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Desobediencias

Joxan Rekondo

A contracorriente de la consolidación de la normalización vasca, la izquierda radical vasca debate sobre la desobediencia como forma de lucha política. De hecho, el punto más crítico del proceso ABIAN se había planteado en torno a la dimensión que debiera alcanzar la desobediencia y al grado de implicación que deberían tener los organismos y militantes de la izquierda abertzale en ella. Desobediencia que buscaría alimentar procesos que polaricen la sociedad.

Se prevé que las directrices de ABIAN fertilicen los procesos congresuales sucesivos que SORTU, LAB y Ernai van a celebrar en los próximos meses. No ha de extrañar, por lo tanto, que el documento a debatir en el Congreso de la refundación de SORTU (Zohardia) se ajuste al patrón diseñado en la ponencia marco ABIAN. Aunque el nuevo partido revolucionario se propone “romper la inercia de las movilizaciones clásicas”, eso no significaría abandonarlas, sino despojarlas de su carácter ritual y resignificarlas con el compromiso ante las luchas que se buscan representar sobre el terreno, en la calle y en el día a día.

Desde luego, conviene preguntarse a qué se refiere SORTU cuando reivindica el irrenunciable derecho a la sedición como uno de sus principales valores. Queda claro, cuando menos según la propuesta oficial Zohardia, que el partido de la izquierda abertzale llevará el timón ideológico del conjunto del movimiento, y que recreará los discursos, mitos y símbolos que buscan seducir con una nueva épica a los “sectores más concienciados y combativos” para implicarlos en una práctica de lucha.

De esta forma, se revela que SORTU va a volcarse hacia un liderazgo de carácter simbólico-discursivo, centrado en componer la nueva épica revolucionaria dirigida “especialmente a la juventud” y que buscaría estimular la utilización de formas de acción directa y desobediencia, sin los que se considera que “el cambio no es posible”.  Si se cumpliera esta previsión, no tardaremos en tener a una nueva generación que podría ejercer como ariete desde la primera línea de combate, ‘empoderada’ en lucha de trincheras, creando ‘tormentas de rebeldía que subviertan el sistema’ (Joxemari Olarra dixit).

La acción directa busca el choque material, incluso la confrontación física con aquellos que se consideran agentes o piezas del sistema que se quiere cambiar. Hemos visto un ejemplo claro de cómo se practica la acción directa en la campaña de Ikasle Abertzaleak contra las elecciones de la UPV-EHU. Desplegar, por su parte, la desobediencia como forma principal de acción política supone naturalizar el desacato a las normas de convivencia socio-política.

Las dos son armas a las que se buscará recurrir en todos los ámbitos. Se trata de jugar fuerte para hacer visible el conflicto, despertando a una masa social adormecida. De esta manera, la acción directa y la desobediencia pueden acabar rearmando el enfrentamiento político y poniendo en riesgo la normalización social. Estas formas de lucha, se presenten o no como expresiones violentas, suponen un choque de legitimidades, desafiando al orden democrático a todos los niveles (político y cívico) y extendiendo una situación de incertidumbre social.

Hay un contrasentido entre la proclamación del derecho a decidir que lleva a respetar sus consecuencias y el recurso a la desobediencia contra instituciones vascas. Hasta los zapatistas procuran ‘mandar obedeciendo’. La cuestión es a quién, a qué y cuándo están dispuestos a obedecer los desobedientes. Se aduce que éstos sólo se someten al que llaman Poder Popular, que es independiente de las fuerzas políticas y del mandato popular que surge de las urnas. Pues bien, sería interesante que la izquierda abertzale aclarara quién es el que representa y por quién es legitimado ese Poder Popular que merecería ser obedecido.

Conviene pensar hasta dónde nos puede llevar una estrategia que quiere lograr ‘procesos que polaricen a la sociedad’, como se dice en ABIAN.  E identificar a los nostálgicos del conflicto frentista. Que, por fortuna, hoy por hoy están en franca minoría. Porque ni sus mismos votantes aceptarían una política que nos llevara a abrir nuevas trincheras, fiándolo todo a un órdago sin cartas.

La normalización política no tiene por qué suponer una renuncia a nuestras aspiraciones. Sin embargo, tenemos escarmiento histórico suficiente como para no jugarnos nuestro futuro como pueblo en una apuesta que puede incluir la fractura social. ¿Qué pasa si nuestros deseos políticos se topan con el muro jacobino del ‘todo para Madrid’? Con paciencia histórica, habrá que encontrar portillos, intersticios y grietas para traspasarlo, pero sin aventuras que quiebren nuestro activo más valioso, la unión social y el respeto a su voluntad. Solo así puede ganar el pequeño al grande, “txikiak aundia bentzi leidi, asmoz eta jakitez”, tal y como expresa el lema de los Bengoetxea de Aulestia.

¿Desobedecer? No tenemos tiempo para entretenernos con “fantasmas de una imaginación delirante”, que diría Manuel de Larramendi. Tiremos de sentido práctico. Porque nuestras mayores fortalezas son, sin lugar a dudas, la voluntad de unión y la capacidad de resiliencia que hemos mostrado a lo largo de la historia, que son las que nos han llevado al punto que hemos llegado. Sin que jamás hayan quedado hipotecadas las opciones de más estatus de los vascos de hoy y mañana, que seguro que serán materializadas si trabajamos una Unión vasca de carácter transversal.

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