Los nuevos Alardes: corrección política y negación de los rituales (y III)

Los nuevos Alardes: corrección política y negación de los rituales (y III)

Mikel Arriaga (Profesor e investigador)

Siguiendo con lo comentado en los artículos anteriores, veamos el marco de acción en el que se desarrolla la hegemonía cultural impuesta por el nuevo dogma y la moral de lo políticamente correcto, aplicado e implementado de manera particular a los Alardes de Bajo Bidasoa.

Coordenadas para el nuevo paradigma de lo políticamente correcto

La estrategia de esta corriente que quiere manipular la opinión sobre los Alardes de Irun y Hondarribia es, primero establecer un marco mental de acuerdo con las coordenadas de lo políticamente correcto, que a su vez se instaura teniendo en cuenta las corrientes vigentes en este momento y de forma general sobre feminismo, ecologismo, inmigración, racismo, justicia social, etc. Una vez definido el marco mental, este es descrito y explicado a la opinión pública, sobre todo mediante los medios de comunicación, de esta forma se va aumentando la presencia de este marco mental en todos los ámbitos y estratos de la sociedad, constriñendo poco a poco la capacidad reflexiva individual y haciendo creer que es el propio individuo quien elabora, o es capaz de elaborar, opiniones formadas desde su propio criterio. En última instancia se implementa de forma práctica el marco mental predefinido haciendo real la premisa que desde cierta facción de la sociedad se quiere llevar a cabo. De este modo, nos encontramos con la deconstrucción de múltiples esencias que poseía una comunidad de forma mayoritaria, pero que las va perdiendo de forma inconsciente por la influencia camuflada de una minoría que ha instaurado como un virus una ideología particular en un marco mental colectivo. Esto es lo que está ocurriendo con el asunto de los Alardes de Irún y Hondarribia.

Es así que estamos asistiendo en el mundo actual a una mayoritaria deconstrucción antropológica de esencias, valores, ritos y costumbres que se han ido fraguando lentamente a lo largo de la historia, y que han propiciado equilibrio y convivencia a nuestras sociedades, pero que en estos momentos están en claro debacle, en muchos casos sin saber por qué. Estamos ante conjuntos de sociedades inmersas en una profunda desazón por eslóganes y dictados propagados por los mass media, olvidando que es el pueblo, el conjunto de la población, el que debe ser capaz de corregir de forma unánime y natural los desajustes que se vayan produciendo en la convivencia del día a día. Al final, estamos llegando a vivir en una alegría obligatoria, en la felicidad dictada por ley, en la no ofensa, en la banalidad de espacios seguros porque lo pone en un cartel, en la homogeneidad de la moral a través de los medios de comunicación o por medio de decretos que anulan el espíritu del ser humano, prácticamente nuestro entorno se asemeja cada vez más al Mundo feliz de Huxley.

La misión del marco que se quiere imponer en los rituales del Bajo Bidasoa llegará incluso a manipular o prohibir pasajes de la historia, cuando no inventándolos u olvidando puntos clave de esta, haciendo desaparecer cualquier atisbo de la esencia y la personalidad de los actores propios de esa historia.

El nuevo telón de la hegemonía cultural dominante

Esta idea de que los rituales deben ser paritarios proviene de una ideología forjada de arriba abajo. Diseñada por ciertos lobbies, institucionalizada por algunos partidos políticos, diseminada por los colegios, universidades y medios de comunicación (en este caso de desinformación), impuesta de forma coercitiva por la imperante corriente ideológica de turno, y acuñada como dogma por la mayoría de la sociedad. Un verdadero vendaval de absoluto sinsentido en el que lo políticamente correcto tiene que prevalecer sobre la razón y erradicar la libertad de pensamiento hostigando a todo aquel que no comulgue con los “nuevos mandamientos”.

Bajo el telón de la hegemonía cultural, el disenso pasa a ser ilegítimo al considerar que está amenazado el bien común. Ahora nos encontramos que cualquier persona que desafíe la hegemonía cultural es tachada automáticamente de radical (retrógrada, fascista o lo que fuera necesario) y las masas de acoso lo linchan y etiquetan rápidamente para desprestigiarla. Y como consecuencia suele haber una llamada a la censura para preservar lo políticamente correcto. Los que se resisten se encuentran etiquetados como sexistas, machistas, misóginos, homófobos, islamófobos, etc.

