Humanismo vivido, bienes y responsabilidad relacional
Pello Sasiain
Serie: Genealogía Ética Vasca
El gizabidea no es un código moral abstracto ni un conjunto de normas formuladas al margen de la experiencia histórica. Es, ante todo, una ética situada: una manera de comprender lo humano que nace de la vida compartida y de la necesidad de sostener la convivencia en contextos de pluralidad, conflicto e incertidumbre. Su punto de partida no es el individuo autosuficiente ni el mandato exterior, sino la relación. Esta comprensión ética de la vida fue descrita con particular claridad por José Miguel de Barandiaran, al subrayar que la cultura de un pueblo se manifiesta, antes que nada, en sus formas habituales de comportamiento.
En la tradición vasca, la dignidad no se concibe como una cualidad autosuficiente ni como un atributo previo. Es una práctica. Ser digno no es poseer, sino responder. La persona no se constituye de manera aislada, sino en relación con otros, y es en esa relación donde se aprenden los límites, las obligaciones y el cuidado de lo común. El gizabidea se articula así como una ética del vínculo, en la que la libertad no se opone a la responsabilidad, sino que se realiza a través de ella.
Esta ética situada se expresa de manera especialmente significativa en la relación con los bienes. La propiedad no aparece primariamente como derecho absoluto, sino como cargo: quien dispone de bienes lo hace en tanto que responsable ante la familia, el auzo y la continuidad de la comunidad. Los bienes no se entienden como meros recursos disponibles, sino como elementos inscritos en una red de obligaciones morales. Usar, conservar y transmitir forman parte de un mismo horizonte ético.
La casa (etxea) ocupa aquí un lugar central. No es solo un espacio físico ni una unidad económica, sino una institución moral. En torno a ella se organizan los bienes, el trabajo, la hospitalidad y la memoria. La casa no pertenece exclusivamente a quienes la habitan en un momento dado; los compromete con quienes la precedieron y con quienes vendrán. Vivir no es consumir lo recibido, sino mantenerlo habitable. En esa experiencia cotidiana se aprende el gizabidea como responsabilidad intergeneracional.
Esta ética situada se ha construido históricamente en espacios concretos: la casa, el auzo, el trabajo compartido, la palabra dada. No surge de grandes formulaciones doctrinales ni de sistemas cerrados, sino de la reiteración de gestos y prácticas que han permitido sostener la comunidad en el tiempo. Por eso su transmisión no ha sido principalmente discursiva, sino vivida. Se aprende observando, participando y respondiendo ante los otros.
El gizabidea reconoce el conflicto como parte constitutiva de la vida social, también en torno a los bienes y a su uso. No presupone unanimidad ni armonía permanente. Lo que propone no es la eliminación del desacuerdo, sino su encauzamiento ético. Allí donde el conflicto amenaza con romper el vínculo —por la apropiación, la desigualdad o el abuso— el gizabidea actúa como principio de contención: recuerda que ningún interés, por legítimo que sea, puede desligarse de la responsabilidad hacia la comunidad que hace posible la vida compartida.
Desde esta perspectiva, el gizabidea se distancia tanto del moralismo como del relativismo. No impone una vara externa de corrección, pero tampoco reduce la ética a la conveniencia individual. Su criterio no es la coherencia interna del discurso ni la maximización del beneficio, sino el efecto de las prácticas sobre la convivencia. La pregunta ética fundamental no es qué se posee, sino cómo se vive con ello y qué tipo de relaciones genera.
La vigencia del gizabidea se hace especialmente visible frente a la instrumentalización moderna de la vida social, cuando los bienes se conciben como recursos desvinculados de toda responsabilidad comunitaria. Ya Barandiaran advirtió que un progreso reducido a lo económico tiende a empobrecer la interioridad y a desorientar el juicio humano. El gizabidea aparece entonces como correctivo ético: no como nostalgia cultural, sino como recordatorio de que los bienes solo cumplen su función humana cuando están inscritos en relaciones de cuidado, medida y reciprocidad.
En sociedades plurales y complejas, esta ética del vínculo adquiere una relevancia particular. Frente a lógicas que absolutizan la propiedad, la identidad o la pertenencia, el gizabidea insiste en la centralidad del cauce común. No porque renuncie a las diferencias, sino porque entiende que sin una relación responsable con los bienes y con la casa compartida —en sentido material y simbólico— no hay comunidad posible y que sin comunidad no hay libertad que se sostenga en el tiempo.
El gizabidea no se presenta, por tanto, como una respuesta definitiva, sino como una tarea permanente. Una tarea que exige atención, autocontención y responsabilidad compartida; que no se hereda como eslogan, sino que se reanuda cada día en la manera de usar los bienes, de habitar la casa y de responder ante los otros. En esa reanudación se juega la continuidad ética: no la conservación del pasado, sino la transmisión viva de criterios que permitan seguir viviendo juntos con dignidad.