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La socialización de la culpa

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Imanol Lizarralde

Hace tiempo me contaron la anécdota de un tipo que en una noche de juerga, acompañado por algunos amigos, estando la guardia municipal apostada en la playa de la Concha, tuvo la ocurrencia de ponerse junto a la barandilla y miccionar sobre los agentes. Cercado por un dispositivo de municipales, golpeó a uno de ellos. Hubo un tremendo revuelo. El protagonista de ambos actos, finalmente, se erigió en moderador, y quiso calmar los ánimos diciendo: “todos tenemos un poco la culpa”.

Esta anécdota vino a mí mente tras la lectura del editorial de GARA (“Quizá no es buena idea que hablen tanto de ética”, 22-9). ¿Por qué? Porque para GARA, en lo que se refiere a la cuestión de la violencia en Euskadi, “todos tenemos un poco la culpa”:

“En este país hay muy poca gente que pueda dar lecciones de moral, muy poca gente que, de no haber practicado, justificado o tenido responsabilidades directas o indirectas en alguna de las violencias, no haya mirado para otro lado cuando ocurría alguna de ellas. Violencias que se ejercían en su nombre. Violencias que ocurrían bajo sus mandatos. No hemos sido un refugio de los derechos humanos, ni particular ni colectivamente, y conviene recordarlo antes de ponerse arrogante en este terreno. Hemos vivido un conflicto político y violento. En ese contexto casi todos los vascos nos hemos regido por la excepcionalidad moral y legal. El que más o el que menos, en uno y otro momento, por la indiferencia”.

Si, por un momento, nos olvidásemos del nombre del medio de comunicación que emite este mensaje, podíamos incluso confundirnos y pensar que estábamos leyendo algún informativo del españolismo más radical que aireara la teoría de que Euskadi es una “sociedad enferma”. Según esta teoría, todos o casi todos los vascos estaríamos implicados en actos violentos, en su comisión o en su justificación. ¿Es verdad que la mayoría de los vascos, en algún momento, han estado implicados en violaciones de derechos humanos, como la tortura y el asesinato, en los términos que dicta GARA?

En primer lugar, hay que afirmar que los actos violentos los han cometido unas pocas personas y hay algunas más, aunque siguen en minoría, las que han colaborado o justificado esos actos. El estallido gozoso por saber de un asesinato de ETA o la alegría ante la tortura de los militantes de esa organización, son, me atrevo a afirmar, actitudes minoritarias. En estos casos, GARA universaliza y proyecta su propia mentalidad de justificación de una de las violencias al resto de los vascos con la intención, nada sana, de aligerar responsabilidades y distribuirlas sobre aquellos que no las comparten. Si antes, a mediados de los 90, rigió el principio de la “socialización del sufrimiento” (con el que el MLNV quiso extender la violencia y su sombra hasta el último habitante de Euskadi), ahora GARA pretende implantar el principio de la “socialización de la culpa” (por el que casi todos los vascos estaríamos ahora implicados en una violencia que sobre todo nos ha tocado sufrir). También dice el editorial:

“Si algo tiene de particular el caso vasco respecto a otros conflictos políticos y armados, es la tortura. Las muertes, asumamos que terroríficas cada una de ellas y en su conjunto, son comunes a esta clase de conflictos y no cabe duda de que existen casos mucho más graves que el nuestro. Lo mismo se puede decir de la negación de derechos civiles y políticos. La cárcel o el exilio también son una constante. También la tortura, sí, pero no de un modo tan sistemático, organizado, constante, dirigido contra una población concreta, en proporciones tan escandalosas y tan impune. Y pocas cosas hay más reprobables en base a los mencionados derechos que la tortura. Quizá, en contra de lo que piensan algunos, la ética no sea ya el campo de batalla más propicio”.

