Aberriberri bloga

Después del cónclave

Koldo San Sebastián

¿Puede un sindicato “hacer política”? Por supuesto. ¿Qué tipo de política? La que decidan sus afiliados y, por delegación, sus órganos de dirección. Es cierto que los sindicatos están limitados en su acción política. Tienen poco que hacer en el ámbito legislativo y en la gestión de la vida de los ciudadanos en casi todos los niveles: locales, territoriales, autonómico, estatal o europeo. Si pueden hacerlo en el ámbito económico-social: en las empresas, en los sectores, en los diferentes consejos. O, dicho de otra forma, en lo que, tradicionalmente, se ha conocido como acción sindical.

Hay algo que se veía venir y que ya está aquí. El marco de las relaciones económicas ya no es la autonomía, el conjunto vasco, el estado, o Europa. El marco es el mundo. En este punto, la deslocalización se ha convertido en un indeseable instrumento para los empresarios. Algeciras, por ejemplo, va a extinguirse como puerto de tránsito a favor de Tánger (ya ha perdido un 25 % de los tráficos). Y, junto a la globalización, otra cuestión: el avance de las tecnologías que hacen que se pueda producir más, mejor, más barato y con menos personal.

Para no entrar en ejemplos “clásicos”, algún ejemplo cercano: el año pasado los sindicatos británicos protestaron por la concesión a la CAF de Beasain de un contrato de 740 millones de euros para construir dos flotas de trenes.  Los sindicatos de aquella isla consideraban que el que los vascos se hubiesen llevado el contrato “era perjudicial para la industria británica”. ¿Cómo abordarían los sindicatos vascos esta cuestión? Desde luego, no han rechazado el contrato como hubiese sugerido la solidaridad de clase. Es cierto que los sindicatos ingleses hubiesen hecho lo mismo si “Bombardier” se hubiese llevado un contrato de es pelo en Euskadi.

Las sucesivas crisis económicas han debilitado el movimiento sindical en los países occidentales. Los tradicionalmente poderosos sindicatos británicos (Trade Union Congress) fueron “laminados” por las sucesivas leyes aprobadas entre 1979 y 1993. Antes, había comenzado el declive de la AFL-CIO, la principal confederación de Estados Unidos. La situación de los sindicatos en la Europa occidental es desigual como lo es su capacidad de influencia e interlocución y, claro, tienen una limitada capacidad de respuesta ante la economía global.

Desde fuera, da la impresión que, en el caso del sindicato mayoritario en Euzkadi, hace tiempo se ha renunciado a una interlocución tradicional, optando por la confrontación. Esto ha afectado, ya no a la parte política, sino a la negociación colectiva. En los años 2015 y 2016, el número de trabajadores afectados por convenios firmados por esta organización es cada vez menor. Por ejemplo, en 2015 el 55 % de los empleados sujetos a negociación colectiva en la CAPV frente al 73 por ciento de CC.OO.

En el apartado político, en estos momentos, la capacidad de influencia de la principal organización es casi nula, sobre todo en el ámbito legislativo y, como se señalaba antes, en las decisiones de gobierno en todos sus estadios. Quizá por ello, el secretario general reelegido con 58 años haga llamamientos (e, incluso, recomendaciones) a las fuerzas “de izquierda” en el Parlamento Vasco. Una de estas fuerzas cuenta con su propia organización sindical. La otra no tiene consideración de abertzale. Aun así, la suma de esas dos fuerzas “de izquierda” no es suficiente para influir en el proceso de leyes que afectan a la vida cotidiana de los ciudadanos. Ante esto, solo quedan filigranas retóricas, de tipo de señalar “recortes en Sanidad”, cuando en los presupuestos de la CAPV de 2017, en presupuesto en este apartado ha aumentado un 6%, por encima de la media europea y muy por encima de la media española.  También aumenta el gasto en Educación. Por cierto, estos gastos han ido en aumento año tras años desde 2014, por lo menos. Es cierto, sin embargo, que las organizaciones siempre deben aspirar a más y es su deber pedir más. Pero, abandonados voluntariamente los foros donde se discuten algunas de esas cuestiones y, habiendo optado por la confrontación, solo quedan esas “filigranas retóricas” para no participar en lo que llama “farsa”.

En esta dialéctica, claro, surgen coletillas y cantinelas como la de colocar al adversario en el “neoliberalismo”. Siempre que el partido mayoritario no haga (o pacte) lo que diga el sindicato mayoritario es, por definición “neoliberal”. He estado repasando las teorías de Friedman y de Hayek y no tengo tan claro que las políticas desarrolladas desde la mayoría política sean eso, “neoliberales”: el gasto público aumenta cada año y no se han cumplido anuncios apocalípticos como aquel que daba como cosa hecha la “privatización” de las cajas de ahorros vascas (de la CAPV).

Hay cuestiones que a uno le dan pena. Especialmente que la primera fuerza sindical vasca, un orfeón potente y bien afinado, sin problemas aparentes (el informe de gestión se ha aprobado por unanimidad, mientras que el secretario general, de 58 años, ha sido reelegido por el 87, 5 por ciento) no de conciertos más allá de las actuaciones propias. Por otro lado, hay algunas apelaciones que forman parte (parcialmente, eso sí) de la “filigrana retórica”: tengo para mí que los que comparten militancia en el partido mayoritario y en el sindicato asimismo mayoritario (que son muchos) estén en la estrategia de contrapoder.

El sindicato mayoritario en la CAPV y con fuerte presencia en Nafarroa inicia una nueva etapa. Al frente, una generación diferente a los que iniciaron la reconstrucción de la organización en el postfranquismo en aquel III Congreso de Euba-Eibar, aquella generación que tuvo que enfrentarse a una reconversión industrial salvaje (algunos de aquellos nos han ido dejando: Manu, Juan Olaskoaga, Mendoza, Edu, Paio, Patxi, Bengoa…). Siente, y hace bien, que no debe nada a la primera fuerza política de la CAPV. Seguramente tienen razón cuando insisten en incursionar en la acción política. Para que pudiesen poner en práctica el modelo que proponen tendría sentido que diese el salto a las instituciones políticas presentándose a unas elecciones. Pero, con la misma legitimidad, la fuerza mayoritaria no tiene para con este sindicato la más mínima obligación y, además, le asistiría la misma razón para incursionar en el campo sindical sin que nadie tuviese por qué sentirse ofendido. Los ciudadanos (asalariados, pensionistas…), a pesar de todo, siguen dándole su respaldo.

Salir de la versión móvil