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Y la ira de aquí llegó hasta allí: Participación navarra en la represión franquista en Gipuzkoa (I)

Fernando Mikelarena bere blogean

La celebración el domingo 3 de marzo de un acto de homenaje en Bera a los fusilados de y en esa localidad nos ha inspirado esta entrada. Como ya apuntamos en la entrada inmediatamente anterior, la cantera de Bera fue el lugar de Navarra donde se produjeron más fusilamientos, debiendo de constituir un lugar de la memoria fundamental de la represión franquista durante la guerra civil en Navarra.

Por otra parte, como quiera que los fusilados allí fueron traídos de cárceles y de centros de detención ubicados en Guipúzcoa, queremos profundizar en dos aspectos apuntados al final de aquella entrada: el de la participación física de navarros en dichas sacas de guipuzcoanos o de residentes en Guipúzcoa desde los centros de detención donostiarras y el de la existencia de un discurso intelectual desde la prensa navarra de legitimación y de aliento a aquélla.

Con posterioridad a la toma de San Sebastián el día 13 de septiembre y durante ese mes y los dos meses siguientes se producirían las cifras más altas de asesinatos por parte de los ocupantes franquistas. Si entre julio y septiembre los franquistas asesinaron en Guipúzcoa a unas 150 personas, muchas de ellas tras la entrada en Beasain, Oyarzun y Tolosa, en octubre fueron fusilados otras 150 y en noviembre unas 90 personas. De 25 fusilados en diciembre se pasó a una decena de fusilados al mes en los meses siguientes, con oscilaciones al alza en algunos de ellos, pero sin superarse nunca la treintena de asesinados mensuales.

La participación navarra en las labores de depuración está acreditada desde el inicio. Dos días después de la conquista de la capital guipuzcoana, Diario de Navarra informaba el 15 de septiembre de 1936, en la página 7, que “Ayer tarde salieron para San Sebastián los guardias de Seguridad de Pamplona para prestar allí sus servicios mientras se depuran las responsabilidades de los que estaban en la capital de Guipúzcoa”. Por otra parte, el 16 de septiembre, en la página 1 deArriba España aparece una foto sumamente elocuente en la que el jefe territorial de la Falange en Navarra José Moreno [alias Pepe Perla] y el camarada Gregorio Apesteguía jefe territorial de las Milicias presenciaban el desfile de las tropas en San Sebastián. De ambos se ha mencionado su pertenencia a la Escuadra del Águila de Pamplona, de la que ya hablamos en una entrada anterior referida a uno de sus líderes, Galo Egües Cenoz.

También disponemos de informaciones de la presencia de navarros como guardianes de los centros de detención existentes. Además de las diversas prisiones oficiales existentes, entre las que destacaba la cárcel de Ondarreta, falangistas y carlistas tenían sus propios centros de detención: existía una checa falangista en el Café Opera en el Boulevard y había una prisión carlista en la calle Fuenterrabía.

Acerca de la mencionada checa falangista disponemos del testimonio del doctor Manuel Gabarain, autor del libro Así Asesina Falange. Una celda de condenados a muerte en un cuartelillo de Falange Española de San Sebastián, del que existen dos ediciones, ambas de 1938, una de Paris y otra de Buenos Aires. Gabarain habría estado preso entre el 1 y el 12 de octubre. Aunque primero pensaron en llevarlo “a la prisión del cuartel general de la Falange sito en el edificio del Círculo Easonense”, finalmente los falangistas le condujeron a “un cuartelillo de barrio”, establecido “en el local del que fue Café de la Ópera y antes Camisería de Olave en pleno boulevard. Era una especie de oficina privada que los falangistas de San Sebastián habían montado para el servicio de sus particulares venganzas”. Gabarain habla de los falangistas como de “cobardes en el frente” y “concienzudos asesinos en la retaguardia” que “desde el primer momento montaron en todas las ciudades estos cuartelillos, verdaderas agencias de asesinatos, instrumento perfecto para el ejercicio del terror sistemáticamente decretado desde arriba”.

