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¿A quién asiste en este mundo el derecho de decretar tanta tragedia?

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Jon Intxaurraga

Ahora que se cumplen 75 años del bombardeo de Gernika, los medios de comunicación y la sociedad se preparan para recordar una de las mayores masacres perpetradas contra la población civil. El ataque a Gernika, así como el de Durango o Elgeta, tenía como objetivo principal amedrentar a la población vasca y acabar con la moral del Gobierno Vasco.

Los testigos dan fe de cómo se bombardeo a un pueblo que celebraba día de Feria y de qué manera se ametrallaba a los que intentaban huir de la destrucción. Hay muchos testigos que así lo avalan y que desmienten la versión oficial franquista que pasó del “han sido los rojo-separatistas” al “han sido los alemanes sin que los sublevados lo sepamos” con el único objetivo de que Franco y Mola no parecieran responsables de aquella masacre perpetrada por sus invitados: los nazis.

Así lo denunció el Capitán de los gudaris que estaba en Gernika durante el bombardeo, Joseba Elosegi, en su obra “Quiero morir por algo”. En este libro, Elosegi explica por qué el 18 de septiembre de 1970 se inmoló  y se lanzó desde la segunda galería del frontón de Anoeta en Donostia ante la presencia de Francisco Franco al grito de “Gora Euzkadi Azkatuta!”. Inspirado en los monjes budistas y en un joven checo que se quemó para protestar por la invasión soviética, la razón principal por la que se inmoló no fue matar a Franco; sino llevar el fuego de Gernika a quién lo provocó. La obra empieza con una cita del propio Elosegi en la que se reafirma (“Gernikako sua eraman nahi dut, haren erretzailearen begietaraino”). Esta idea, además, aparece en varias partes de su diario en las que, como el 13 de Agosto de 1970, afirma que “quisiera que Franco sintiera aquel fuego que provocó en la Villa Santa de los Vascos” y del que culpó a los gudaris.

Joseba Elosegi quedó marcado por aquel atroz bombardeo. Testigo del bombardeo de Durango, que presenció “desde el monte Urko” (pág 69), en el de Gernika fue un actor del drama en el que se convirtió la villa de los vascos, cuando tuvo que auxiliar a los heridos por la legión Condor. Aquel 26 de abril, era día de Feria en Gernika y por eso, “la concentración de gentes era mucho más grande” (pág. 145). Según narra Elosegui, a las 4’30 de la tarde, la Iglesia de Santa María repicó “en anuncio de bombardeo” (pág 145). Después de la primera ráfaga, cuando se creyó pasado el peligro, vinieron otras tantas que dejaron Gernika “liquidada” y sin “calle reconocible” (pág. 155). De hecho, fue tal la furia de los nazis contra los gernikarras que, como describe Elosegi, se oía “el traqueteo de las ametralladoras que cazaban a quién huía hacia el monte” (pág 148).

De todo lo que presenció Elosegi aquel desolador día en Gernika, hubo un suceso que le marcó durante mucho tiempo. El gudari tuvo que rescatar de entre los escombros de una casa a un niño de tres años que acaba de morir (“manché mis manos con su sangre aún caliente”). Según cuenta, vio “los ojos” de la madre durante mucho tiempo. De hecho, esta desgracia le hizo reflexionar, ya que no encontraba justificación ninguna a que un niño muriera durante una guerra. Así, exclamaba que “ningún fin podía justificar la muerte de tanto inocente” (pág 150), mientras se preguntaba qué culpa tenía el pobre crío. Estas palabras honran a Joseba Elosegi quien, preso de la rabia, podría haber pedido venganza. De hecho, se pregunta qué hubiera hecho si entre sus manos hubiese caído un alemán (pág. 159). Sin embargo, como defiende, los gudaris no cometieron actos de venganza y el Pueblo vasco dio ejemplo de serenidad y tolerancia. Es más, se respetó al prisionero hasta el punto de que, caído Bilbao, se les liberó y se les llevó a zona franquista para evitar matanzas.

La mentira

Desde que el PSOE intentó abrir la puerta a la “Memoria Histórica”, desde la derecha se ha buscado maquillar su actuación durante el periodo entre 1931 y 1977. Así, la derecha española se ha esforzado en igualar al bando leal a la República y al sublevado. Se podría decir que la derecha tuvo 40 años para tomarse la justicia por su mano, pero durante los años de la Guerra tampoco se quedó corta. Uno de los medidores para comparar la crueldad de dos bandos en una guerra son los canjes. El nacionalismo vasco tiene mucho que decir, ya que cuando Manuel de Irujo fue ministro de la República fue apodado con el sobrenombre del “Ministro de los canjes”.

