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Catalunya, aparta de mi ese cáliz

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Koldo San Sebastián

Comencemos por un poco de memoria histórica. Especialmente frágil en la autodenominada izquierda abertzale. O quizá un tanto selectiva. Veamos: el 16 de agosto de 1938, antes los ataques a la autonomía catalana del Gobierno central (Negrín), presentaron su dimisión Jaume Aygüadé (ERC) y, en “solidaridad con Cataluña”, Manuel de Irujo (PNV). Juan Negrín no tuvo dificultades para sustituir a los dimitidos echando mano de catalanes y vascos dóciles con su política recentralizadora: Josep Moix (PSUC) y Tomás Bilbao (ANV), apoyado este último por la Ejecutiva de su partido (para que no quedasen dudas). Supongo que, gentes como Marian Beitialarrangoitia (que fue de ANV¿no?), por ejemplo, se considerarán herederas de aquella gente. Digo yo.

Lo cierto es que, como suele ocurrir en estos casos, los intelectuales y caudillos de la autodenominada “izquierda abertzale”, en relación con la cuestión catalana,  han iniciado una campaña más en la que “emplazan” (indican, insultan, pintarrajean, amenazan…) al PNV para hacer lo que ellos quieran: desde Arnaldo pasando por loa inevitables Esparza y Garitano (aquel que firmó la paz con Islandia). Ellos saben exactamente lo que debe hacer este partido.

A esto hay que sumar los del Gobierno central y el PP, partido este último principal responsable del “estallido independentista” tras cargarse el nuevo Estatuto ocho militantes-simpatizantes del PP en el Tribunal Constitucional. Lo de la “vergüenza democrática” que pasó Soraya Sáez de Santa María es poca con la que pasamos en su día con la que ellos (los del PP) provocaron. Y, ¡mujer!, que la señora De Cospedal hable de “carceleros de la democracia”, olvidándose asimismo de “lo suyo”.

Como principio general, todos los pueblos del Universo tienen derecho a ser sujeto y no objeto de todas y cada una de las decisiones que les afectan. Y no por cuestiones históricas (que pueden ser discutidas) sino por decisión y voluntad de los ciudadanos que componen este pueblo. En este caso, hay un número de catalanes que quieren constituirse en estado y ser solo catalanes y dejar de ser ciudadanos españoles. Hasta ahora no sabemos el número exacto de catalanes que quieren ser solo catalanes porque una mayoría de no catalanes se empeña en impedirlo y, tras la vergüenza democrática de la anulación del estatuto reformado, se convierte en la segunda gran cuestión que explica lo que está sucediendo estos días.

Pero, hay más cosas que señalaba el periodista catalán Antonio Franco en un esclarecedor artículo publicado en El Periódico (“El otro aplastamiento”) y que me permito subrayar: ”Creo que no es realista la imagen que se proyecta de Catalunya. Lo de que casi una mitad quiere, sea como sea, la independencia que ofrece el procés; que casi otra mitad desea seguir, también como sea, con la actual España; y que en medio, pillada como en un gran sándwich, hay una minoría –desencajada– crítica con las dos posturas. La verdad es otra. Casi media Catalunya, constituida por independentistas reales y muchos compañeros de viaje irreversiblemente hartos de la España que encarna Rajoy, ha decidido irse; otra casi media Catalunya, tan decepcionada por esa misma España como por la indefinida y poco democrática propuesta soberanista de Junts pel Sí, apuesta por grandes cambios en el Estado; y una pequeña minoría –la que estrictamente vota aquí al PP– acepta seguir como hasta ahora”.

Las reacciones a las sesiones parlamentarias de los últimos días, azuzando el Gobierno central al Tribunal Constitucional y al fiscal contra los nacionalistas catalanes y sus socios de la CUP, recuerdan más al Tribunal de Orden Público y a los fiscales de ídem de tiempos de la dictadura franquista que algo que se parezca a una institución democrática homologable en la Unión Europea. Las apelaciones a la democracia por parte del Rajoy estos últimos días tienen un peligroso tufo populista. Todo parece que estamos en un Estado demócrata contra sus convicciones.

La verdad es que el espectáculo ofrecido por el Parlament (por todos) ha sido poco edificante. Por otro lado, la respuesta lógica debería venir de la ciudadanía catalana. ¿En la calle? Una buena medida de voluntades sería, por ejemplo, la convocatoria por parte de los independentistas y de la CUP de una semana de huelga general. Paralizar Cataluña durante siete días y siete noches (siguiendo el ejemplo reciente de Venezuela). Una especie de insurrección como la que propugnaba el Estat Catalá de Maciá. Un amigo catalán (nacionalista e independentista) me dice que esto es imposible porque la mayoría de obreros (industriales) catalanes no son independentistas. Aun así, deben ser los catalanes quienes resuelvan por si solos estas cuestiones.

Pero, volvamos al comienzo. ¿Qué puede hacer el PNV? Como principio general trabajar para que la Euskadi cada día se parezca menos a la España de Rajoy (y a la Catalunya de Pujol) y avance en el autogobierno ampliando el marco del Estatuto (tal y como se aprobó en 1979) y de la Disposición Adicional Primera. Esto sería el suelo mínimo. En el caso catalán y hasta que el pueblo no se pronuncie, defender el marco e instituciones vigentes (frente a quienes se pasan el día apelando a las partes -e interpretaciones- de la Constitución para ahogar las aspiraciones catalanas). Por cierto, “nacionalidad” viene de “nacional” y “nacional”, de “natío-onis”: nación: territorio y habitantes de un país. En este punto, si se suspendiese la autonomía catalana, la ruptura con el PP debería ser automática a todos los efectos. En segundo lugar, desde el día 2 de octubre, el PNV debería convertirse en el principal intermediario entre, por lo menos, las instituciones catalanas y el Gobierno central, y el PdeCat y el PP que permitan iniciar un diálogo real y, en lo posible, alcanzar consensos para buscar soluciones a la actual situación. Soluciones que no pasan por mantener la actual autonomía catalana. No siquiera con un Estatuto como el “lijado” por Alfonso Guerra y anulado por los ocho militantes/simpatizantes del PP en el Tribunal Constitucional.

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