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Enfrentar y excluir: La política que no debemos hacer

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Pello González, Maite Etxaniz, Joxan Rekondo, Martin Beramendi (Hamaikabat)

Llama la atención la ferocidad y la crispación con la que expresamos nuestros mensajes políticos. Podría achacarse a que vivimos un periodo preelectoral, en el que la necesidad de perfilar más claramente los discursos hace inevitable que se agudicen las diferencias entre los partidos, en lo que parece un enfrentamiento de todos contra todos sin conciliación posible.

El curso que ha adoptado la política moderna tiene mucho más que ver con la concurrencia comercial que con el debate político. En este marco de actuación, lo que no se discute es que hay que acentuar los perfiles más distintivos de las ofertas en liza. Y se entiende, por lo tanto, que esta acción forma parte de la campaña de venta que cada producto político precisa para tener un cierto éxito en un mercado muy competitivo.

Este proceso de ‘marketización’ está erosionando progresivamente los pilares democráticos. En relación con la pregunta de cómo afecta este hecho al transcendental tema de quién protagoniza la política democrática, la respuesta es que provoca que la ciudadanía se desvincule cada vez más y que sean las oligarquías de partido y los grupos organizados los mejor colocados para influir en las decisiones públicas.  Y, por otro lado, cuando la diversidad política se expresa como pugna publicitaria, de tanto perfilar los mensajes se pierden de vista los contenidos. Pierde, por lo tanto, el debate político sobre programas, pierde el carácter deliberativo inherente a la democracia parlamentaria y se impide que la sociedad, como agente principal de la política, ejerza un control efectivo de la agenda pública.

Los síntomas de la política vasca apuntan también por ahí. La estructura de los partidos de masas, ligada a la vieja cultura de la ciudadanía activa y exigente, se ha ido desvaneciendo. Los partidos, sujetos a la cerrada voluntad de una militancia decreciente que tiene una visión más esencialista que la de su electorado potencial, tienden a plantear un mensaje electoral radical.

De ahí proviene ese gusto de conformar frentes que se observa en algunos líderes y partidos vascos. Se apela a frentes y se busca conseguir inyectar la ferocidad y crispación de la lucha política a la sociedad, eliminando matices y simplificando las opciones políticas a favor de una dinámica bipolar. Había que doblegar al nacionalismo vasco y sacarlo de las instituciones de Gasteiz. El interés de Estado se blindó a través de la entente entre PP y PSOE. Con el objeto de levantar un muro frente a los partidos españoles, surge además la demanda de crear un polo soberanista vasco que ha provocado una implosión interna en EA, un partido centrado que se ha deslizado hacia el extremismo político.

Cuando al menos la violencia calla, es incomprensible que se pierdan tantas oportunidades para despolarizar la vida política. Los dos años del Gobierno López muestran que un gobierno surgido del interés de confrontar no logra integrar, sólo consigue acentuar y extender todavía más la confrontación incluso a ámbitos que previamente estaban a salvo de la misma.

Pero, ¿quién ha dicho que la mejor manera de combatir los excesos del frente de Gasteiz sea levantando un muro o una barricada? ¿Quién ha dicho que la mejor respuesta ante la acción de un frente político es la creación de otro? ¿Hay realmente un antagonismo irremediable entre los agentes políticos que se postulan de uno y otro lado?

Seamos realistas, hay importantes cosas que nos separan a los vascos. De hecho,  tenemos diferentes visiones de la sociedad en la que convivimos, de la cultura con la que nos identificamos y de la política que respaldamos. Si estas visiones fueran cerradas y antagónicas, el entendimiento, el diálogo y el debate políticos se nos harían imposibles. Siendo visible un importante grado de cohesión en nuestra sociedad, parece evidente que ésta se sostiene en importantes principios que compartimos.

Desde la Diputación, hemos trabajado las ideas de participación social y transparencia, ya que queremos que la política sea más auténtica, se enraíce en la sociedad que es el agente principal de la misma y no un mero consumidor de mensajes precocinados, simplistas y frentistas.

Y hemos propugnado también la idea de compartir desde la diversidad. Durante estos 4 años, esta firme apuesta por compartir con diferentes se ha plasmado en hechos: acuerdos transversales entre partidos, acuerdos entre gobierno y oposición, acuerdos con sectores de la sociedad y acuerdos entre instituciones.

Sería una gran incoherencia y un tremendo error que, por intereses de comercio electoral, abandonáramos lo que ha sido nuestra seña de identidad y que, en lugar de impulsar la unión guipuzcoana como expresión de la unión vasca que deseamos, optáramos por convocar a los que creemos nuestros a unirse para enfrentar, para excluir, para apartar o para reñir a los que no los tenemos por nuestros.

Si elevamos la presencia del antagonismo en la política, aumentará la brecha entre ésta y una mayoría social cansada y sólo daremos pábulo a los extremismos. Ésa es la política que no queremos hacer.

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