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Que la limpia realidad no estropee una torpe falsificación

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Joxan Rekondo Pyrenaeus-eko Talaian

El profesor de la UPV, Iñaki Unzueta, pide ‘la desnacionalización del País Vasco’. La motivación expresada por los presos de ETA que afirman estar encerrados “porque lucharon por la libertad política y social de nuestro pueblo”  y la que llevó al diputado general de Bizkaia a afiliarse al PNV “por la liberación de Euzkadi”, serían dos testimonios que le llevan a considerar que bajo ambos se revela una misma identidad de carácter excluyente, lo que le lleva a sostener la existencia de una responsabilidad colectiva compartida por el PNV y ETA ante la humillación de las víctimas.

Refugiado tras expresiones de autores diversos, ninguno de los cuales ha estudiado el caso vasco en su particularidad, la tesis de Unzueta es que el nacionalismo vasco pretende una nacionalización obligatoria que buscaría dos cosas: cerrar el pasado violento diluyendo responsabilidades y laminar la pluralidad social.

En realidad, el artículo de Unzueta es una torpe falsificación. La enésima falsificación. Del pasado y del presente. Del pasado, porque desde los primeros años de su actividad ETA evolucionó hasta la ruptura total con el nacionalismo vasco. Ruptura que se realizó en las tres dimensiones (ética, ideológica y democrática) que dotan de contenido a la política, y cuyas causas fueron precisamente la apuesta de aquella organización por  legitimar el terrorismo, la vinculación a un socialismo leninista y la insumisión ante la voluntad popular vasca.

Frente a estas posiciones, interesa subrayar el compromiso histórico del nacionalismo con la pluralidad política del país, perfectamente visible en el Gobierno de base plural presidido por Agirre y en el invariable respaldo del PNV a las instituciones republicanas frente a los sectarismos de los partidos españoles que acabaron destruyéndolas. Visible también a partir de 1979 en el proceso de devolución de las instituciones y de la autonomía, y además en la gestión reconstructiva del país, a pesar del continuo embate del uniformismo cortesano y del acoso salvaje del terrorismo.

Jon Juaristi calcó a Kipling –“nuestros padres nos mintieron”- para atribuir al nacionalismo la responsabilidad del origen del terrorismo. Otro autor que militó en ETA, Kepa Aulestia, dio oportuna réplica a esta imputación. Cuando ETA asesinó a Manzanas, el PNV acuñó y desplegó el eslogan “los vascos no matan”, muestra elocuente de su grave objeción ética ante la acción. En su obra ‘Días de Viento Sur’, Aulestia criticó asimismo que se proyectara “hacia la generación precedente parte de la exclusiva responsabilidad de quienes en esta generación decidieron hacer uso de las armas”. La identificación del desarrollo de las relaciones entre el PNV y la ETA de los primeros años como si se enmarcara en un proceso de sucesión generacional no es exacta. Pero, funciona muy bien como metáfora del corte ético que se produjo entre la tradición humanista del nacionalismo y la nueva moral revolucionaria de los que tomaron las armas, corte que sigue todavía vigente.

El artículo de Unzueta recoge una sentencia del filósofo español Reyes Mate que suscribiría en su literalidad cualquier escuela de historiografía: “el pasado es más de lo que fue, es lo todavía no descubierto y que aún puede llegar a ser”. Sin embargo,  el impulso a descubrir lo ‘no descubierto’ para completar el ‘ser’ real del pasado no puede legitimar un discurso artificioso, construido de espaldas a los hechos y  adulterado en aras de intereses partidarios. Se dice que el papel lo aguanta todo. Haría bien Unzueta en seguir el consejo que cita de Walter Benjamín, zafarse de la narrativa ahormada al gusto del aznarismo y ‘cepillar la historia a contrapelo’, aunque para ello tuviera que quebrar sus actuales ‘lealtades’ y abrirse a los hechos. Desnacionalizando su discurso, naturalmente.

Unzueta también falsifica el presente. En el fin de ETA, imputa al nacionalismo la instrumentalización de las víctimas por no poder “aceptar plenamente su contenido de verdad” y el cierre apresurado del pasado de terrorismo, disolviendo “en un conflicto las responsabilidades”. ¿Qué es ‘aceptar plenamente su contenido de verdad’? ¿Cuál es el contenido concreto de esa verdad que parece tomarse como única? ¿No es contradictoria esa exigencia de aceptación plena de la misma con la realidad de un colectivo de víctimas plural, ante las que el mismo profesor Unzueta llama a distinguir a afectados por ‘distintos tipos de violencia’ y cree reprochable que se realicen ‘equivalencias morales’, imagino que alusivas a ‘contenidos de verdad’ que entiende tampoco son equivalentes?

Se debe estar de acuerdo con la concluyente sentencia con la que finaliza el artículo, “tomar las víctimas en serio significa recomponer la pluralidad de la sociedad”. Aun así, tomar las víctimas en serio llevaría a advertir en el artículo de Unzueta vacíos clamorosos en relación con la actualidad del debate político y social sobre la verdad y la reparación de los efectos del terrorismo. ¿Está este autor en las claves que marcó el manifiesto de Glencree que, de la mano de víctimas de diferentes violencias, trazó un marco común de exigencias éticas frente a victimarios? ¿Qué opina de los contenidos del ‘suelo ético’ aprobado por el pleno del Parlamento Vasco? Es decir, es chocante que se hable de ‘tomar en serio a las víctimas’ y ni siquiera se citen los dos ‘referentes de verdad’ más relevantes que, en materia de reconocimiento de las víctimas, se han hecho recientemente en este país. Acuerdos que han recibido el apoyo de la pluralidad social que Unzueta reclama recomponer, y que incluyen la demanda de responsabilidades a los perpetradores sin aceptar su ocultación tras la coartada del ‘conflicto’.

Puede que a Unzueta estos hechos no le parezcan tan relevantes, ya que ninguno de ellos le es útil para demostrar la acusación que ha prefabricado, y que parece ser el motivo central del artículo: la imbricación que afirma haber descubierto entre la causa política a la que apelan los presos de ETA y la que mueve al diputado general de Bizkaia y al PNV. Siga pues, en la vana esperanza de que la torpe falsificación no sea estropeada por una clara realidad que la contradice. Aunque, ¿no es ésta una instrumentalización más de las víctimas, hecha con el fin de entorpecer el limpio juego del pluralismo vasco?

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