Vascos con el País a cuestas

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Ion Gaztañaga

(Elías Salaverria, «El desembarco de Elcano en Sevilla»)

Se cumplen este año también 50 años del fallecimiento de Gregorio Marañón, médico, científico, historiador, escritor y pensador español nacido en Madrid aunque su apellido nos indique su origen en la Merindad de Estella. Pero también, como decía Jose María Urkia en la presentación de su libro ‘El mundo vasco en Gregorio Marañón’, editado por la Real Sociedad Bascongada de Amigos Del País, «Amó, sintió, admiró el País Vasco», pues para Marañón «El País Vasco es prototipo de todo lo que es un país». Comprometido política y socialmente, se opuso a la dictadura de Primo de Rivera, apoyando inicialmente la Segunda República (el 14 de abril del 31 se reunieron en su casa el Conde de Romanones y Niceto Alcalá Zamora acordando el exilio de Alfonso XIII y la proclamación de la República). Y por su concepción humanista criticó los excesos de ambos bandos en la República contra la dignidad humana. Se exilió en París hasta 1942 y su humanismo estuvo siempre acompañado de un compromiso con la libertad y con el respeto hacia las ideas de los otros que tan poco gustó en la España de Franco, aunque fuera tolerado por su prestigio.

Marañon fue un asiduo veraneante de nuestro País. No sólo en Donostia en su Villa Araoz (actual sede del Coro Easo y situado en su homenaje en la calle Dr. Marañón 20) y en Hondarribia, sino también en su exilio parisino en Donibabe Lohitzune y Biarritz. En nuestro País hizo numerosos amigos como el pintor Zuloaga (paciente y retratista de Marañón) cuya fundación realizó un homenaje al insigne médico el pasado día 10 de Abril en Zumaia.

Sin embargo es con otro artista vasco, el lezotarra Elias Salaverria, el que hizo que Marañón, en un artículo dedicado al pintor y publicado en La Nación de Argentina, realizará una honda descripción de lo que él entendía como País. Un artículo que conviene leer con detenimiento para observar cómo un visitante asiduo puede encontrar una visión diferente y  la vez emocionante, de un concepto, el País, que a nosotros nos cuesta definir en numerosas ocasiones y más aún hacer participes a todos. Un País que en palabras de Marañón es más que Patria y mucho más que Nación, un País cuyo mejor homenaje como vascos, es recorrer el munco con nuestro País a cuestas:

Elias Salaverria: “Un vasco con el país a cuestas”

I

Nada nos hace vivir eso que es más que la patria, y mucho más que la nación, el país, como la pintura. (…) En el país, nuestra conciencia descansa con la inefable ternura con la que la cabeza del niño se reclina en el seno de la madre.

Todo territorio geográfico es parte de una patria, de una nación. No todos tienen el privilegio de ser un país. No define el diccionario lo que el país es en realidad: “Región, reino, provincia o territorio” le llama con atolondrada vaguedad, que puede ser todo eso, pero es siempre algo más, (…). Lo que caracteriza el país es la unidad estricta de lo que vive en él, es decir, algo que está por encima de lo puramente geográfico o de los artificios humanos que hacen o deshacen las provincias y los reinos. En el país hay una unidad milenaria en el hombre que lo habita, una historia que se puede sumar a otras historias o desgajarse de ellas, pero nunca confundirse con las demás; una cultura que puede no ser de calidad excelsa, pero si de intransferible personalidad; un mundo tradicional y, a veces, una lengua o dialecto.

La patria y la nación exigen para conocerlas y definirlas la historia, que es crónica y apología. La expresión de lo que es el país, nos la da, ante todo, la historia natural, que describe lo que ve. (…) Por eso, el gran eco de la pintura está en lo familiar- la familia es el alma del país- y en todo lo de genuino tiene el país.

II

Estas reflexiones las suscita la contemplación de la pintura vasca de Elias Salaverria. El País Vasco es protipo de todo lo que es un país y, por ello, casi todo lo que es, hasta lo que se escapa del discurso y la pluma, desde luego lo más representativo puede consignarse con un pincel sobre el lienzo. (…) Sea lo que quiera, en la pintura de este vasco está la quintaesencia del alma del complejo y extraordinario país que separa y une a España y a la demás Europa. Y si esta impresión de esquema reconcentrado de lo que es vasco nos hacen los lienzos de Salaverria en el centro de su ambiente (en su estudio de Lezo), ¿qué no será cuando estos lienzos vayan a otras tierras? ¿Qué no será, sobre todo, cuando se abran ante los ojos del vasco que vive lejos, en otro continente, a donde fue impulsado por su ímpetu expansivo o arrastrado por el vendaval de las humanas pasiones? Yo lo imagino, porque he convivido con vascos y sé la patética intensidad que en ellos tiene la nostalgia. La fortaleza del vasco, cuando está expatriado, voluntariamente o no, depende de que su país esté con él, con integridad que rara vez alcanza a los demás peninsulares. Lo esencial del vascongadismo lo lleva a cuestas el vasco, esté donde esté, como un hatillo ligero, donde no falta nada. La nostalgia del vasco no es pues, una nostalgia de recuerdo, sino la que crea una realidad del país, que está como desgajada y quisiera volver a incorporarse a la tierra natal. (…)

