Posteado por: aberriberri | febrero 27, 2013

Inclusividad y proactividad, círculo virtuoso del éxito colectivo

Joxan Rekondo

reactive-proactive1. El libro “Por qué fracasan los países” de los economistas norteamericanos Daron Acemoglu y James Robinson, que relaciona la prosperidad social y económica con la actividad de instituciones inclusivas, ha catalizado un debate muy interesante que se ha visto favorecido por el crítico contexto económico que vivimos. En un clima de cuestionamiento social de la política (caída abrupta de la aceptación del gobierno, achacable al descrédito de su política o a la extensión de la corrupción), numerosos artículos publicados en la prensa española se interrogan sobre la naturaleza inclusiva o extractiva de las instituciones y las oligarquías partidistas españolas.

Las elites extractivas, a cuyo servicio operan las instituciones del mismo cuño, buscan arrancar rentas de un sector de la sociedad para lucrar a otro. Las instituciones inclusivas, por su parte, reparten el poder y dificultan el aprovechamiento del mismo por parte de elites codiciosas. Éstas, a la vez, incentivan oportunidades abiertas al progreso de muchas personas y una distribución más equitativa de los recursos. Es posible seguir de cerca el punto de vista de los autores a través de su blog http://whynationsfail.com/.

En la medida en que la pervivencia de este tipo de instituciones solo es posible en un marco de normas y usos instaurados y legitimados por la propia sociedad, la tesis no deja de emparentar con la ya conocida del también norteamericano Robert Putnam, que dice que un ambiente social proactivo (capital social) promueve un funcionamiento más eficaz de las instituciones democráticas, del que a su vez se beneficia la sociedad en general. En una visita a Donostia, Putnam vino a decir que la acción de las instituciones incluyendo a una “sociedad civil más intensa, en una colaboración público-privada, puede ayudar a mejorar la prosperidad social en múltiples esferas.

En uno de las numerosas muestras a las que aluden, Acemoglu y Robinson se retrotraen al proceso de institucionalización inclusiva con el que las colonias británicas en América del Norte perfilaron sus constituciones: “las buenas instituciones económicas de Estados Unidos fueron el resultado de las instituciones políticas que aparecieron gradualmente después de 1619”.

2. No nos hace falta movernos para ver instituciones inclusivas y una sociedad civil proactiva. Las hemos tenido y las tenemos aquí. Forman parte de nuestra cultura política, que evolucionó a partir de unas instituciones forales representativas donde, como dijera el lehendakari Agirre, “nuestros padres legislaron sin desigualdad social” (1942), universalizando el acceso popular a la nobleza. Esta trayectoria inclusiva se verificó en la era moderna con la instauración del Gobierno Vasco, cuya pauta de actuación se caracterizó por la unión vasca y por el impulso de un despliegue social en consonancia con aquel orgullo igualitario, puesto que “el alma de lacayo es incompatible con la hidalga ejecutoria de la ciudadanía vasca” (Agirre, Gabon 1954).

En las difíciles condiciones a las que obligaba la clandestinidad, el Gobierno Vasco mantuvo firmemente la misma posición. Combatió la actuación de las elites extractivas que, bajo la cobertura de la dictadura, se movían en el ámbito de la gran industria y la banca, censurando su afán de beneficiarse sin otra causa que el lucro personal, desentendiéndose de la distribución social de la riqueza o de la investigación y perfeccionamiento tecnológicos.

El despegue económico vasco más reciente es incomprensible sin tener en cuenta la cooperación horizontal entre un capital social de temperamento proactivo y la administración heredera de aquel gobierno de Agirre que, ya en 1959, instaba a los vascos a afrontar sin ensimismamientos el previsible rumbo global de la economía:

Comienza una nueva etapa en la que, rompiendo barreras, se nos invita a todos a la competición con carácter continental. El mercado propio y el mercado español resultan pequeños. En lugar de llorar o de asustarnos debemos preparar nuestro ánimo a la competencia poniendo nuestra habilidad al servicio del perfeccionamiento técnico.

Con esta tradición entroncan las instituciones recuperadas (Gobierno Vasco y órganos forales) tras la dictadura franquista, que combinan una administración eficaz, socialmente enraizada, con una organización matricial, de poder político repartido. Las buenas instituciones están en el origen de la buena economía, por supuesto. La labor inclusiva de estas instituciones, junto con el arraigo y vitalidad de los agentes económico-empresariales y la intensa proactividad que han desarrollado todo tipo de organizaciones cívicas y sociales en un contexto de cooperación público-privada, han conformado el círculo virtuoso que nos ha ayudado a un éxito de doble consecuencia. Primero, que los intereses comerciales de la mayoría de nuestras  empresas están identificados con el desarrollo del propio territorio del que han surgido. Cosa que, hoy por hoy, es muy importante teniendo en cuenta la alta movilidad y desarraigo de los capitales, factor volátil que puede convertir de la noche a la mañana en inviables los proyectos de país más sólidos. Segundo, tenemos un territorio altamente cohesionado, en el que la desigualdad económica, la pobreza y la exclusión son de las menores de la UE-15, y con un IDH (índice de Desarrollo Humano) homologable al de los lugares más destacados del planeta.

