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Las fiestas son de todos

Joxe Martin Larburu

Los balances sobre las fiestas que se han celebrado en Euskadi, difieren sustancialmente según quien lo haga. Mientras las instituciones y algunos colectivos valoran positivamente su desarrollo, otros colectivos y personas lo hacen negativamente. Entre estos últimos unos lo hacen por la exhibición de eslóganes de apoyo a los terroristas, otros, por el modelo de seguridad.  Permisividad social según los primeros, acoso policial según los segundos.

Una cierta relajación en las normas sociales es una característica de la fiesta. Eso es normal, el problema se plantea cuando personas y colectivos aprovechándose de ello intentan llevar a cabo sus perversiones y sus intereses particulares pasando por alto la dignidad de la persona, quieren hacer lo que les plazca por encima de todo. La forma más errónea de un grupo social de entender la fiesta es la de aquel que cree que puede hacer lo que más le convenga, sin respetar que el espacio que actúa es común, no solo suyo. Entre estos grupos hay los que, creyéndose portadores de la razón absoluta, pretenden erigirse en la máxima autoridad de la fiesta, quieren determinar incluso a quien se protege y quien lo hace.

Pretenden que todo lo festivo, incluso aquello en lo que no participan, se haga según sus postulados. Si no es así no se conforman con actos de crítica y protesta, admisibles en democracia, se creen legitimados para utilizar métodos coercitivos y de acoso para impedir la celebración de los actos que no tienen su aprobación. Luego, cínicamente, de la confrontación y los disturbios, si los hubiere, responsabilizan al resto de la sociedad y a las instituciones, por no plegarse a sus directrices festivas.

Curiosamente, los que más utilizan eslóganes de popularizar las fiestas son los que más trabajan por su privatización. Las utilizan como altavoces en apoyo de su lucha por conseguir la hegemonía política, se apropian de espacios comunes, para desde ahí atacar a las administraciones y a iniciativas que ellos no controlan. Las corridas de toros en Azpeitia y en Bilbao no tienen las mismas respuestas, las txoznas no son todas iguales…, o se controla o se destruye.

El deseo de estos colectivos por imponer su modelo festivo, es un problema real sobre el que las administraciones y el resto de la sociedad deben situarse y responder adecuadamente. Hay una cuestión previa a cualquier análisis que tanto los satisfechos como los insatisfechos con el desarrollo de las fiestas no debieran de olvidar, en democracia preservando la seguridad y la dignidad de las personas toda propuesta festiva que promocione cualquier sector social debe tener su posibilidad de desarrollo.  Aquí no vale impedir un modelo de fiesta para imponer otro, fomentar la confrontación entre “amigos” y “enemigos” no es compatible con un espíritu festivo plural, las fiestas no son para confrontar a los vecinos sino para integrarlos.

En el debate permanente para seguir mejorando las fiestas, hay cuestiones que son básicas, por muchas campañas que se hagan en contra del modelo de seguridad actual, la administración pública no puede renunciar a garantizar la protección de sus vecinos, es un principio innegociable. Nadie puede tomarse la justicia por su mano, todos pueden ayudar, pero nadie puede suplantar la obligación de la administración en la seguridad por mucho que algunos crean que su “ideología” les legitima para todo. La cuestión de la seguridad en las fiestas, siempre mejorable, actualmente cuenta con una buena ratio de protección en Euskadi.

La anomalía festiva que supone la existencia de mensajes de apoyo al terrorismo y la revictimización que ello conlleva para los que han sufrido el zarpazo de la violencia, es una realidad cuya denuncia es pertinente. Hay una estrategia ciertamente provocadora, pero si no se quiere caer en la misma se deberá de huir del campo de batalla que proponen, no se debe de aceptar la liga entre represivos y revolucionarios que plantean, buscar inmovilizarlos por acorralamiento policial o por coacción física social no hará otra cosa que realimentar la confrontación.

Sin renunciar a practicar las sanciones necesarias; debatir, mejorar, reforzar y socializar la práctica actual de pluralizar el espacio festivo; extenderlo sin dejar a nadie colgado, es el mejor antídoto para que, por falta de legitimación social, encallen las estrategias confrontativas de “jaia ta borroka”. La evolución de las fiestas en Euskadi es muy favorable, así lo percibe la gran mayoría de sus vecinos, la colaboración entre las instituciones y la mayoría de las organizaciones festivo-culturales ha sido exitosa; se ha ido recuperando todo, las procesiones, los desfiles, los eventos deportivos, los espectáculos etc., las afluencias de gente son masivas, el enfrentamiento en nuestras calles, a pesar de la fuerte provocación simbólica de una minoría militante, está prácticamente desaparecida. Los actos que no se civilizan pierden afluencia, siendo la acción concreta de los ciudadanos, sus preferencias las que van marcando el rumbo festivo de nuestro país. Las fiestas en Euskadi nunca lo fueron tanto.

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