En efecto, la tortura ha sido una característica del caso vasco, aunque organismos como Amnistía Internacional, que han dado cuenta de estos casos a lo largo de cada año, no hablan de “tortura sistemática” sino de tortura no sistemática y persistente, ya que no todos los militantes del MLNV y de ETA detenidos son torturados. Es cierta, también, la impunidad de la mayoría de los que la han ejercido. Es verdad, “pocas cosas hay más reprobables”, que la tortura. Entre ellas, el asesinato o el secuestro, por ejemplo. El editorial de GARA pretende en este párrafo confundir el orden de prioridades de los derechos humanos (el primero de ellos, la vida de las personas) con el hecho de que la tortura sea más o menos habitual en otros conflictos. Pero esta concepción ventajista de la ética es coherente con la consideración de GARA de que esta es un “campo de batalla”. Finalmente, GARA personaliza su reflexión:

“Si hay un terreno en el que los tiempos pretéritos que algunos anhelan no se pueden recuperar es el ético. Hace dos décadas la sociedad vasca que reivindica Urkullu era segregada, con la ayuda del PNV, entre “demócratas y violentos”. No era una sociedad construida “entre distintos”, sino en base a un enemigo común”.

En su mención al PNV, GARA prescinde de que hace dos décadas –cuando comenzó a popularizarse la división entre “demócratas y violentos”- el MLNV había puesto en marcha la “socialización del sufrimiento” mediante la cual sus aparatos armados –los grupos de kale borroka y ETA- “socializaron” la violencia, en diverso grado, a todos los sectores de la sociedad vasca, nacionalistas o constitucionalistas. La disyuntiva entre “demócratas y violentos” es una respuesta a la disyuntiva de “con nosotros o contra nosotros” por la que el MLNV emplazó a los vascos particulares a apoyarles o, de caso contrario, a convertirse en enemigos y, por tanto, en objetivos a batir. Es el MLNV quien señala siempre un enemigo según el caso (el Estado, el PNV, Urkullu…) y actúa en función del mismo. GARA prescinde que cuando empezó a hablarse de “demócratas y violentos” ETA mataba a militantes políticos de a pié, a periodistas, jueces, etc y sus grupos de kale borroka o militantes voluntarios agredían en las calles a la gente o atacaban sus establecimientos y las sedes políticas de todos los partidos, incluso de alguno que ahora se encuentra en Bildu. Resulta escandaloso que omita la razón por qué se empezó a hablar de “demócratas y violentos”; era porque, en efecto, había “demócratas” (agredidos) y “violentos” (agresores).

GARA nos oculta que es el MLNV el que ha convertido la señalización de enemigos en una filosofía derivada de una ideología, aquella que cuyo primer principio reza “¿cuál es el enemigo?”. Y de esta forma han caído gentes de todos los estratos, oficios y partidos de Euskadi bajo la violencia de ETA. Es el MLNV quien pretende sobornar al PNV con la historia del “enemigo común”. Y ahora GARA lo acusa de eso que la misma editorial está haciendo: plantear un enemigo.

Volviendo a la anécdota del comienzo: resulta llamativo que la misma persona que organiza el revuelo, el agresor y alborotador, es la que plantea la redistribución de responsabilidades. GARA pretende la socialización de la culpa diciendo que todos somos un poco culpables. Por muchas personas que haya habido implicadas emocional o materialmente, es totalmente inexacto plantear que en el conflicto vasco el pueblo vasco apoyaba o apoya alguna de las dos violencias. Los vascos hemos construido nuestras instituciones y, a pesar de todos los males de la violencia, vivimos en una sociedad que no se ha desquiciado en el enfrentamiento civil. E incluso ahora, frente a una amenaza global, como es la crisis económica, puede concitar la alianza entre diferentes. Por eso, la ética de nuestro futuro depende de la ética de nuestro pasado, del discernimiento presente de lo ocurrido en Euskadi. La ética debe basarse en la verdad y GARA no dice la verdad acerca de la ética de la mayoría de los vascos, que siempre quisieron la paz y abominaron de las violencias.

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