Aberriberri bloga

“Pedagogía” ciudadana

Imanol Lizarralde

Los desastrosos resultados del euskobarómetro respecto a valoración de Patxi López y de su Gobierno han hecho sonar las alarmas. La sugerencia o idea del historiador Florencio Domínguez de que la ciudadanía vasca tenía que ser “educada” para ver las cosas con otros ojos, parece ser ha sido tomada en cuenta. Leo en El Mundo (5-2), “14 colectivos se unen para crear “la cultura del cambio” en la sociedad vasca”.

Nos encontramos ante una verdadera agrupación de colectivos tanto de izquierda como de derecha, que, según El Mundo, “se han reunido en un único movimiento para articular un “discurso del cambio político” que desmonte el lenguaje y los conceptos pervertidos por 30 años de poder nacionalista”. Entre las personalidades que caracterizan este “movimiento” se encuentran viejos conocidos de Aberriberri, como son Joseba Arregi, Teo Uriarte o Manuel Montero.

Explicando la iniciativa, Arregi declaraba que “tras la transición, los partidos “han hecho muy mala pedagogía política” y “hay que aclarar muchas madejas enmarañadas sobre qué es la democracia o el Estado de Derecho”. Y esto lo dice una persona que ha llevado más de dos décadas en la política activa, con responsabilidades de gobierno en gobiernos nacionalistas, y con cargos como el de Consejero de Cultura. ¿Se excluye Arregi de esa falta de “pedagogía política” que atribuye a los políticos? ¿Qué ha hecho él para evitarla, cuando se encontraba en la política activa, en puestos ejecutivos? En el grupo tenemos también al ex rector de la UPN, Manu Montero. Ya, desde la base, este “movimiento” cae en profunda contradicción, al negarse a admitir el carácter plural y complejo de las mayorías de gobierno en el País Vasco en estos últimos 30 años. Si existe (que también opino que existe) confusión y falta de claridad acerca de los conceptos de democracia y de estado de derecho, esa responsabilidad no es exclusiva del nacionalismo vasco. Plantearlo de esa manera es una forma fácil de librarse de responsabilidades propias, que las tienen muchos de los miembros de los 14 colectivos así como el constitucionalismo en general.

La premisa aireada por Arregi en la presentación del movimiento, es que “el problema en Euskadi no es sólo ETA”. Refiriéndose al nacionalismo y al PNV, Arregi prosigue diciendo que

“hay quienes han dicho que comparten los fines de ETA”, y ahí es donde estriba el problema, porque “hay que condenar la violencia y criticar políticamente todo lo que va unido a la violencia terrorista, el proyecto, el contexto y las explicaciones que sirven para apuntalar esa violencia. Esa es la “legitimación indirecta” que a su juicio ha posibilitado que ETA sobreviva durante tantos años”.

Arregi plantea en términos “atmosféricos” la pervivencia de ETA, en función de que el nacionalismo ha dicho compartir los fines de ETA. El nacionalismo vasco no ha sido coherente en ese punto, pues ha dicho de formas alternativas que compartía o no compartía fines. Iñigo Urkullu, en el Aberri Eguna de hace dos años, lo afirmó de una manera tajante y Hamaikabat desde su fundación lo remarca: no comparten los medios ni los fines de ETA.

Por otro lado: el nacionalismo vasco, el PNV, Hamaikabat e incluso EA en la mayor parte de su historia, han poseído un proyecto y un programa político diferente que el del MLNV, por medio del cual Euskadi se ha dotado de un Estatuto de Autonomía, unas instituciones representativas y han contado con una ejecutoria de Gobiernos nacionalistas con colaboraciones intensas con partidos españoles como el PSOE. Lo quieran o no esos colectivos, en Euskadi las responsabilidades políticas son complejas. Achacarlas al competidor político es un ejercicio de desresponsabilización que va en contra de la reflexión que dicen querer impulsar. Las perlas que dijeron los componentes diversos de esos colectivos en su contacto con los medios de comunicación merecen un comentario individualizado.

El propio Joseba Arregi decía:

“El problema en Euskadi no es sólo ETA. Hay más. A causa de la violencia terrorista y junto a ella ha ido entrando en la mente de muchos ciudadanos vascos una idea de la política (…) basada en la primacía del sentimiento sobre la ley”.

Es evidente, ya lo ha dicho otras veces, que Arregi se refiere a un “sentimiento” de pertenencia nacional determinado (el vasco) como opuesto a “la ley”. Para Arendt la era totalitaria se ve caracterizada por esa extraña lógica que va en contra del sentido común, es decir, del sentido general de compartir unos valores pre políticos, como es la contraposición entre sentimiento y ley. En la era totalitaria, los valores luchan unos contra otros, por la falta de conciencia de la ciudadanía de lo que comparte.

Arregi pretende poner en contradicción un determinado sentimiento de pertenencia con la ley. Cuando le ley está hecha, precisamente, para satisfacer el sentimiento del hombre, el sentimiento de justicia humano, dentro del cual se encuentra también la pertenencia, que no es otra cosa que la conciencia secular de una red familiar que hace a cada individuo. Considerar la ley como ajena al sentimiento es plantear una visión de la ley inhumana, en la que la ley no trabaja por la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos, entre las que se encuentra también la de satisfacer desde la justicia el sentimiento de pertenencia de los mismos.

