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Lehendakari Agirre (20): Aguirre y Areilza, dos figuras antagónicas en la toma de Bilbao

Jon Inchaurraga

La primera vez que pregunté por el Conde de Motrico, José María de Areilza, me dijeron que era un hombre capaz de hacer unos discursos con los que engatusaba al público, ya que era capaz de ensalzar a Franco o a la democracia con una vehemencia digna de un propagandista. Entendí que debía ser un hombre de letras y algo “trepa”, aunque quizá no llegase al nivel del “carguista” Lequerica, quién persiguió a José Antonio de Aguirre o Antón de Irala por París con una saña que los dos jeltzales no hubieran utilizado contra él. Porque últimamente desde la derecha nos hablan de que los “dos bandos” fueron iguales. Por eso, he querido “rescatar” dos discursos que están anclados en el mismo tiempo: la caída de Bilbao en manos de los “rebeldes”, nazis y fascistas alemanes. Por un lado, está el discurso de José María de Areilza, a la postre primer alcalde de la Bilbao ocupada por los franquistas y que en los sesenta se convirtió en “Opositor monárquico”, y el de José Antonio de Aguirre en Trucios antes de abandonar Euzkadi Sur por siempre. Son dos estilos diferentes que muestran dos actitudes ante la vida que se han repetido ahora que España ha ganado el campeonato del mundo de fútbol: el revanchismo reaccionario ultra-español que se hace fotos con la “rojigualda” ante el busto al Lendakari y el mirar hacia delante del nacionalismo vasco, que no tiene más remedio que callar ante la “orgía” españolista. Y con esto no quiero decir que ambas situaciones sean iguales; sino que hay ciertas similitudes que nos hacen creer en la “continuidad histórica” de elementos franquistas entre los “no-nacionalistas” o “nacionalistas españoles”.

El discurso triunfante de José María de Areilza

Tras la caída de Bilbao el 18 de junio de 1937, la villa bilbaína queda ocupada militarmente por las tropas rebeldes, entre las que hay vascos, quienes imponen los símbolos de la “Cruzada” en las calles de la Villa. Tal y como entona Areilza el 8 de julio de ese mismo año en el Teatro Coliseo de Albia: “Bilbao no se ha rendido”. La ciudad ha sido conquistada por  “el ejército y las milicias con el sacrificio de muchas vidas”, ya que “Bilbao es una ciudad redimida con sangre”. Areilza remacha, encima, que Bilbao no ha sido salvada por los gudaris, sino “los soldados de España, los falangistas y los requetés” y repite bien claro que “Bilbao ha sido conquistada por las armas”. Una ciudad en la que ha triunfado la “España una grande y libre” ante el socialismo prietista y la “imbecilidad bizcaitarra” y profetizó el fin del “clero separatista”. Un profecía que no se ha cumplido, pero no porque no lo intentaron los franquistas que fusilaron a varios curas como al escritor euskaldun “Aitzol”.

La soberbia del alcalde bilbaíno no quedó ahí; sino que, envalentonado, atacó también a los países que no apoyaban el eje: “Leguleyos de Ginebra, masones, escoceses y obispos comunistas de la Iglesia protestante! ¡Atención! Frente Popular francés y Komintern de Moscú. La garra de vuestro dominio sobre el solar de España la hemos coreado a hachazos” y advirtió “A los pueblos de Inglaterra y Francia Que no se sorprendan mañana si nuestra política exterior cierra sus puertas a quienes en […] nos demuestran su enemistad”. Un eje al que los posteriores dirigentes de UCD y PP apoyaron, porque como consideró Areilza, que luego sería reconvertido en demócrata: “España ha recobrado la plena independencia” y es por ello que “proclama bien alto su amistad hacia los grandes países europeos” y en especial “la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Portugal de Oliveira Salazar”, tres ejemplos de tiranía en el siglo XX.

