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El personalismo y la experiencia cooperativa vasca, ¿alternativa global?

Joxan Rekondo Pyrenaeus-eko Talaian

Lo social es lo que importa. Hoy, lo social es la preocupación preferente entre nosotros. De esta actitud cabe entrever que la crisis puede abrir la puerta a una nueva era de importantes cambios sociales. Cabría preguntarse por el sentido que adquirirán aquellas características sociales que son susceptibles de transformación y si se ajustarán a patrones de retroceso o progreso definidos por elites económicas o vanguardias políticas o serán el resultado de experiencias prácticas que realicen las personas en los ámbitos laboral y comunitario en los que se desenvuelven su vida. ¿Estamos ante un ciclo de democratización de la economía?

En el ámbito de las empresas, se están produciendo ideas y movimientos abundantes que escrutan esa proyección social.  Es cierto que algunos postulan un enfoque de lo social al servicio de una buena reputación empresarial o se implican con la RSE únicamente para protegerse de los riesgos que pueda conllevar su actividad corporativa. Pero, también hay posicionamientos y realidades socialmente interesantes, que van más allá de la preocupación por los intereses puramente mercantiles. Pongamos el ejemplo de la proactividad mostrada por muchos colectivos de trabajadores que se movilizan para recuperar la actividad de sus empresas, evitando su cierre y la destrucción de sus puestos de trabajo. Afloran asimismo ideas sugestivas que pueden servir para reconstruir el tejido económico desde la base. IK-LKS ha propuesto la creación de ‘telas de araña’ comarcales alrededor de las empresas con beneficios que invertirían en otras de su entorno territorial que se encuentren en un proceso de cambio y crecimiento, generando un círculo virtuoso del que todas las empresas podrían beneficiarse. ¿Podrían las empresas vascas inspirarse en el espíritu intercooperativo de Mondragón?

Ante el apremio por encontrar un modelo de salida frente a las dificultades que vivimos en las esferas económica y social, el artículo que adjunto, publicado hace unos meses por Richard Wolff en el diario inglés The Guardian, plantea una interrogante de indudable actualidad. ¿Es el cooperativismo de Mondragón una alternativa real al capitalismo? Más aun, son muchos los que han blandido el cooperativismo vasco (junto con ciertas formas de economía social) como argumento práctico en torno al que se podría articular un gran relato alternativo a los grandes modelos socio-económicos de vocación global, como son el capitalismo y el socialismo. Acaso, una Tercera Vía. ¿Es esto posible?

Cooperativismo, ¿paradigma global? Por de pronto, el mundo cooperativo vasco no tiene disposición de crear un modelo de sustitución. En sus textos, Arizmendiarrieta se identifica con una “contestación universal” ante los sistemas capitalista y socialista. En este sentido, sí hay una demanda que le opone categóricamente a ambos: “una jerarquía de valores que de tejas abajo empiece en el hombre. Y el trabajo como factor distintivo de lo humano, al que se supedita la propiedad. Sin embargo, no rechaza completamente la validez de aquellos, “pues hay en todos [los sistemas] mucho de aprovechable”. Su concepción de la economía parte de la empresa, y es pluralista. En el futuro “se conjugará y se concertará la economía pública y privada, el mercado y la planificación, las entidades de signo paternalista, capitalista o social”.

A pesar de que la idea transformadora del cooperativismo vasco no se cierra en la empresa, no es de extrañar este desinterés por presentarse como un paradigma de resonancia global. Mondragón se desarrolla a partir de las personas ‘tejas abajo’, es decir de las personas en su empresa y en su concreto hábitat comunitario. Del desempeño de personas singulares, como resorte central de los proyectos cooperativos, cabe esperarse una acción colectiva que perfile modelos sociales singulares que inciden en su entorno inmediato y no modelos globalizables miméticamente transferibles a otros lugares del mundo.

Bajo esta concepción, se percibe claramente la impronta de la cultura de la reciprocidad vasco-pirenaica (el Auzolan) y el compromiso con el ‘primer vecino’ (lehen auzoa), lo que demandaría de la empresa cooperativa una implicación estrecha con la comunidad en la que está inserta. Pero, se ve también que la cooperación solo puede establecerse desde abajo, a través de la participación consciente de todos los implicados. La distinción marxista entre los trabajadores ‘en sí’ (alienados o gregarizados) y ‘para sí’ (concienciados) en que se funda el sistema socialista no vale para los cooperativistas. Aquel sistema carece de una idea de empresa y concluye en un paternalismo totalitario que la vanguardia consciente impone al resto, en un ambiente social indigno para la realización de las personas.

La comunidad cooperativa debe ser una “comunidad convencida de serlo”, no caben en ella elites paternalistas. A falta de esa conciencia por la cooperación, se entiende que haya personas que prefieran acomodarse bajo un tutelaje privado o público, lo que viene a ser otra razón más que limita la idoneidad del cooperativismo vasco como alternativa global. Por ello, para Arizmendiarrieta, el mapa de la economía será plural. Ahora bien, su crítica a los que eligen cobijarse bajo tutelas paternalistas es afilada: “iñork emotekoari edo egindakoari begira dagona iñoren mende dago, naiz erri edo gizon soil”. Aquel sujeto (individual o colectivo) que está a la expectativa de lo que otro vaya a dar o realizar, está sometido a ese otro. Confiar en el advenimiento de una alternativa global viene a ser un sometimiento del mismo cuño. La auténtica alternativa reside en la capacidad auto-emancipadora de las personas a través de su interacción constructiva con su entorno social y laboral. Esta participación de las personas es un requisito necesario para humanizar la economía.

Personalismo. Hoy todos hablan de personas. Todos los grandes y pequeños proyectos políticos y sociales se refieren a la centralidad de las personas. Ahora bien, no todos admiten la madurez de las personas para conducir su propio proceso de liberación. Frente a los que sólo confían en el cobijo de patronos paternalistas o en la tutela de los gobiernos, la experiencia cooperativa promueve la confianza en la asociación de personas en un régimen de cooperación y participación colectiva. Es, en definitiva, el recurso a las personas concretas al servicio de una meta establecida en las propias personas. Las personas como recurso y meta forman parte del meollo del movimiento cooperativo, y esto es lo que impide que sus realizaciones cooperativas se ajusten a estándares cerrados y mundializables. De ahí, en definitiva, que sus protagonistas prefieran identificarse con la más prudente expresión de ‘experiencia cooperativa’.

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