EZ ala BAI: Gizabidea frente a la política de la negación (II)

Pello Sasiain

Serie: Genealogía Ética Vasca

Una parte significativa del debate político contemporáneo se articula hoy en torno a la negación. Negar el marco del otro, negar su legitimidad, negar su relato o su derecho a definir el sentido de lo común. El EZ se convierte así en una posición autosuficiente, capaz de cohesionar identidades y movilizar adhesiones sin necesidad de formular un proyecto afirmativo propio.

La negación no es, en sí misma, ilegítima. Toda comunidad necesita decir no a determinadas prácticas, discursos o dinámicas que considera injustas o destructivas. El problema aparece cuando la negación deja de ser un momento crítico dentro de un horizonte ético más amplio y pasa a convertirse en el principio organizador de la acción política. Cuando el EZ sustituye al proyecto, la política se empobrece y la ética se diluye.

Desde la perspectiva del gizabidea, esta deriva resulta especialmente problemática. La ética situada que ha sostenido históricamente la convivencia vasca no se ha construido sobre la base de la oposición permanente, sino sobre la afirmación de prácticas compartidas. El BAI del gizabidea no es una consigna vacía ni un optimismo ingenuo; es la afirmación concreta de vínculos, responsabilidades y modos de relación que hacen posible la vida en común.

La política de la negación tiende a simplificar la realidad. Reduce la complejidad social a un esquema binario donde toda posición debe alinearse de manera inmediata. En este marco, la duda se interpreta como debilidad, la matización como traición y la prudencia como complicidad. El espacio intermedio —ese cauce central donde se articulan la pluralidad y la convivencia— queda deslegitimado.

El gizabidea introduce aquí un criterio distinto. No pregunta primero contra quién se está, sino qué tipo de relación se está construyendo. No evalúa una posición por su capacidad de confrontación, sino por su efecto sobre el vínculo comunitario. Esta inversión del enfoque resulta incómoda en contextos de polarización, porque obliga a asumir responsabilidades que no pueden externalizarse en el adversario.

Decir BAI desde el gizabidea no significa aceptar acríticamente todo lo existente ni renunciar al conflicto. Significa afirmar aquello que merece ser sostenido: la dignidad relacional, el cuidado de lo común, la responsabilidad compartida. Es un BAI exigente, que compromete al sujeto con sus propias prácticas y no solo con su discurso.

Cuando la política se instala de manera permanente en el EZ, corre el riesgo de convertirse en una ética reactiva. Su horizonte no es la construcción de un futuro compartido, sino la resistencia continua frente a una amenaza percibida. Esta lógica puede generar cohesión a corto plazo, pero a largo plazo erosiona la capacidad de la comunidad para pensarse como sujeto moral autónomo.

Desde la genealogía ética vasca, esta erosión no es un fenómeno menor. Una comunidad que se define principalmente por lo que rechaza termina perdiendo contacto con las prácticas que la constituyen. El EZ sostenido sin un BAI equivalente vacía de contenido conceptos heredados y los convierte en instrumentos de confrontación. La ética se reduce entonces a retórica justificadora y deja de orientar la acción cotidiana.

El gizabidea ofrece una alternativa discreta pero profunda a esta dinámica. Propone desplazar el centro de gravedad desde la negación hacia la afirmación responsable. No se trata de abandonar la crítica, sino de situarla dentro de un proyecto de convivencia que no se agota en la oposición. Allí donde el EZ marca un límite, el BAI debe abrir un camino.

En tiempos de polarización inducida, esta apuesta resulta contracultural. Requiere renunciar a la comodidad de las identidades cerradas y asumir la fragilidad del vínculo. Pero es precisamente en esa fragilidad donde se juega la continuidad ética de una comunidad. Sin prácticas afirmativas que sostengan lo común, la política de la negación acaba negándose a sí misma.

Tal vez el desafío actual no consista tanto en acumular razones para decir EZ, sino en reaprender a decir BAI sin ingenuidad y sin grandilocuencia: BAI a la relación, BAI a la responsabilidad compartida, BAI a una convivencia que no se construye contra alguien, sino con otros. Ese BAI es, en última instancia, la expresión más concreta del gizabidea.

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