En la obra de Martín de Ugalde “Manuel de Irujo, un hombre leal a su tiempo”, la desproporcionalidad entre la República y los franquistas queda patente en la Comisión de Canjes, auspiciada por el Ministerio de Justicia dirigido por Irujo. Según cita Ugalde, cuya fuente es la obra de Jesús de Galíndez “Vascos en el Madrid sitiado”, el Gobierno de la República ofrecía al Secretario general de la Falange Raimundo Fernández- Cuesta, al jefe de este partido en Bizkaia (Manolo Valdés), a Miguel Primo de Rivera o al carlista Antonio Lizarza (con calle en Marbella, por cierto). El lado franquista, sin embargo, apenas podía ofrecer familiares de personajes republicanos. De hecho, Galíndez explica la desproporción en base de que en la zona republicana algunos jefes sublevados habían sobrevivido, mientras que en el lado opuesto los republicanos habían sido “sistemáticamente exterminados”. Para distinguir estas dos concepciones, no hay más que comparar los discursos de Areilza y el Lendakari Aguirre a la caída de Bilbao.

Una de las grandes mentiras de la Guerra Civil española fue la de que la destrucción de Gernika fue hecha por los “rojo-separatistas”. Una mentira que fue denunciada, entre otros, por el Lendakari Aguirre como por el Alcalde de Gernika José de Labauria en sendas alocuciones en Radio Bilbao, además de por diarios como “The Times” o “Daily Telegraph”. Como bien afirma Elosegi “nadie quería aparecer ante el mundo como autor de la destrucción de Gernika”, aunque los hubiera. Por eso, la propaganda sublevada se esmeró en ocultar que ellos, como amenazó el General Mola, “no dejaron piedra sobre piedra”. De hecho, el General Galland, capitán entonces de la Legión Condor, escribió años después que Gernika no era “ni una villa abierta ni un objetivo militar; sino un sensible error”; lo que no fue más que maquillar aquella terrible barbarie. En un primer momento, según recoge Elosegi, Ribbentrop pidió a Berlín que “negara que los pilotos alemanes fueran responsables”.

Echar la culpa a los gudaris y milicianos

De todos modos, el bombardeo de Gernika tenía unos responsables: los sublevados y los nazis, que aprovecharon la guerra en tierra vasca, con la complicidad de los sublevados, como campo de pruebas para la Luftwaffe de cara a la Segunda Guerra Mundial, como reconoció Göering en Nuremberg (pág. 170). Como reconoce Elosegi, no se sabe con exactitud “quién dio la orden”, pero como los franquistas tampoco podían denunciar a los nazis ante el mundo, decidieron echar la culpa a los propios vascos. Así, la prensa afín a Franco y Mola acusaba, como hizo el Diario Vasco el 28 de abril de 1937, al “mandarín” de Aguirre de “mentir” y negaba el periódico donostiarra que “existiera aviación alemana ni extranjera en la España Nacional”. En el también diario donostiarra “La Voz de España” del 29 de abril de 1937 echaban, directamente, la culpa a “las hordas al servicio criminal de Aguirre” que lo habían hecho con “fuego y gasolina” (pág. 178). Ambos diarios se reafirmaron en los días posteriores.

Los dirigentes sublevados se sumaron a la fiesta, cada uno con su propia versión de los hechos. El militar Queipo de Llano afirmó primero que “si aquel lugar (Gernika) es sagrado para los vascos, lo es también para todo un buen español” para posteriormente culpar de la destrucción de la villa a “dinamiteros asturianos”, ya que, según él, “se puede comprobar que está destruida de abajo a arriba” (pág. 178). Por otro lado, el jefe de propaganda de Franco, el Sr. Gay, intentó mantener el engaño de una forma muy curiosa: justificó el “no bombardeo” de Gernika, alegando que el día 27 de abril los aviones no pudieron partir de Vitoria. Casualidades de la vida, la destrucción de Gernika fue el día anterior. Desde el Boletín Oficial de Información del Cuartel General del Generalísimo, a fecha de 29 de abril de 1937, se afirmaba que “Gernika no era un objetivo militar” y se mostraba “indignado” ante “las calumniosas maniobras de los dirigentes vasco- soviéticos” a los que acusa de “destruir sus mejores ciudades”. Hasta el propio Franco lo negó varias veces (pág. 185-188).

