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El relato colectivo de Esparza Zabalegi

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Imanol Lizarralde

El historiador tafallés José María Esparza Zabalegi, escribe un artículo (Ahí se queda Lerín) en el cual fusiona la historia vasca y la política contemporánea. Pretende mostrarnos una continuidad entre el pasado y el presente utilizando una serie de eventos históricos, para desembocar en una reflexión sobre el pasado más cercano del MLNV y concluir con un análisis del actual “proceso”. Empecemos por la visión que tiene Esparza del pasado más lejano:

“Los vascos y su lengua han sobrevivido los últimos milenios por su capacidad de resistencia y de adaptación. Atrapado entre grandes potencias, todo pueblo pequeño es guerrillero (…). Si en algo insisten todos los viajeros decimonónicos es en la capacidad guerrillera y en el valor de los vasconavarros. Sin embargo, se sorprendían de que no tuvieran sentido del honor al uso de las milicias profesionales. En 1837, el inglés Richard Ford decía que una gente tan belicosa “no considerara vergonzoso volver la espalda y correr cuando una intentona fracasaba, ni tampoco encontraran que fuese deshonrosa cualquier injusta ventaja” (…) Tras aquella guerra, perdimos los Fueros pero surgió el abertzalismo. Una nueva trinchera, una nueva expresión de resistencia”.

Es evidente que Esparza Zabalegi pretende establecer una analogía y una continuidad entre la acción de ETA y la de los guerrilleros carlistas, entre la bomba lapa y el tiro en la nuca y lo que Richard Ford señala como aprovecharse, en la guerra, “de cualquier injusta ventaja”. Es verdad que el terrorismo contemporáneo, incluido el de ETA, recoge las tácticas guerrilleras como parte de su patrimonio táctico. Pero existe una diferencia entre los vascos carlistas que empuñaron las armas en sus guerras decimonónicas y la lucha armada de ETA: los carlistas se alzaron para defender los fueros, las leyes vascas, que luego fueron abolidas por parte del Estado liberal español. En lo referente a la lucha armada, el mayor de todos los maestros de guerrilleros vascos, Tomás de Zumalakarregi, pretendió establecer un acuerdo con sus enemigos liberales para humanizar la guerra y para que el fusilamiento de prisioneros no se convirtiera en una práctica indiscriminada, hecho que consiguió con la mediación inglesa de Lord Elliot, firmando el convenio de ese nombre.

En lo que se refiere a la “nueva trinchera”, los abertzales que en 1936 tomaron las armas se alzaron para defender un gobierno legítima y democráticamente constituido, como era el Gobierno Vasco, frente a la amenaza del fascismo. Y fueron un ejemplo en la defensa de las garantías cívicas de su ciudadanía, incluidos sus enemigos políticos.

Tanto los carlistas como los nacionalistas defendían una legalidad y unas leyes propias frente a la injerencia exterior e interior. En este sentido, cobran pleno significado las palabras del jurista catalán Mañé y Flaquer que establecía que mientras los españoles siempre se habían alzado para derribar a sus gobiernos, los vascos siempre se alzaban para defenderlos. El MLNV y ETA, desde la perspectiva de Guerra Popular y Prolongada que detentan desde los años 60, siempre se han caracterizado por combatir contra nuestros gobiernos e instituciones. Los que secuestraron y mataron a Miguel Angel Blanco, los que hicieron estallar una bomba en Hipercor, los que asesinan a Ertzainas y consejeros del Gobierno Vasco, nada tienen que ver con José Antonio Agirre ni tampoco con Tomás de Zumalakarregi. La lucha armada de ETA constituye una ruptura, no una continuidad, con la política de resistencia de los vascos, porque rompe con su filosofía política (defensa de nuestras instituciones y de nuestro pueblo) y rompe con sus principios morales (esa defensa tiene que verse sometida a restricciones éticas).

Hay otro factor importante que Esparza Zabalegi no menciona. La pérdida de las guerras carlistas y la pérdida de la guerra de 1936, supuso, para los vascos, un desastre, tanto desde el punto de vista político como cultural. Fue la destrucción de nuestro entramado institucional, así como la imposición de uno ajeno, la causa del retroceso de nuestra lengua, que quedó desamparada ante el sistema educativo universal que impusieron liberales y franquistas.

