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El Foro Social de Lokarri y su efecto real en la convivencia vasca

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Joxan Rekondo Pyrenaeus-eko Talaian

Cuando se habla de alcanzar la paz vasca son muchos los que entre nosotros sugieren la transposición a Euskadi de modelos prefijados, a los que asignan una validez universal. De ahí proviene uno de los mayores errores de nuestro proceso en el que, al estar con la mirada tan sujeta a ejemplos internacionales y fascinados como estamos por la arribada constante de personalidades y expertos foráneos, hemos practicado muy poco el examen hacia dentro, buscando lo que nos corresponde hacer a nosotros.

Además, los que creyendo honestamente que la aplicación mimética de las experiencias de resolución que se han empleado en otros lugares puede resultar igualmente eficaz para la convivencia vasca no se aperciben o no conceden importancia a los efectos no deseados que puede provocar este seguidismo. No se trata de que no sea posible contrastar aquí la utilidad del bagaje e infraestructura que se han usado en otros conflictos. Lo más importante es que no se podrán resolver nuestros conflictos si no somos capaces de crear nuestros propios referentes, ya que lo que aquí haya que cambiar o construir deberemos hacerlo a partir de la implicación y la iniciativa de actores sociales o político-institucionales radicados aquí y que representen el pulso social real.

Lo que ocurre es que la sobreabundancia de observadores, facilitadores, verificadores, mediadores y expertos participantes, tras el cese de ETA, en eventos o comités internacionales magníficos y resonantes ha ocultado en realidad el escaso avance logrado en la integración de las experiencias que se viven a nivel local. Pues este ámbito es auténticamente decisivo para rehabilitar la convivencia vasca ya que es ahí donde todavía se siente el peso de la intimidación.

Contra este argumento, se puede aludir a los actos de Errenteria (Eraikiz) y Donostia, liderados por alcaldes de Bildu. Son actos, sin embargo, que se han demostrado circunstanciales. Una breve tregua en medio de una dinámica institucional que utiliza modos hegemónicos y atiza el conflicto social. Lo decía el presidente de Sortu, “Queremos el poder institucional para crear más poder social. Y la realidad es que la izquierda abertzale, con su pretensión de entrometerse en el activismo social, crea una confrontación frentista y bloquea las expectativas de convivencia. A esto se añade el regreso de acciones intimidantes de Kale Borroka, focalizadas en lugares reacios a este hegemonismo radical. Se debe reconocer, asimismo, que la internacionalización sí es una exigencia del MLNV, que pretendería de esta manera “sacar provecho a la sensibilidad internacional” (cita del documento Bateragune) para su causa. Y que, por lo tanto, la izquierda abertzale no es ajena a la vía (de Brian Currin y GIC) por la que han llegado una buena parte de los especialistas mundiales que nos visitan periódicamente.

Con todo esto no es extraño entre nosotros cunda la creencia de que lo correcto es abordar la paz y la convivencia a partir de un enfoque desde arriba, como si de un arreglo entre élites se tratara. El inmovilismo del gobierno estatal, el abandono por algunos grupos políticos de la ponencia parlamentaria, la falta de desarme del terrorismo,… nos pueden llevar a concluir que el proceso está estancado. Pero, por mucho bloqueo que haya en las posturas de los de ahí arriba, es el bloqueo de la información y participación de los de abajo el que nos debe preocupar de verdad. Pongamos un ejemplo. Los barómetros demoscópicos realizados por la UPV y la Universidad de Deusto, publicados este mes de diciembre, informan de un masivo desconocimiento social del Plan de Paz y Convivencia del Gobierno Vasco.

Lokarri ha presentado esta semana pasada el grupo de 8 personalidades que van a promover y socializar las 12 recomendaciones aprobadas por el llamado Foro Social de la Paz, celebrado entre Bilbao e Iruña los pasados días 14 y 15 de marzo. A pesar de que “dar el protagonismo a la ciudadanía en el proceso de paz” se encuentra entre los objetivos del grupo, parece claro que la función que la Comisión asume ante la sociedad civil no es estimulatoria de la participación social, sino meramente comercial y publicitaria. De esta manera, cuando se habla de socializar las 12 recomendaciones, lo que se quiere decir es que se trata de conducir a la sociedad a la aceptación del contenido de las mismas.

Aunque en el contexto de este artículo puede parecer una paradoja, citaré la recomendación de un especialista extranjero al que no se ha llamado al Foro Social. El norteamericano John Paul Lederach dice que si lo que se quiere es lograr una convivencia sostenible hay que pasar de “un interés por la resolución de materias conflictivas a un marco de referencia centrado en la restauración y la reconstrucción de relaciones”. En su docena de recomendaciones, el Foro Social sí aborda la llamada agenda política del conflicto. Pero, cabría preguntarse cuántas de las recomendaciones de este organismo buscan incidir en esta delicada esfera de las relaciones, que es necesariamente local y que debería conllevar un compromiso activo de la sociedad con una convivencia de calidad.

La respuesta podríamos encontrarla en un reciente artículo de Etikarte, colectivo participante en las sesiones del Foro Social, que ha opinado lo siguiente: “muchas de nuestras relaciones sociales y políticas, individuales y colectivas, institucionales o no, repelen y contradicen en la práctica los principios que se proclaman en foros, encuentros y manifestaciones públicas. No está de más que nos preguntemos sinceramente por la salud democrática de nuestra convivencia en muchos pueblos, barrios, escuelas, ayuntamientos, celebraciones culturales o de ocio”.

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