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Nacionalismo ecónomico

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Joseba Kortadi

En el 116 aniversario de la muerte de Sabino Arana, Iñigo Urkullu planteó una cuestión que a todos los medios ha parecido muy relevante. El anuncio de que se inicia una adaptación del nacionalismo político a un nacionalismo económico conllevará múltiples reacciones.

Unos pondrán de manifiesto que es imposible hacer congruentes, hoy por hoy, los términos nacionalista y económico. Otros dirán que no hay novedad en tal planteamiento. No faltarán quienes le reprochen que el nacionalismo económico del PNV siempre se ha mostrado, al fin y al cabo, sometido a los intereses dominantes.

El nacionalismo y la economía son perfectamente congruentes. Vayamos a la naturaleza clásica de la economía. Se trata de la administración del hogar y de proveer sus necesidades. Por analogía, es gestionar las cosas que se tienen en común, a nivel doméstico, a nivel comunal, a nivel nacional. Sería absurdo que una ideología de tipo comunitario careciera de una visión económica del hogar nacional. Esta afirmación es, además, perfectamente aplicable para esta economía global que se desenvuelve junto con lo local.

Que el proyecto político de construcción nacional vasca se asocie al progreso económico de la misma no es, por supuesto, ninguna novedad. La preocupación del nacionalismo de Agirre era la preparación del país (el desarrollo industrial y el avance de la tecnología y del conocimiento) para afrontar la competencia en marco europeo. Pero, también buscó limitar el enriquecimiento individual y las diferencias sociales, y la participación de todos en los bienes sociales.

La práctica política posterior ha mostrado, para el que quiere ver, que la construcción económica de la nación que ha impulsado el PNV no ha sido dictada por los intereses de los grandes grupos económicos del país. Ha sido un modelo que ha afrontado el desarrollo económico vasco con éxito y de una manera diferente a otros nacionalismos sobreprotectores que han apostado por el cierre de la economía nacional sobre sí misma.

Habiendo algo de viejo, un indiscutible fondo continuista, en el llamamiento que Iñigo Urkullu realizó a las bases nacionalistas hay asimismo una clara presión renovadora. Una presión en un doble frente que una conciencia común de tipo nacional puede realizar eficazmente. En primer lugar, un apremio democratizador y modernizador sobre un Estado que siempre se muestra quebradizo en materia de integración política y sin salud económica. Y, en segundo lugar, un esfuerzo de desarrollo que busca dos cosas. Una, aceptar y contrapesar el envite de la globalización. Y dos, movilizar en Euskadi nuevas energias sociales para empujar el desarrollo económico sin perder cohesión social o sin dilapidar las expectativas de las generaciones futuras.

El nacionalismo económico incidiría en un factor que todo el mundo –al margen del sentido de pertenencia que ‘a priori’ tenga cada uno- comprende: todas las personas contribuyen al bienestar de la comunidad en la que viven y este bienestar influye directamente en el propio bienestar de aquellas.

Sería un error que el desarrollo de este nacionalismo económico dependiera únicamente de las instituciones de tipo público, incluídos los partidos. Aparte de la competencia institucional (status político) de la que dispongamos, para depender lo menos posible de fuerzas externas, se requiere una alta capacidad de acción colectiva. Mantener tal capacidad exige favorecer el potencial de autodesarrollo económico, reforzar y expandir el capital social y crear fórmulas de cooperación de los agentes públicos con los sociales y privados de manera que se materialicen en una especie de consenso nacional.

No se trata de protegerse al viejo modo del “proteccionismo trasnochado”, como dice Urkullu. Pero, el éxito del “made in Euskadi” (calidad, competitividad, conocimiento, tecnología, eficacia) requiere perseguir dos objetivos al tiempo: afianzar un estilo propio y que sea reconocido en el mundo. Lo que nos exige asimismo dos tareas: consolidar una identidad y actuar allá donde queramos que sea reconocida. Tareas ambas que, querámoslo o no, son y están abiertas a la agitación y al cambio (o a la propuesta y el intercambio) propios del crítico tiempo en el que vivimos.

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