La evocación de gestas gloriosas puede ser un medio para ensalzar el heroísmo de pasados o futuros militantes de ETA. Pero la realidad nos dice que la pérdida de esas guerras supuso algo muy negativo para los vascos. Tengo en mente el mapa del Euskara de Bonaparte y como nuestro idioma llegaba a las puertas del propio pueblo natal de Esparza-Zabalegi. La pérdida de la última guerra carlista no sólo supuso la pérdida de nuestras instituciones milenarias sino también un avance en la pérdida de nuestra cultura originaria. La victoria franquista supuso lo mismo, en un sentido acelerado y añadido. Las guerras que cita Esparza Zabalegi fueron una desgracia para los vascos y no trajeron más que negros periodos de retroceso en lo nacional y lo cultural.

Fue en época de paz cuando los vascos reconstituyeron el poder de las Diputaciones y establecieron el Concierto Económico; fue durante la noche negra del franquismo cuando los vascos montaron el sistema educativo con el que libraron al Euskara de la extinción. Los vascos han perdido todas las guerras pero han ganado todas las paces, por la persistencia en su compromiso con su identidad y con las libertades que fueron construyendo a lo largo de los siglos. La identidad vasca no ha consistido en ver al enemigo desde la punta de un fusil, sino en construir una sociedad atractiva y vivible, con los instrumentos de la paz y de la continuidad de nuestra cultura y de nuestras sociedades familiares.

Es evidente que con esta reflexión, donde priman las hazañas bélicas, Esparza-Zabalegi pretende validar la trayectoria de ETA. Por ello, es interesante la reflexión que hace acerca de nuestro pasado cercano. Por ejemplo:

“Desde la “Alternativa Democrática” de 1995, ETA y la izquierda abertzale estaban intentando llevar el conflicto vasco al estricto terreno de la consulta democrática a la ciudadanía vasca. Aquél fue el primer gran paso estratégico (…). No son menos relevantes los cambios en la sociedad vasca, fruto en buena medida de la lucha y tensión anterior: la ruta independentista de la mayoría sindical vasca; el fenómeno, antes impensable, del Plan Ibarretxe, la actitud de partidos como EA… Y, frente a todo esto, la radicalización de un españolismo que, como hizo en Cuba, ha recurrido al extremo de unirse (liberales y conservadores entonces, PSOE y PP hoy día) para mantener el control de las últimas colonias. Si la derecha y el PSOE necesitan juntarse para gobernarnos, y además con trampas electorales, es el principio de su fin. ¿Que la actividad armada estaba dando recursos al Estado, arrinconaba a la izquierda abertzale y dificultaba las mayorías abertzales y progresistas? Pues se abandona Lerín y punto”.

Esparza Zabalegi considera la llamada “Alternativa Democrática” de 1995 como “el primer gran paso estratégico”. Refresquemos la memoria con ese acontecimiento. ETA anunció dicha Alternativa en un comunicado donde daba cuenta también del brutal atentado que estuvo a punto de cobrarse la vida de José María Aznar. Y se emitió justo en medio de la “socialización del sufrimiento”, puesta en marcha unos pocos años atrás con la Ponencia Oldartzen, que significó la ampliación, por parte de ETA y de los grupos de Kale Borroka, de los objetivos de ataque, entre los que se contaban los cargos políticos del PP y del PSOE, los periodistas, los jueces, los ertzainas, etc, etc. Y el combate en la calle contra las concentraciones pacifistas por medio de la campaña “Euskal Herria askatu”. La “Alternativa Democrática” que, en efecto, abogaba, como ahora aboga el MLNV, por un “proceso democrático” que tuviera al derecho de autodeterminación como “un derecho democrático”, constituyó el señuelo político bajo la cobertura por la cual el MLNV lanzó su ataque graduado contra la generalidad del pueblo vasco.