Lo verdaderamente triste es, que al final tampoco sabemos a ciencia cierta si toda esta tendencia es puramente una maniobra alternativa del poder establecido actualmente. Pudiera ser también que la ola que promueve el cambio de los rituales viniera del poder establecido como así lo apuntan los sociólogos Luc Boltanski y Pierre Bordieu en su obra La producción de la ideología dominante (6):

“La filosofía social de la fracción dominante de la clase dominante ya no se presenta como defensora, sino crítica frente al estado existente de cosas, lo que le permite acusar de conservadurismo a todos los que se resisten al cambio. El poder ya no teme la crítica; por el contrario, la moviliza: hay que cambiar constantemente (o parecer que se cambia) en todos los órdenes de la vida.”

Por parte de esta hegemonía cultural de lo políticamente correcto, ya no se trata de luchar solamente contra los individuos libres a los que se debe silenciar acusándolos de realizar actos machistas o segregacionistas. Un claro ejemplo lo tenemos en la mayoría de los medios de comunicación a la hora de tratar el tema de los Alardes de Irun y Hondarribia. No basta que alguien diga que está a favor de todas las posibles soluciones y no está en contra de ninguna de las dos facciones o tendencias de este problema; si no se posiciona clara y rotundamente a favor del Alarde mixto en Irun o a favor de Jaizkibel Konpainia en Hondarribia, entonces será ninguneado, denostado e incluso tachado con los estigmas de esta corriente de lo políticamente correcto, implementándose así una hegemonía totalitaria. De esta manera la hegemonía cultural preponderante expide certificados oficiales de moralidad y dignidad. No importa que en el día a día alguien pueda tener algún acto o gesto, o haya dicho alguna palabra machista, si se apoya el Alarde mixto se queda automáticamente exonerado de cualquier crítica (ya se han dado muchos casos, basta con fijarse y estar atentos).

No importa si tus actos contradicen tus palabras, si has sido agraciado con un certificado oficial podrás retorcer el discurso la cantidad de veces que consideres oportunas porque la verdad es la que indica el mainstream. Se trata de seducir para posteriormente imponer, sustituyendo la racionalidad y el sentido común por un moralismo de bajo nivel que pueda ser comprendido por todos los segmentos sociales. En cambio, quien no tenga el certificado oficial de moralidad y dignidad acorde con el mainstream será condenado al ostracismo y tachado de indigno, pudiendo llegar (como así ha sido en algunos casos) a la censura y al olvido.

Lo más fácil, es siempre la censura y el suprimir aquello que se considera molesto o pernicioso, sin dar opción al debate o a la contrastación de conceptos erigidos desde la razón y la dialéctica de la discusión creativa.

En fin, nuevos tiempos con nuevos paradigmas. Sin embargo, resulta curioso y conviene no olvidar, que después de décadas de intentar educar en un racionalismo de sentido común y de base científica a diversas generaciones, se termine asumiendo este nuevo paradigma y concepto sentimentaloide, camuflado o disfrazado de corrección política. Y en este nuevo paradigma lo que no cuadra con el marco establecido en lo políticamente correcto se censura o se suprime, no se contrasta o se debate. Se ignora y nos tapamos los ojos, una actitud con la ignorancia como base. Y permítaseme añadir, que esta actitud incluye dentro de sí muchos elementos de autoengaño, ya que esta nueva corrección política, en cierto modo, es pensamiento mágico. El acto de suprimir crea la falsa sensación de que se elimina de la sociedad aquel elemento que se considera pernicioso, provoca que lo que se censura automáticamente desaparece de la sociedad, aunque esta sensación no sea real, y hace que este pensamiento tenga en el fondo más bien un fundamento pueril e inmaduro.


(6)- Luc Boltanski, Pierre Bordieu. La producción de la ideología dominante. Editorial: Nueva Visión Argentina. Buenos Aires, 2009.

3 thoughts on “0

  1. Sois partidario de prohibir estos alardes afrancesados, mas que nada por lo plomos que sois con esto todos los años.

  2. Más plomos que la Macarrona con el tema gobierno Bilduetarra de Perro Sanchez, que es mucho decir

  3. JELen agur

    Lo cierto es que esta izquierda afrancesada se apunta a los alardes y se pegan como lapas a la ceremonia.
    Estos pueblos sabrán lo que hacer y espero que sepan superar las injerencias extranjerizadas en sus asuntos.

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