3. Pero, ¿ha cascado el motor que ha llevado hasta ahí a la economía vasca? Los datos que presentó Confebask presentan un panorama devastador. El pasado mes de enero fue el peor mes de la crisis, cerraron 639 empresas y más de 700 autónomos cesaron su actividad. La capacidad de aguante de la industria vasca está bajo mínimos, con un nivel de actividad productiva de un 30% más bajo que en el periodo inmediatamente anterior a la crisis. La falta de dinamismo económico de los mercados exteriores a los que se dirigen nuestros productos (esencialmente España y la UE) está lastrando nuestras expectativas de recuperación a corto plazo, hecho que se ve confirmado con una caída en picado de la cartera de pedidos.

Las cifras que expone la organización empresarial son abrumadoras. Es la crisis más grave y duradera de las últimas décadas. La demanda de auxilio del empresariado vasco va destinada a la administración pública, a las entidades financieras y a los sindicatos de trabajadores. Todos ellos son agentes del país. Instituciones políticas, empresariado, sector financiero y organizaciones sindicales. No cabe decir que no tenemos instrumentos. Ahora como siempre, la solución está en nuestras manos. A la institución política le corresponde engrasar los mecanismos que se necesitan para facilitar el equilibrio entre la lucha por los diferentes intereses que cada uno de los agentes representa legítimamente y la cooperación que exige el interés común de todos. En definitiva, si logramos asociar nuestra institucionalidad inclusiva con una actitud proactiva de los agentes sociales crearemos condiciones favorables para salir del bache.

Otros lo han hecho también así. Cooperar es la clave. Cooperación que se estabiliza desde abajo, desde las mismas empresas, hacia arriba, a nivel de país. Es lo coherente con nuestra tradición. Y así lo han conseguido los alemanes: la fortaleza alemana tiene su fundamento último en unas relaciones laborales cooperativas y en la participación activa de los sindicatos en la gestión de las empresas” (H. Köhler). Ese es igualmente el enfoque del reciente acuerdo social que posibilita la reforma laboral en Francia y que abre el paso a la presencia de los sindicatos en los Consejos de Administración de las empresas. Pues bien, en un país como el nuestro, en el que la cooperación social en el ámbito empresarial está más enraizada que en ningún otro lugar, lo que sí llama la atención es que las más importantes organizaciones socio-laborales carezcan de discursos y planteamientos de participación social en las empresas.

4. Como hemos visto, la prosperidad lograda en las décadas anteriores a la crisis se ha apoyado en la asociación entre un modelo institucional sólido, cuya solidez ha quedado acreditada ante la grave amenaza terrorista, y una sociedad civil muy activa. El éxito consolidó el modelo. Es cierto que la crisis global puede erosionar la potencialidad de estos dos factores. Corren tiempos en los que proliferan corruptelas que pudren las instituciones y masas indignadas, cuya energía rendiría mucho más en la acción social positiva. Pero, la corrupción tiene una geografía en la que solo levemente estamos incluidos y la desafección social, aunque creciente entre nosotros, presenta un grado inferior respecto de la existente más allá de nuestros límites. Frente al panorama al que se enfrentan nuestros vecinos, existe una excepcionalidad vasca, que puede ser explicable por la naturaleza incluyente, y no extractiva, de nuestras instituciones y por la todavía intensa proactividad de nuestro capital social. Éstas siguen siendo las fortalezas que son intrínsecas a nuestro contexto y que habremos de hacerlas valer para poder afrontar con éxito esta crisis que ha puesto en jaque los mismos pilares de nuestro bienestar. Son factores necesarios para activar un círculo virtuoso que nos ayude a superar juntos el estado de “emergencia nacional” que evidenció el lehendakari Urkullu, y que ya está mostrando su peor aspecto.

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Responses

  1. “en un país como el nuestro, en el que la cooperación social en el ámbito empresarial está más enraizada que en ningún otro lugar, lo que sí llama la atención es que las más importantes organizaciones socio-laborales carezcan de discursos y planteamientos de participación social en las empresas.”

    Y lo es porque la mayoría dirigente socio-laboral es marxista y es natural que sus discursos y planteamientos también lo sean. Para ellos, la sociedad está constituida por una complejidad de contradicciones entre las que incluyen tres fundamentales.
    La primera es la lucha entre la sociedad y la naturaleza y se resuelve desarrollando las fuerzas productivas.
    La segunda es la lucha entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y es la que define la naturaleza de la sociedad. En nuestra sociedad se concreta entre la producción social y la apropiación privada, y se resuelve con la apropiación pública de los medios de producción, con el socialismo.

    Es la denominada contradicción básica, y a mi parecer, en ella la sociedad resulta devaluada, al ser desplazada por una de sus capacidades: la productiva.
    Y es que tanto en la relación más simple entre dos personas como en las más complejas de la sociedad y en cualquier modo de producción, es la naturaleza dual de las personas la que constituye la base de la sociedad. Las relaciones pueden establecerse en la cooperación o la confrontación, la participación o la imposición, siendo el resultado final una estructura social horizontal o vertical.
    El capitalismo como el socialismo, tienen en común que son sistemas verticales, donde predomina la acumulación de poder, que induce a la explotación y corrupción.
    El modo de producción induce a una u otra forma de relaciones sociales. La participación en las empresas es la condición para que sean más democráticas y horizontales, más cooperativas.


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