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Tras la pandemia: valores tradicionales y vecindades modernas (2)

Joxan Rekondo

FRAGILIDAD HUMANA. Toda crisis social es un tiempo en el que se somete a prueba el auténtico temple de los valores comunes sobre los que se constituye una sociedad dada. Es un escenario propicio para acudir a ellos, aunque debamos abordarlos en medio de controversias morales a las que no acostumbramos en tiempos de ‘feliz estabilidad’. En ese sentido, es una oportunidad para reforzar los fundamentos comunes de nuestras relaciones sociales, cuyas debilidades y brechas ha ayudado a poner al descubierto la pandemia.

Lo que va a continuación es un breve resumen de los aspectos más problemáticos de las actuales sociedades occidentales, que están siendo más destacados por diferentes analistas sociales.

Todos podemos ver que la lógica del consumo ha ido penetrando inexorablemente en todos los ámbitos de la vida social. En su avance le ha acompañado un individualismo más preocupado de los deseos individuales que de implicarse en la resolución de necesidades sociales. El significado más extendido del ‘vivir bien’ es disfrutar al máximo del corto plazo, de cada instante, implicando con ello una indiferencia ante las repercusiones que lo que se hace y decide ahora tendrá en el futuro.

El individuo se encuentra cómodo y libre sin la obligación de pensar que vive en sociedad. La atención a la sociedad está siendo progresivamente delegada al Estado y al mercado. De esta manera, no es extraño que los espacios de interrelación social y acción en común se estén estrechando. El vacío que origina la pérdida del sentido de deber viene a ser ocupado por una cultura que eleva los derechos a exigir a un rango absoluto.

El sujeto individual ha creído que todo le es dable. Ha dado por hecho que los avances científico-técnicos habrían de resolver todos los problemas de nuestra existencia. A partir de ahí, un brusco contratiempo puede generar una conmoción que perturba su seguridad y le produce pánico. El mundo que nos ha provisto de ‘satisfacciones sin par’, puede parecer ahora un mundo hostil. Lo que puede resultar desocializador.

En la misma medida en que nos hemos ido liberando de compromisos con lo que nos rodea, se ha incrementado la percepción de vivir en un ambiente de inseguridad, que Robert Castel dice que no hay que identificar con la ausencia de protección, sino con la sensación de que esta última es frágil y se tiene miedo a perderla. En este contexto, habrá que cuestionarse también el acierto de las proposiciones que identifican procesos de liberación (en realidad, de desvinculación) con avances infalibles hacia estatus superiores de libertad.

Vivíamos en una sociedad orientada hacia el empoderamiento individual, en la que todo parecía depender de nuestra capacidad de pensar y actuar, una vez eliminada toda barrera que impidiera que tal capacidad pudiera ser desarrollada plenamente. Sin embargo, la primera imagen que se proyecta, en el marco de esta catástrofe, es la de la vulnerabilidad humana. Se está derruyendo la seguridad de que todo estaba bajo control. Ahora mismo, reina la incertidumbre.

El sometimiento de nuestro mundo de sentido a la preponderancia del universo de la seducción consumista sería la más importante de las brechas abiertas en el blindaje de nuestro armazón social. Es una brecha moral. Los valores que sostenían los andamiajes comunitarios se están agotando y están siendo sustituidos por otros que no cumplen consistentemente la función inmunitaria que se esperaba de ellos. En consecuencia, cuando la comunidad tiene bajas sus defensas espirituales y materiales, a la amenaza y la enfermedad le es más sencillo adentrarse en el organismo y el alma de aquella.

La distancia social está forzando la transición a la interrelación tecnológica que se está normalizando en el terreno personal y social, pero también en el laboral y el educativo. La explosión digital puede plantear una vuelta de tuerca en el distanciamiento, llegando a encerrarnos en nuestras casas y agravar la situación de los que viven en una soledad forzada. Nada puede sustituir a las relaciones reales entre seres humanos, y nuestro hábitat es la realidad física.

Pueden hacerse pronósticos de toda índole. En la ética orientada al futuro, Hans Jonas apelaba a la “prevalencia de los pronósticos malos sobre los buenos, puesto que la civilización no puede permitirse incurrir en grandes errores. Pues bien, la pandemia podría acentuar la cultura de la desvinculación, que pone la realización individual, el disfrute estético de la vida y la satisfacción inmediata de deseos, por encima de todo vínculo o compromiso.

Arizmendiarrieta veía una confluencia ‘individualista’ promovida por las grandes teorías más influyentes en el continente, el liberalismo y el socialismo: “El liberalismo da lugar al individualismo dentro del Estado; el estatismo que cree en el Estado garante de todos los derechos lleva a un individualismo estatista”. Dos culturas individualistas que no hay que confundir. La primera, juzga a las personas por los méritos que obtienen en solitario, que estarían obligadas a cargar consigo mismas al margen de la vida social. La segunda, tiende a creer que el individuo no está obligado ni consigo mismo, solo es el Estado el que está obligado a salvarle la vida. Pero, en ambas subyace la misma desintegración de lo personal y comunitario.

Como consecuencia, el proceso que ha agudizado la individualización del sujeto humano ha contribuido a desestructurar los encuadramientos colectivos. Y las estructuras sociales y colectivas (y también los gobiernos lo son) tienen asignada la misión actuar de barrera para que no se materializaran nuestros temores.

Siendo la vida humana vulnerable, todas las sociedades han tratado de amortiguar esa vulnerabilidad. En la antigüedad se apeló a los rituales religiosos. En la modernidad, se ha confiado en los avances de la ciencia y en la providencia del Estado de Bienestar. En estos momentos críticos, la fragilidad humana se está exteriorizando de una forma abierta. El resultado puede ser la desafección ante la ciencia y la democracia. Las restricciones alientan una desconfianza y un malestar agudizados por la incertidumbre de lo que puede ocurrir a partir de mañana. Una desconfianza que ya ha atravesado las fronteras de la política: ahora se adentra tras las de la virología y la medicina.

Desde luego, toca repensar cómo queremos vivir de ahora en adelante, a nivel personal y colectivo. Queremos tener una perspectiva sobre la nueva vecindad, a la que quisiéramos vacunar con valores tradicionales para inmunizarla contra los peligros que amenazan con atomizarla en individuos solitarios e insolidarios. Sin embargo, no es posible abordar la vecindad más que integrándola con las diferentes dimensiones en las que el ser humano despliega su vida. Argumentaremos que no es posible, por lo tanto, segregar la economía de la vida saludable desarrollada en común o confrontar una vida material de calidad con la búsqueda de sentido y de dignidad. Nuestra concepción de la vida solo puede tener una expresión integral.

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