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Sólida base comunitaria para un nuevo contrato social

Joxan Rekondo

Según la opinión de nuestros clásicos, en el alma social de los vascos habría dos pulsiones en disputa, una autárquico-doméstica y otra vecinal-cooperativa, aunque sostenían que habríamos articulado ambas en una dinámica comunitaria, que se encauzaba a través de instituciones vecinales y del trabajo en común.

Cuando hablamos de Auzolan nos referimos a esa tradición cooperativa de nuestra sociedad. A la cooperación inherente a las vecindades, la experiencia histórica nos ha legado un asociacionismo horizontal muy extendido, no ceñido necesariamente a un ámbito territorial definido, que se compondría de uniones de diverso tipo para que sus miembros pudieran participar como iguales en la administración de sus asuntos comunes y también ayudarse mutuamente.

SOCIEDAD ORGANIZADA. Las Vecindades, Cofradías y Hermandades serían la mejor prueba histórica de una sociedad activa y organizada. En una sugestiva definición, Arizmendiarrieta identificaba a nuestro pueblo con un “alto potencial de trabajo, con fuerte sentido asociativo, con el no pequeño sentido común y práctico… y con una fecunda riqueza de pequeñas y grandes instituciones comunitarias con los objetos sociales más diversos”. Una larga tradición asociativa de la que se desprenderían unos vínculos sociales sólidos y que, con las innovaciones impelidas por el avance social, sigue en vigor. No cabe duda que, hoy más que nunca, necesitamos atender y reforzar estas características si queremos conservar un tejido social denso, que sea capaz de situarnos en la mejor posición posible ante los desafíos que afrontamos.

En la actualidad, podemos destacar la influencia y arraigo de asociaciones culturales y deportivas, científicas, corporativas y empresariales, sindicales, del ámbito social y educativo… Todas ellas conforman las fuerzas vivas, integrantes de la sociedad civil organizada. A partir de ahí, el saber autogobernarse e interrelacionarse con suficiencia en estas unidades básicas es lo que mejor acredita la capacidad de una comunidad para desenvolverse con soltura ante el escenario al que aspira, que le llevaría a ascender a niveles de competencia superiores. En este sentido, cabe decir que el dinamismo de las ‘fuerzas vivas’ puede constituir la mejor plataforma para optar a un avance significativo de un estatus de autogobierno.

La sociedad civil, además, es una trinchera levantada contra la supeditación de la dinámica social a hegemonías políticas de cualquier signo. Desde luego, en relación con la gente que se asocia y se organiza, lo deseable sería que lo hiciera con un ánimo constructivo, buscando con su propia implicación acceder a sus objetivos. Lo que no nos debería llevar a desconsiderar las causas de los movimientos que afloran la indignación, a la postre más provechosos que la carencia de pulso social y la apatía. Arizmendiarrieta subrayaría que “el hombre incómodo es normal que proteste”.

PENSAR LA REACTIVACIÓN SOCIAL. No hay que ocultar, sin embargo, rasgos de declive. El proceso de extensión del poder público ha invadido ámbitos que eran más propios de la acción comunitaria. Los cambios asociados al empuje de la cultura de consumo parecen empujar hacia una actitud más tendente a la búsqueda del goce individual que al compromiso asociativo. El envejecimiento poblacional es otro problema que afecta muy especialmente a nuestro país. Y los sociólogos afirman que los grupos de edad más jóvenes no muestran la misma propensión a asociarse que los de mayor edad.

Uno de los errores que cometemos a menudo es entender que la sociedad se ha de organizar con la vista puesta en el desempeño del Estado. Bien sea para beneficiarse de sus favores, para defenderse de sus injerencias o para suplir sus incapacidades. Sin embargo, la sociedad organizada tiene un sentido por sí misma. Intermedia en la tensión que quiere apartar al individuo y la sociedad, y a ambos de la política. Puede activar la mutua confianza, estimular la iniciativa y el emprendimiento social y económico, promover la cooperación y cultivar la sostenibilidad colectiva. Por ello, no deja de ser procedente que nos preguntemos si la función que actualmente cumple la acción social organizada satisface esas expectativas y qué habríamos de hacer para que recuperar la pujanza y maximizar esa capacidad de acción para ponerla al servicio de la mejora y fortalecimiento de las relaciones sociales.