III

Con los cuadros ha ido a América el autor. El autor que siempre es tan importante junto a su obra aquí es esencial. Le estoy viendo bajar del avión y emprender su marcha reposada, tan vasca, por las Avenidas de Buenos Aires, con esa seguridad que los de su tierra tienen para pisar las tierras remotas, no como si fueran suyas, sino como si ellos fueran de la tierra nueva. (…)

Ese gesto contenido y lo que el gesto encierra, es no sólo el secreto de sus cuadros victoriosos, sino el de la profunda simpatía humana de este vasco de Lezo, que recorre el mundo con su país a cuestas.

Gregorio Marañón, 1948, de “La Nación” de Buenos Aires.

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2 comentarios en «Vascos con el País a cuestas»

  1. «La fortaleza del vasco, cuando está expatriado, voluntariamente o no, depende de que su país esté con él, con integridad que rara vez alcanza a los demás peninsulares. Lo esencial del vascongadismo lo lleva a cuestas el vasco, esté donde esté, como un hatillo ligero, donde no falta nada. La nostalgia del vasco no es pues, una nostalgia de recuerdo, sino la que crea una realidad del país, que está como desgajada y quisiera volver a incorporarse a la tierra natal. »

    Grande.

  2. Se publicó un articulo por el presidente de la RSBAP-Euskalerriaren adiskideen elkartua Urkia en Noticias de Gipuzkoa al respecto:

    http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2010/04/09/opinion/tribuna-abierta/maranon-desde-el-pais-vasco-a-los-50-anos-de-su-muerte

    Marañón desde el País Vasco a los 50 años de su muerte

    Presidente RSBAP. Gipuzkoa, por José Mª Urkia Etxabe

    Fue un 27 de marzo de 1960, un día frío de la incipiente primavera de Madrid, cuando el Dr. Marañón desaparecía físicamente de la escena nacional e internacional, su legado, su memoria, mal que bien, se ha mantenido. Reverdece, con profusión de hojas, en esta primavera de 2010, con una magnífica exposición acerca de su obra y pensamiento en la Biblioteca Nacional Madrid, exposición itinerante, que pasará el verano en Santander y el otoño, en su «nostálgico» Toledo. La acertada muestra en la Nacional llama la atención por la belleza de los cuadros que la acompañan, pinturas de Zuloaga, Vázquez Díaz, Sorolla, Regoyos, Sert, y fotografías, en especial, de Paco Mari, el fotógrafo donostiarra que le inmortalizó en escenarios donostiarras, hay dos magníficas, en Ondarreta, de Marañón junto al Conde de Romanones y otros políticos destacados de 1930. Falta , por poco tiempo, el estupendo óleo de Elías Salaverría, 1952, año de su muerte, en el que se representa al Dr. Marañón pasando visita en el Hospital General de Madrid, obra reciente y oportunamente adquirida por nuestra Kutxa y que lucirá en el nuevo Oncológico, cuadro, con el valor añadido de ser el único en el que se representa al Dr. Marañón en su servicio clínico.

    El País Vasco, su País Vasco, que tanto amó, está participando activamente en este homenaje-recuerdo a Marañón. El libro recientemente publicado El Mundo Vasco en Gregorio Marañón y presentado con éxito, tanto en Donostia como en Madrid, en la Fundación Ortega, ha causado emoción al comprobar la estrecha relación de don Gregorio con nuestra tierra, sus gentes, sus costumbres, su gastronomía, la manera de ser y de estar de los vascos. Si con la pintura vasca de Elías Salaverría aprehendía Marañón lo que para él suponía el País Vasco, las ciudades, sus amigos médicos y no médicos, los Amigos del País, los intelectuales, los artistas, hasta el santo de Loyola, todo eso configuró el alma, su hondón, en el pensamiento y en el ser marañoniano.

