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¿Es Putin comunista?

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Jon Elgezabal

 El marco mental de Putin

Decía Vladimir Putin, “quien no extraña a la Unión Soviética no tiene corazón, quien quiere restaurarla no tiene cerebro”. Es una idea formulada como una contradicción entre el corazón (que anhela la URSS) y el cerebro (que ve que no puede ser restaurada). Sabemos donde pone Putin su corazón: en la URSS. Y el corazón es el organismo donde reside la voluntad y los afectos. Pero el cerebro le dice que eso no se puede.

¿Significa que nada queda de la URSS? ¿Qué no es posible reproducirla? ¿Que Putin no es comunista? Al contrario, la propia frase de Putin es reflejo del “double-think”- “doble-pensar” orwelliano típico del comunismo soviético que da como resultado una “doble verdad”, un si y un no.

Querer una cosa (la URSS) que, en un momento histórico, no es conseguible no presupone que la historia no se mueva y no se pueda reproducir el objeto de deseo. El problema práctico con el que se topa el corazón de Putin es que el comunismo soviético no es vendible como proyecto. No es una causa que promueva admiración o reverencia.

¿Por qué? Por un fracaso interno, la incapacidad de la URSS de mantener unidas las 15 repúblicas soviéticas y de reinventar un capitalismo estatal efectivo. Y otro externo, el fracaso geopolítico frente a los EEUU y Europa occidental. El comunismo no es una causa ni exitosa ni victoriosa. Por tanto, hay que esconderlo en el baúl de la historia. Putin no se debe mostrar como un comunista fracasado.

Pero el marco mental-ideológico de Putin no se ha disuelto pues sigue las coordenadas del comunismo soviético. Prueba de ello son sus acciones y el objetivo a las que ellas apuntan que derivan una por una de las planteadas por la URSS. La guerra de Chechenia, la invasión de Georgia, la anexión de Crimea, la creación de unidades paramilitares lealistas en Donetsk y Luhask, la invasión de Ucrania. Son cosas que apuntan a la restauración de las dimensiones geográficas de la antigua URSS y de su área de influencia.

La propia invasión-genocidio de Ucrania constituye la culminación de un proyecto soviético, como era la asimilación a Ucrania a la madre Rusia. La URSS lo intentó desde el estado, vetando el idioma ucraniano y empujando una política de rusificación de grandes zonas de Ucrania. Putin mejora este proceso por medio de una guerra de destrucción masiva, al estilo de la toma de Grozni, que proclama desde el inicio la inexistencia de Ucrania.

Esto se está poniendo en práctica merced a la tierra quemada, que mata a miles y empuja al exilio a millones de ucranianos. La intervenciones soviéticas de 1956 en Hungría y de 1968 en Checoslovaquia palidecen ante esto. Ni Jruschov ni Brezhnev se atrevieron a llegar tan lejos. Putin se descubre aquí como un comunista ejemplar que mejora la obra de sus mayores.

La Rusia de Putin

En Occidente vivimos bajo el espejismo de una incompatibilidad o una lucha entre el comunismo y el capitalismo. Más de cien años de historia nos muestran lo contrario: el comunismo y el capitalismo no sólo son compatibles sino que juntos funcionan como un mecanismo de relojería. La redención de la clase trabajadora no ha venido porque ningún partido comunista o social-comunista haya tocado poder. El programa liberador nunca se consuma.

Mientras tanto, en el caso de China comprobamos el éxito de la hegemonía del Partido Comunista Chino más el “desarrollo de las fuerzas productivas”. La privatización de parte de la economía, para mayor gloria de la perpetuación de la casta del PCCH. La Rusia de Putin, menos exitosamente y con algunos matices, trata de seguir ese modelo. El verdadero antagonismo se da entre la democracia parlamentaria, el sistema que permite la alternancia de partidos y de líderes, y el comunismo-capitalismo.

En Rusia persisten y coexisten los aparatos del estado soviético. Sobre todo el estamento militar y policial soviético, una reconversión pacífica de la elite dominante, miembros de la nomenklatura, dirigentes de fábricas y del komsomol, en una nueva elite capitalista. Todo bajo la presidencia del ex KGB Putin. La nostalgia comunista envuelve a parte del pueblo ruso, y Putin la promueve. Esta se nutre de la decepción de un sistema cuya clase dirigente, aparatos de estado y filosofía derivan de todo lo anterior.

Por tal desprestigio del comunismo Putin tiene que adoptar la antigua bandera de Rusia y nombrar algunos zares. Sin embargo, es él mismo, en proceso inverso al de Nikita Jruschov, el que rehabilita al camarada Josif Stalin como una gloria de la historia. Durante décadas el estado soviético infiltró y reprimió a la Iglesia Ortodoxa rusa, intentando convertirla en un apéndice al servicio del Estado. Putin consigue esa finalidad comunista y que el Patriarca de Moscú bendiga los ejércitos que van a aplastar Ucrania.

El sistema de partidos instaurado por Putin posee algunas peculiaridades. Es un multipartidismo en el que, sobre la marcha, algunos líderes y partidos de la oposición han sido disueltos y reprimidos. Y la alternativa, el segundo partido de Rusia, tras el partido de Putin, es el Partido Comunista de Rusia.