Pero lo peor de todo es que Arregi, al plantear esta contraposición, no quiere caer en cuenta que hay dos lados de la balanza, aunque a uno le llame sentimiento y al otro ley. Ninguno de ellos es ajeno a una caracterización nacional. La ley, como la llama Arregi, no es ley en abstracto, es la ley del estado español, así como el sentimiento de pertenencia es sentimiento de pertenencia vasco. La contraposición sigue una lógica perversa y destructiva tal como nos la propone Joseba Arregi.

Manu Montero, por su parte, declara lo siguiente:

“Tras el Pacto de Lizarra, los soberanistas “ahondaron en el radicalismo lingüístico, la reserva de la función pública a una parte de la sociedad, el apoyo a los entramados institucionales nacionalistas y la presión ideológica sobre la educación”.

El señor Montero prescinde de que, tras el Pacto de Lizarra, se radicalizaron todos, incluyendo de forma destacada al PP y al PSOE, que aprobaron un Pacto Antiterrorista que era de facto, como es esta alianza de colectivos, una alianza primordialmente antinacionalista y no antiterrorista, por la cual los nacionalistas fueron expulsados de todas las formas de participación institucional gracias a esa alianza. Montero también elude que tras el Pacto de Lizarra, el PSOE y, según la legislación actual, ETA (ya que Batasuna es ETA según esa legislación) mantuvieron desde el 2001 largas conversaciones que entrañaron un proceso de paz fallido, que implico a todo el Estado. Montero también prescinde que el nacionalismo y el Gobierno Vasco fue acusado en aquellos años de ser el gobierno de ETA y de que su plan era el plan de ETA mientras el PSOE mantenía conversaciones con “ETA”. Montero prescinde que frente al “soberanismo” vasco se encontraba el “soberanismo” español, jugando a un doble juego, de beligerancia antinacionalista y de negociación con “terroristas”.

Teo Uriarte no quiere ser menos que Kepa Aulestia y lanza sus dardos contra la Iglesia:

“Existe una determinada moralidad, y curas y frailes del país en la vereda nacionalista lo prueban, que acaba si no justificando si comprendiendo el terrorismo, sobre todo cuando se ha llegado a pensar (…) que puede venir bien a los propios intereses”.

El ex líder de ETA pretende endosar la responsabilidad del terrorismo que él fundó y difundió a la Iglesia vasca. Es un hecho que no por repetirse es menos asombroso. Aquellos que hemos estado en ikastolas en la época de Franco lo hemos conocido de primera mano y en propias carnes. Cuando veíamos los que ahora engrosan las filas del PSOE luchando, desde ETA y desde EIA y desde Euskadiko Ezkerra, contra los valores cristianos, por considerarlos los valores más contrarios al espíritu revolucionario, nos produce un sentimiento de irrisión contemplar las vueltas que da la vida. Y que sirven para que aquellos que luchaban en contra de los valores cristianos porque no permitían matar a su antojo, ahora quieren arrojar la responsabilidad de sus actos sobre aquellos que combatían. Hay que admitir la coherencia de Uriarte, ya que tanto cuando era jefe de ETA como cuando es líder de un movimiento cívico su enemigo sigue siendo el de siempre: el nacionalismo vasco.

Emilio Guevara nos saca el tema del euskara:

“El cambio debe comportar una revisión radical de los criterios para el acceso a la función pública, y muy especialmente el del euskara. Sólo dispondremos de una Administración imparcial (…) si seleccionamos a las personas de mayor mérito”.

Como Arregi, Guevara se complace aquí con contraponer dos valores positivos como son el euskara y la competencia en la materia de adjudicación de plaza pública, poniendo en tela de juicio el consenso lingüístico entre nacionalistas y constitucionalistas y proclamando la necesidad de tomar medidas. Para Guevara, no cabe duda, el cambio consiste en valorar menos al euskara.

Finalmente, José María Salbidegoitia, el representante de Ciudadanía y Libertad, proclama:

“El simbolismo nacionalista conduce al Pueblo vasco entendido de forma religiosa (…) que no se justifica el pacto entre sus miembros, por la racionalidad argumentativa, por la historia real (…) sino por la creencia de la revelación sabiniana”.

Pienso que, por desgracia, Salbidegoitia sobreestima “la creencia de la revelación sabiniana” entre los nacionalistas vascos, que son gente común con problemas comunes, y no con adherencias extrañas a símbolos religiosos o nacionales. A menos que Salbidegoitia meta también en la comunidad nacionalista al MLNV, con lo cual la teoría de la “revelación sabiniana” hace aguas por todas partes. ETA surgió bajo el lema de Federico Krutwig de que “sólo JEL (Jangoikoa eta Lege Zarra) sobra”, negación de la “revelación sabiniana” que Salbidegoitia también niega. En eso, Salbidegoitia coincide con ETA.

El surgimiento de este “movimiento” no supone nada novedoso pues sus caras y plumas hace tiempo que están al servicio de la labor de combate al nacionalismo democrático. Pero supone que tendremos que sufrir desde diferentes ámbitos mediáticos e incluso pedagógicos la repetición de todos estos mensajes. Ahora que vienen vientos electorales, además son de utilidad al PP y al PSOE.

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