Califica al falangista como “el asesino cobarde de la retaguardia, el infra-policía, el degenerado capaz de elevar a la categoría de valores morales los más bajos instintos humanos”. Los diez compañeros de celda de Gabarain fueron “bestialmente flagelados” por “un tal Manterola, industrial electricista, cojo, hombre de gran crueldad que tenía siempre al alcance de la mano un vergajo y en cuanto un detenido no contestaba le sacudía un vergajazo en la cara o donde buenamente diese”. Según Gabarain, casi todos los guardianes “mostraban una maldad estúpida”, castigando a los prisioneros sin comer y como éstos estaban “en una bodega húmeda y llena de rendijas, resultaba un verdadero tormento el dormir en el suelo”. El detenido se refiere asimismo a las requisas generalizadas que “eran verdaderos robos a mano armada” ya que “los falangistas entraban en las casas y se llevaban lo que querían por el terror sin que hubiese que soñar en indemnizaciones”. De las diez personas que estaban en la celda, sólo tres se salvaron de ser asesinados, Gabarain inclusive, éste último tras hacerse pasar por loco de forma convincente.

Pues bien, Gabarain asegura que los centinelas de la checa de la falange “eran, por lo general navarros de la Rivera que, como es sabido, suelen ser gente belicosa, muy dada a discutir y siempre presta a tirar navaja. Más de la mitad debían ser de Mendavia”. En la valoración que el médico donostiarra hace de los riberos se observan ecos de Baroja, quien repetidamente a lo largo de toda su vida no dejó de describir de forma muy crítica a las personas del sur de Navarra. Se puede intuir que Gabarain sería un ferviente barojiano a tenor de la identificación que hace de sí mismo como “un auténtico liberal, un verdadero ‘chapelaundi’”, empleando semántica acuñada por aquel escritor.

Por otra parte, hemos encontrado rastros de la presencia de navarros concretos en labores de vigilancia al servicio de los requetés o de los falangistas en las sedes y oficinas que una y otra milicia tenían en San Sebastián. Mientras las sedes principales de FE se encontraban en las oficinas del Círculo Easonense en el número 1 de la Alameda del Boulevard y en el convento de San Bartolomé, el Cuartel General carlista se instaló en el Casino Kursaal y poseía oficinas en otros lugares de la ciudad. En nuestras investigaciones hemos encontrado testimonios como el de un cascantino falangista que, tras actuar “en el cuartel de la Guardia Civil” de su ciudad natal, “pasó a incorporarse al Cuartel de falange de San Bartolomé de San Sebastián, sirviendo en la ronda secreta”. También un larragués falangista “tomó parte en las operaciones del frente de Guipúzcoa, hasta Beasain; de guarnición en el fuerte de San Cristobal (Pamplona) y en el Cuartel de Falange de San Bartolomé, de San Sebastián”. Asimismo, un requeté de Los Arcos, el 15 de septiembre de 1936 se incorporó al cuartel de requetes de San Sebastián “donde prestó servicios de guardia y vigilancia” hasta febrero de 1938.

En cuanto a la participación de navarros en labores ejecutoras, contamos con un valioso testimonio: el de José de Arteche en El Abrazo de los Muertos, obra autobiográfica publicada en la que el autor, nacionalista que tuvo que enrolarse en un tercio carlista en noviembre de 1936, narró sus peripecias personales en la guerra civil. Arteche habla un requeté de la Ribera que identifica como Ch… y que le habría contado que en el primer día de la sublevación mató “en connivencia con un cabo de la Guardia Civil” “personalmente a un rojo en quien quería vengar un agravio personal” y que “luego estuvo en el frente de Oyarzun, y tomado San Sebastián, perteneció a la escuadra negra como él dice”. El mencionado Ch… contó a Arteche “bastantes detalles de los fusilamientos“ que tuvieron lugar entonces, en septiembre y octubre de 1936:

“El despojo por los del piquete de cuantos objetos valiosos tuviesen los condenados, tan pronto éstos trasponían las puertas de la prisión. La confesión de los sentenciados, de pie, ya junto al paredón, vigilados hasta en aquel momento por uno del piquete arma al brazo. El borbollear producido por el escape del pulmón atravesado, en los fusilados que aún respiraban. La larga hilera que cae derrumbada, excepto uno en el extremo de ella porque el piquete a pesar de su número no alcanzaba para todos, y las palabras irremisibles al desgraciado que, viéndose él solo de pie al lado de los compañeros caídos, alumbró quizá en un momento, un fulgor de esperanza: -Ahora te toca a ti-. El hombre obligado a alumbrar con un farol la silueta de los condenados que los piquetes poco numerosos determinaban matar uno a uno para ahorrarse la labor de los tiros de gracia”.

Arteche dedujo por los detalles que le ofreció un día el mencionado Ch… que éste había participado en el fusilamiento de un amigo sacerdote de aquél. Antes de la caída de Bilbao, Ch… comunicó a Arteche que tras la toma él se apuntaría “otra vez en la escuadra negra” y “si hay que fusilar dos mil, pues se fusilan dos mil. Los que sean”. (Continuará..)

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