Diada) es consecuencia de lo que la política organizada y la sociedad organizada hemos hecho unidos, compartiendo ilusiones y proyectos, pero haciendo cada una de ellas lo que le correspondía hacer cada día, sin dejar nunca de afrontar los problemas concretos del hoy a partir del que, en acertada expresión del lehendakari Urkullu, se construye el “gran día de mañana“. Cuando, por el contrario, el poder público ocupa el espacio de la vida social queriendo tutelar su desenvolvimiento o las masas sociales desbordan a la política anulando el margen de maniobra y el ámbito de responsabilidad que corresponde al liderazgo institucional, estamos ante una grave anomalía. Una anomalía que demandaría una solución democrática, pero que no es, desde luego, una situación envidiable.

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