El líder máximo de este partido, Gennady Zyuganov, como no podía ser menos, apoya con entusiasmo la guerra de Putin contra Ucrania. La califica como guerra anti-fascista y de desnazificación. La Rusia del ex KGB monta un sistema en el que él mismo es el presidente perpetuo y su alternativa es el Partido Comunista. Los antiguos líderes soviéticos se sentirían orgullosos ante semejante alarde de autoperpetuación bajo el ropaje de la pluralidad.

Por último Jon Urtubi da cuenta detallada del terror impulsado de forma legal e ilegal de Putin en contra de la oposición política y mediática rusa. El líder ruso ha conseguido amordazar e inhibir toda muestra de descontento. Cualquier desobediencia, en el contexto de la actual invasión de Ucrania, se convierte en un suicidio civil.

Asistimos a los últimos espasmos de lo que fue un periodo de perestroika-apertura. La represión de la sociedad rusa vuelve a alcanzar, e incluso se puede decir que supera, los niveles de la época de Brezhnev.

El eje internacional

Cuando se dice que Putin es “conservador” generalmente se omite que es lo que pretende conservar o se remite a los tiempos de los pobres zares que fueron barridos por los antecesores próximos de Putin. Ya vemos lo que ha conservado: el estado soviético, su clase dirigente, sus formas de organización, el refinamiento de sus formas de represión, la capacidad de masas del Partido Comunista de la Federación Rusa… y añade una serie de progresos como son un intento enérgico de asimilación y deglución de Ucrania más la conversión de la Iglesia Ortodoxa en apéndice del Estado.

Es un hecho que el viejo sistema de alianzas del internacionalismo proletario se restablece cada vez que los ejércitos rusos se ponen en marcha.  La extrema izquierda europea pone en juego todos sus dispositivos ideológicos y políticos al servicio de la operación de Putin en Ucrania. Desde el apoyo explícito, pasando por apelaciones al miedo de una conflagración nuclear, el señalamiento de la OTAN y los EEUU como fuente de todos los males, llamadas a la paz que presuponen el desarme de los ucranianos… Esta última versión es la que ha escogido la extrema izquierda vasca, Bildu, ante el escándalo de un Imperio que devora a una república independiente.

Arnaldo Otegi dice que Bildu no es “pro-Putin, porque es de derechas y un privatizador nato”. Ante esta acusación, tendremos que romper una lanza a favor de Putin y decirle a Arnaldo Otegi que fue Boris Yeltsin el que privatizó los bienes de Rusia. Como ya hemos comprobado, Putin intentó reconducir la situación conservando todo lo que pudo del sistema comunista.

En este caso, dado el amor que muestra por las industrias públicas soviéticas ¿Otegi sería más positivo? Apelando al miedo de una conflagración nuclear, Otegi no quiere mandar armas a los ucranianos. Sin ellas, estos tendrían que asistir inermes a la destrucción de su país y al genocidio de su pueblo. Este es el “nacionalismo radical” que exhiben Arnaldo Otegi y Bildu. Dan cobertura práctica a las ansias totalitarias de un Imperio impidiendo que el pueblo ucraniano pueda defenderse.

Las conexiones de Putin con líderes de extrema derecha, y el apoyo de algunos de ellos hacia su política, hay que entenderlas en el contexto del infinito Pacto Molotov-Ribbentrop. Ocurre entre extremos que tienen un fin común, la destrucción de la democracia parlamentaria y de la Unión Europea. Pero a nadie se le escapa que es la China comunista el principal sostén geopolítico de la Rusia de Putin.

Fue en la reunión que mantuvieron el líder ruso y el presidente Xi Jinping, el 4 de febrero de este año en Beijing y que anunciaba una firme alianza entre los países, en la que Xi le dio carta blanca para invadir Ucrania. Volvemos a los años 50, en los que la URSS y la China de Mao se arrullaban mutuamente. Ahora sean los comunistas chinos los socios principales de la alianza. La existencia de esta confirma que el fin de la Guerra Fría fue otro espejismo del que la guerra de Ucrania nos está despertando.

Conclusión

Volvamos a la pregunta del principio ¿Es Putin comunista? Con su primera frase Putin nos da la respuesta de un si y un no. Si es comunista, pues ama el modelo soviético. No es comunista, porque llamarse comunista sería aparecer como el anacrónico heredero de un fracaso. Como Milosevic, como Mao Zedong, como Hugo Chavez, como Arnaldo Otegi, Putin se envuelve en el manto del nacionalismo para facilitar la instauración/perpetuación de un régimen totalitario.

El enemigo principal sigue siendo el mismo de siempre, la NATO, los EEUU, la Unión Europea, el sistema parlamentario de alternancia de poder… El si y el no de Putin significa que el marco mental del doble-pensar orwelliano es el elemento principal de continuidad. Une a su pasado, su presente y el desastroso futuro de todos nosotros, ciudadanos de sociedades democráticas, si no nos damos cuenta de ello.

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