Los historiadores afines al régimen franquista también reinterpretaron también los hechos acaecidos ahora hace 75 años. Es cierto reconocer que como sujetos que somos, nos es imposible a la hora de escribir ser objetivos. Sin embargo, este límite de la humanidad no está peleado con ser honesto, que es la base para la credibilidad cualquier persona. Elosegi trae a colación a dos historiadores franquistas, curiosamente ambos vascos, que, según denuncia el gudari “escribieron su historia” (pág. 185). El primero es Manuel Aznar, antiguo jeltzale reconvertido en historiador favorito de Franco y abuelo del expresidente español, José María Aznar, y el segundo es Luis María de Lojendio, escritor y religioso benedictino que fue posteriormente Abad de la Basílica del Valle de los Caídos. Ambos dos repiten que la destrucción de la villa fue obra del propio ejército republicano.

La denuncia de la Iglesia vasca

Una de las cosas que ha hecho diferente al nacionalismo vasco es que siendo un movimiento de origen católico se opuso en 1936 a los dictados de la Iglesia y a la sublevación militar en Marruecos. Por eso, no es extraño que los colectivos que denunció la destrucción de Gernika por parte de los nazis fuera el Clero Vasco. Opuesto a la “Cruzada nacional” llamada por la Iglesia oficial española dirigida por el Cardenal Gomá, la Iglesia vasca sufrió en sus propias carnes la represión de los sublevados. Fusilados fueron curas como el hombre de letras José de Ariztimuño “Aitzol” o el arcipreste de Arrasate, Joaquín Arin. Con la firma del Vicario General, Ramón Galbarriatu o del Canónigo Chantre de Vitoria, Pedro de Mentxaka,  el Clero Vasco escribió una carta al Papa (pág. 165) en la que acusaron a “la aviación del General Franco” de estar detrás del bombardeo de Gernika que incendió la Iglesia de Santa María, dejó “maltrecha” la de Santa María y “reduciendo a escombros” los edificios de la Villa. Además, les responsabilizaron de ametrallar “sin compasión” a los que huían, siendo “plenamente conscientes de lo que hacían”.

La respuesta del Clero español ante el bombardeo de Gernika fue muy distinta. Por un lado, hubo quién, como el teólogo español, Victor Carro justificaron la destrucción porque “era objetivo militar” (pág. 182). Carro negaba que Franco necesitase ayuda para derrotar a la República y obvió que marroquíes (musulmanes, por cierto), italianos y alemanes apoyaron a los sublevados. Por otro lado, el Clero español se despachó al final de la Guerra Civil contra el Clero Vasco. En la obra “El Clero y los católicos vasco-separatistas y el Movimiento Nacional”, citada por Elosegi (pág. 183), se afirma que la misiva firmada por Galbarriatu está escrita “por coacción” y “miedo a las represalias” y acusa de nuevo “al anárquico ejército rojo” de la destrucción de Gernika. Como bien concluye Elosegi “se denuncian todos aquellos objetivos que para escarnio ninguno de ellos fue atacado o destruido”.

Conclusión

La obra “Quiero morir por algo” tiene una triple perspectiva. Primero, es una descripción íntima de las razones por las que su autor, Joseba Elosegi, se inmoló ante Franco en Donostia en 1970, segundo, porque es una reflexión su propia persona y su vida y tercero, porque es una denuncia doble del bombardeo de Gernika. Por un lado, Joseba Elosegi denuncia la matanza civil que provocó la Legión Condor en la Villa Santa de los Vascos hace 75 años. Lo hace como testigo de excepción de uno de los hechos más dramáticos de la historia del siglo XX: un bombardeo contra la población civil indefensa como herramienta para vencer en una guerra. Por otro lado, Elosegi se rebela contra la mentira franquista que culpó a las víctimas del bombardeo, los vascos y los republicanos españoles, de la destrucción de Gernika, a sabiendas de que habían sido los nazis quienes habían perpetrado esta terrible matanza.

Por eso, ahora que se cumplen 75 años del bombardeo de Gernika, quería acercar el testigo del capitán de los Gudaris que estaba en la villa aquel fatídico día de mercado. Es un pequeño homenaje a uno de los abertzales más combativos de todos los tiempos y también a Gernika, símbolo de la libertad vasca. La lucha de Elosegi fue a favor de la libertad de Euzkadi y de los vascos. El vencer a la tentación de ser vengativo después de haber sido humillado por los franquistas honra a este gudari y a otros muchos que se olvidaron de la venganza para podernos ofrecer a las siguientes generaciones un próspero futuro. Ahora que se habla tanto del relato y de cómo contaremos lo que hemos sufrido durante 50 años de ETA, muchos solo buscan sacar rédito a su actuación. Sin embrago, creo de veras que deberían aprender de los gudaris que, aun perdiendo una guerra y habiendo vivido 40 años de represión, en lugar de dejarnos un mensaje de rencor; nos legaron un mensaje de esperanza. Eso sí, con la advertencia de que tengamos el retrovisor puesto para no olvidar de dónde venimos. “Izan zirelako gara eta garelako, izango dira. Katea ez da eten”.

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