En todo caso, la enormidad de la catástrofe sanitaria que hemos vivido no deja como consecuencia una tabla rasa en la realidad social vasca. En el ambiente de excepcionalidad que hemos vivido en el reducido entorno del hogar y el patio del vecindario, también se han producido innovaciones en comportamientos y valores, que habremos de integrar en nuestro depósito de sentido. Pero, no todo es agradable. Las vivencias más frustrantes preceden también a las buenas ideas. Pensar la reactivación social supone abordar las dolencias que se han manifestado durante todo este periodo en nuestra comunidad.

PRINCIPIO COMUNITARIO. La sociedad vasca tiene todavía una trama institucional social y política bien entretejida, que la cohesiona y afianza las relaciones de pertenencia. En términos de teoría social, nuestra cultura asociativa podría corresponder a la vez a un principio societario y a un principio comunitario. Qué duda cabe que las dos capas, societaria y comunitaria, están interrelacionadas. Pero, esta es una distinción importante a la hora de tomar la medida al declive de lo social. El contrato social no puede suplir la ausencia o la debilidad de un relato de pertenencia común. El vínculo que crea este último, por el contrario, es el mejor fundamento de un contrato social que pueda aspirar a durar. Sin este vínculo, las que contratan serían voluntades individuales sin una conexión común previa. En este contexto, podríamos decir que en este país el movimiento asociativo se ha construido históricamente sobre la base de una dinámica comunitaria, en torno a sentidos de pertenencia articulados desde abajo. Ahora, toda esa red institucionalizada puede aportar un capital social con una gran experiencia funcional que puede resultar indispensable para los desafíos que tenemos por delante.

El principio comunitario se construye desde el suelo de lo social, que es donde se puede verificar en qué medida hemos logrado la provisión del bien común. ‘Auzolan’ y ‘Auzolotsa’ son dos expresiones que significan esa dimensión de la responsabilidad hacia la comunidad, que provienen de la tradición social vasca y nos pueden ser útiles para bloquear el individualismo desbocado, aunque hayan de acomodarse a la realidad de una sociedad cada vez más diversa. La primera de ellas empuja a la organizarse y cooperar entre los miembros de un colectivo vecinal. La segunda es un dispositivo social que actúa como complemento a la anterior, presionando a la reputación de los miembros del grupo. Bajo esta tradición, el individuo que no se responsabiliza de lo común es un personaje que avergüenza a su comunidad. Serían el ‘gorrón’ o el ‘dilapidador’ que no contribuyen u obstruyen el logro del bien común, aunque se beneficien de él. Pero, también nos han avergonzado los ‘desleales’ de nuestra historia más reciente, que se han dedicado a obstruir y destruir violentamente lo que la comunidad ha estado construyendo con mucho esfuerzo y trabajo.

La invocación a nuestro gen cooperativo, al auzolan, ha sido repetitiva a lo largo de la crisis. Se ha reclamado la asunción social de responsabilidades ante el futuro. La crisis pandémica (y la guerra que le ha seguido) también nos ha puesto de manifiesto que esta perspectiva de ‘comunidad’ no se confina tras unos límites de lugar y tiempo. Desde lo local, nuestro ‘auzo’ no puede dejar de proyectarse hacia lo global ni aislarse de lo que ocurre en un mundo en el que estamos incluidos. A la par, una cultura comunitaria no puede constituirse sin un fuerte vínculo solidario entre generaciones. La comunidad de cuidados es también una cadena temporal. Sin olvidar, finalmente, que una cultura que rechaza reconocer lo que se adeuda a las generaciones que nos preceden, vive en un presentismo que le impide ver la necesidad de obligarse con las futuras. Son parámetros que contribuirán a dar solidez a las bases que sostienen nuestra común pertenencia. Sobre ese suelo común podrá erigirse un nuevo contrato social duradero.

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