    Si elogió Toledo, no menos lo hizo con San Sebastián, «en donde el mar es el más mar», donde nació su hija primogénita Carmen, en 1912, y bautizada en la Iglesia de San Vicente, «el templo de más sentido religioso que he conocido», y ayudado el parto por dos excelentes clínicos vascos: Huici y Zaragüeta, el padre del admirable don Juan Zaragüeta, San Sebastián fue su mundo del verano, sus tertulias en la Biblioteca Provincial, con Arteche, sus pacientes, sus libros y paseos, sus estancias: Hotel de Londres, María Cristina, Biarritz, Villa Araoz, Villa Magnolia, sus médicos amigos: Eizaguirre, Gallano, Echauz, Beguiristain, Bergereche, Zuloaga, Navarro, Bueno, Barriola, Irigaray, Soriano, Alvarez Sierra, Usandizaga, Gárate, Álvarez Coca, etc.

    Pero el privilegio de San Sebastián, en donde un paseo le recuerda, lo comparten otros rincones guipuzcoanos, muy especialmente, el rincón del Bidasoa: Hondarribia e Irún, e Iparralde, Hendaya, San Juan de Luz (en donde otro hermoso paseo le inmortaliza), Biarritz, Bayona. Las sociedades Aldabe, Toki Goxo, San Marcial, fueron lugares íntimos de Marañón con sus condiscípulos para comer y disfrutar de aquellos paisajes vascos: verdes y azules que tanto enamoraron a él y a Vázquez Díaz.

    Y Hondarribia vuelve a tener protagonismo esencial en este libro homenaje, el gran artista Sagarzazu, hijo de la noble ciudad, ha querido pintar nada menos que 33 acuarelas, bellísimas, homenaje a Marañón en el citado libro, entre ellas «Villa Arrostegui», residencia veraniega del ilustre médico, en donde, al final de cada la temporada estival invitaba a todos los niños del barrio a una chocolatada en sus jardines.

    La gastronomía vasca debe a Marañón un reconocimiento de gratitud, desde el celebérrimo prólogo al libro de cocina de Nicolasa Pradera, 1933, hasta sus encuentros gastronómicos memorables con el gran Busca Isusi, de Zumárraga, en especial la famosa cena velada en la desaparecida Sociedad Beloqui, con caricatura de Marañón incluída de la mano de «Ayalde».

    Con los buenos y honrados Amigos del País descubrió tantos rincones históricos vascos, en lugar preferente la velada en la casa de Víctor Hugo de Pasajes y el magnífico obituario que a su muerte le dedicó Ciriquiain Gaiztarro. Admiraba Marañón el silo XVIII, a su Feijjoo, y no menos a Peñaflorida.

    Escribió en Boletín de la RSBAP, en sus inicios, 1948, y se carteó con Urquijo.

    En su formación médica fue don Juan Madinaveitia su mejor profesor, San Martín el cirujano que le conmovió y Achúcarro el genial investigador bilbaino, con su nombre bautizó a su generación. De los médicos vascos, condiscípulos y discípulos, dijo que siempre fueron notables clínicos, de los mejores del país, pero sobre todo sus mejores amigos, véase a Julián Bergareche.

    No se puede entender a Mararañón sin la influencia vital de Unamuno, sus frecuentes visitas a Hendaya en el exilio. 1925-1930, sus emotivas poesías en el claustro de la Catedral de Bayona, y paseos por sus callejuelas. Introdujo a Baroja en la Academia de la Lengua y le cuidó en París, luego le visitó en su admirable Itzea, el hogar de los Baroja. Y Zaragüeta, Miguel Artola, Sánchez Mazas y La vida nueva de Pedrito de Andía, y Salaverría y Luis Araquistáin.

    Tampoco se puede entender a Marañón sin su íntimo Zuloaga, las cartas y las pinturas hablan sobradamente de ello, por eso el próximo el 10 de abril, en Santiago-etxea, » la Villa Medicis Vasca» se prepara una soberbia velada, no hay lugar mejor.

    En 1987, el genial Chillida esculpirá el famoso sexto sillón, del que habló Berruezo; instalado en su Cigarral Toledano, mirando su «ciudad eterna», fue, sin duda, el mejor homenaje que le volvió a hacer un vasco, y como el mejor damasquinado se lo hizo en sus bodas de oro profesionales el eibarrés Lucas Alberdi.

    Pocos pueden dar más, desde luego con el corazón y el alma, ninguno como sus amigos vascos de ayer y de hoy. Decididamente, el mundo vasco fue nuclear en la vida de don Gregorio Marañón.

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