Esparza Zabalegi da por buena esa “lucha y tensión anterior”, toda la campaña de ampliación de objetivos y de socialización del sufrimiento (que estuvo al borde de poner a nuestro pueblo en el disparadero del enfrentamiento civil), porque, según el, propició un nuevo escenario en el que se da una “radicalización del españolismo” y una radicalización también del nacionalismo (Plan Ibarretxe). El historiador navarro loa ese escenario de enfrentamiento y desencuentro y lo considera un paso hacia delante. En este contexto, donde la contradicción nacional florece en su estado natural (y donde el MLNV puede jugar la carta de la radicalización y de la deslegitimación del sistema), es posible abandonar temporalmente la lucha armada, con todas las inconveniencias que acarrea, y apostar claramente por lo que Esparza Zabalegi denomina gráficamente “el Orreaga de la política”, es decir, la posibilidad de liderar el enfrentamiento entre constitucionalistas y nacionalistas en la batalla. Así es como nos lo expresa en la conclusión del artículo:

“De Lerín ha salido la izquierda abertzale con una disciplina militante, con un orden y con una cohesión, como para quitarse la txapela. En plena clandestinidad, cayéndoles encima condenas brutales, los dirigentes de todas las organizaciones que lo han llevado a cabo han demostrado una cintura, una entrega y una capacidad digna de liderar este país”.

Esparza Zabalegi alaba aquí a “los dirigentes de todas las organizaciones” del MLNV (incluida, sin duda y en primer lugar, a ETA) por mostrar “disciplina” en este actual proceso y no responder a los ataques del Estado. Se trata de acumular fuerzas para acometer “el Orreaga de la política” y, en suma, tratar “liderar este país”. Finaliza:

“Se puede ganar la batalla del futuro como vamos a ganar la de la memoria histórica. Y digan lo que digan sus leyes, siempre seremos amigos del Che y de sus seguidores. Por eso los sorprendentes Estatutos de Sortu no son ninguna demostración de debilidad, sino un derroche de fuerza y cohesión interna. Lo dijo muy claro el dirigente del Sinn Féin, Alex Maskey. Y el Gobierno español lo sabe: no ha podido destruir Lerín; no ha conseguido ninguna desbandada, ninguna escisión, ninguna conversión, ninguna rendición. Todavía harán mucho daño físico, pero moralmente, están derrotados”.

Observemos la euforia de nuestro historiador. Decía un contribuyente a este foro, que el MLNV ha fundado su fuerza en tres cuestiones principales: en la lucha armada, en la desestabilización y división del enemigo, en y la fuerza social y electoral del MLNV. Esparza Zabalegi nos resalta la unidad de todas las organizaciones del MLNV en contraste con el escenario de división y confrontación que reina en el “enemigo” (PP, PSOE, división dentro del PNV…). Y apunta a los próximos logros en la “acumulación de fuerzas”. También subraya la férrea determinación del MLNV de no ceder en la victoria de “la  batalla del futuro” y “la de la memoria histórica” (que, como hemos podido comprobar, se trata de otro falseamiento de la historia vasca, en el cual se pretende dar por bueno lo malo y santificar el periodo más negativo de la historia del MLNV, la etapa de 1993-1999). No hay, por tanto, por parte del MLNV “ninguna escisión, ninguna conversión, ninguna rendición”. Y en el colmo del cinismo afirma que “digan lo que digan sus leyes siempre seremos amigos del Che y de sus seguidores”, alusión nada inocente a ETA y sus militantes, siempre vigilantes y tutelando los resultados de ese posible “Orreaga de la política”. Esta es la tercera pata de la mesa de la división política del enemigo y de la acumulación de fuerzas. Una tercera pata que se mantendrá “digan lo que digan sus leyes”. Es por ello que al principio del artículo, Esparza Zabalegi se hace la siguiente pregunta:

“¿Qué pasa con la izquierda abertzale? ¿Se ha bajado los pantalones? ¿Van expulsar del nuevo partido a los que aplaudan al Che, a Mandela, a Martí y a tanto amigo armado? ¿Es el primer paso para parecerse a los demás?”.

Esta es, evidentemente, una pregunta retórica cuya respuesta es “no”. ¿Qué significa ese “no”? Que el MLNV no ha cedido nada, que el sagrado principio de la “violencia revolucionaria” y la justificación de todos los asesinatos, pasados o futuros, sigue en pié. Que el MLNV no se va a integrar en el sistema, sino al contrario, va a luchar por destruirlo. Y la carta de la lucha armada quedará, como siempre queda, escondida bajo la manga, para cuando el “Orreaga de la política” haya dado todos los réditos que pueda otorgar.

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