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El PNV, al pie de la montaña

Koldo San Sebastián

Desde sus albores, allá por 1893, el Partido Nacionalista Vasco se ha visto sometido a un sinfín de factores externos que, de una forma u otra, han tenido consecuencias internas y han impedido su normal desarrollo. Eso sí: desde el minuto uno parecía claro que el nacionalismo vasco iba a ser el enemigo a batir.

Con todos los matices que se quiera, el nacionalismo vasco surge en medio de un conflicto producto de la incapacidad del Estado español de cumplir sus propias leyes: no se cumplieron las leyes abolitorias de 1839 y 1876. No se cumple la ley Paccionada de 1841… Se sigue sin cumplir la Constitución española de 1978 y el Estatuto de Autonomía “de Gernika” de 1979. Y, en medio de esto, regímenes poco democráticos como el de la Restauración, dos dictaduras militares, una guerra civil, y claro la persistencia de una organización terrorista que, desde su II Asamblea, tiene como objetivo “acabar con el PNV”.

El Estado español ha tratado de ir uniformizando a los vascos por el método de la putrefacción. Es decir, no se cumple lo pactado y esperar que las cosas se pudran o se olviden. Y cuando reclamas: “esa es una interpretación nacionalista”. Y cuando se unifica la interpretación: “todos hemos renunciado a algo menos el PNV”. Nunca se dice a qué han renunciado y qué es renunciable: los partidos que se alternan en la gobernación del Estado, nunca renuncian a nada. Por otro lado, desde la llegada al poder del Gobierno de Rajoy estamos asistiendo a un nuevo proceso de recentralización que tendrá consecuencias: de momento, aviva el conflicto secular.

ETA está a punto de disolverse, la cuestión de sus presos no va a resolverse en mucho tiempo si no se disuelve y reconoce el daño causado. Eso sí. Lo importante es que ha dejado de matar. Este hecho libera a quienes en el PNV pensaban que todo el esfuerzo debería ir dirigido a poner una pista de aterrizaje para que los violentos lo dejasen. Por otro lado, también se han agotado los argumentos para quienes pensaban que, modificando el discurso, se podía pescar en el caladero de la izquierda abertzale.

El PNV ha llegado al pie de la montaña. Debe disponerse a iniciar la ascensión valiéndose de sus propias fuerzas y de la experiencia acumulada a lo largo de más de un siglo. El primer paso para tratar de llegar a campamento base es consolidarse como fuerza hegemónica en el campo abertzale e indispensable en el devenir democrático vasco. En este punto, son claves las próximas elecciones municipales y forales. De forma simultánea, es indispensable modificar el modelo económico y la concentración de riesgos en un solo cesto.

En los últimos tiempos, el PNV está consiguiendo unificar su mensaje. Quizá porque se ha comprobado del tremendo error del experimentar lejos de la línea tradicional y sensata. Además, hoy ya nadie cuestiona a quien ocupa la presidencia del EBB y la química entre ésta la Lehendakaritza es evidente y augura lo mejor, rompiendo en cierta forma la tradición.

Parece claro que, en el primer tramo, las dificultades son muchas: a la crisis económica, hay que sumar la crisis del modelo de estado que está siendo deglutido por la corrupción más grosera: a la derecha institucional le sale un caso cada día: sin contar los precedentes, los “casos Palma Arena”, “Gurtel”, “Ático”, “Bárcenas”, todo ello aderezado un poco de tamallazo. Y esto sin contar la derecha cutre de los Gil, Muñoz y compañía. El PSOE no sale mejor parado: los de los EREs de Andalucía es aurora boreal. Y, en medio de todo esto, Cataluña quiere irse. El PNV debe generar sosiego y, sobre todo, marcar diferencias perceptibles con lo que está ocurriendo al sur de Pancorbo.

Pero, bueno, ya hemos llegado al pie de la montaña. Estamos bien preparados para comenzar la ascensión con los medios propios. Mirando a un lado y a otro, pero sin enredarse, porque, en algunos casos, cada palo debe aguantar su vela.

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