El discurso de Areilza, además, comienza con una mentira. El alcalde franquista acusa al Lendakari Aguirre de “contemplar” el día siguiente de la matanza de la cárcel de Larrinaga, ya que “se dirigía solemnemente a oír misa para engañar al pueblo religioso y sembrar la confusión en las conciencias”. Lo cierto es que el Lendakari Aguirre y Juan de Ajuriaguerra pidieron la dimisión de Telesforo Monzón por no evitar la matanza de franquistas que, una vez visto que iban a perder la Guerra, liberaron y llevaron a zona nacional como recuerda el propio Lendakari en su discurso de Trucios. Jon Juaristi en su libro “El Bucle Melancólico” se enorgullecía de estrechar las manos de gudaris porque no tenían las manos manchadas de sangre inocente. Algo bastante diferente a la versión de Areilza y muy distinta a la de quienes acusan al PNV de connivencia con el nazismo y de ser tibio a la hora de apoyar a la República. Como se ve, la mentira tiene las patas cortas, ya que cada uno cuenta la versión que le conviene.

El discurso de Areilza, aun siendo muy duro, conceptualmente no está muy alejado del estilo de los actuales dirigentes del Partido Popular y algunos del PSOE, reivindicó que había liberado a Bilbao de la “más abominable de las tiranías que conocieron los tiempos”. Unas palabras que recuerdan, en cierta manera, a lo que López y compañía entienden por “normalidad” ante los 30 años de gobierno “régimen nacionalista” (con 12 de apoyo socialista). No es lo único que repite en la derecha española. El insulto y desprecio al nacionalismo vasco es pan de cada día y el desprecio al socialismo también. No hay más que escuchar a Basagoiti hablar del PNV, a Aznar de la “inmadurez” de la sociedad vascas o a dirigentes del PP más recalcitrante o de UPyD hablar del PSC o el Estatut. Es la soberbia histórica de quien ha hecho y deshecho en el Estado español sin tener que pedir perdón por su crueldad y sus inhumanos 40 años de dictadura.

La mirada al futuro del Lendakari Aguirre

Ante la prepotencia franquista, que continúa hoy día de forma diferente, apareció la humildad de un Lendakari. Aguirre, aun siendo derrotado por las armas, nunca lo fue por “la razón” que hubiera dicho otro derrotado del 36: Miguel de Unamuno. En su discurso de Trucios, el último antes de partir de tierra vasca hacia su destierro, el Lendakari protesta ante la actitud conquistadora de los franquistas, nazis y fascistas. Así, el Aguirre denuncia la invasión de Bilbao, primero por el “despojo” del fascismo español al privar a los vascos de su patria con la ayuda  “de fuerzas mercenarias y extranjeras y de elementos de guerra alemanes e italianos”. El Lendakari contrapone esta actitud agresiva con la actitud de su Gobierno que ha “dejado intacto Bilbao y sus fuentes productoras”. Explica el Lendakari que hemos dado libertad a los presos con generosidad que es pagada por el enemigo con persecuciones y fusilamientos”. Y concluye “ningún despojo es imputable al Ejército Vasco”. Es el poco consuelo que queda para quien sabe ha jugado limpio y ha perdido ante quien ha jugado sucio.

Aun así, Aguirre mira al futuro con ilusión. El Lendakari era un optimista nato y sabía de sobra que “el alma del Pueblo vasco” no había sido conquistada. Por eso, afirmaba sin dudar que el Pueblo vasco miraba al porvenir con ilusión, a pesar de estar actualmente “ultrajado”. Aguirre recordaba, asimismo, que muchos vascos por defender a Euzkadi estaban pasando “momentos de angustia y privaciones”, pero también se reafirmaba en su compromiso con el Gobierno vasco. Así, el Lendakari prometía que “El Gobierno Vasco sigue en su puesto, lo mismo en Euzkadi que donde quiera que se encuentre”, ya que sabía que era el legítimo. Lo contrario que el impuesto por Areilza y sus amigos que habían “redimido con sangre Bilbao”, porque los franquistas sabían de sobra que no contaba con “el afecto de los vascos” que decía Aguirre. Así lo vio el Pueblo vasco en su funeral en Donibane-Lohitzune y así lo hizo Franco al declara Bizkaia y Gipuzkoa provincias traidoras.

De hecho, el carácter de ambos se ve en el tono de los discurso. Mientras el discurso de Areilza está basado en el odio y el rencor, el de Aguirre se centra más en mirar al futuro y ensalzar que ellos han jugado limpio por lo que se llevan el “alma” del Pueblo vasco. Areilza, victorioso, se dedica a insultar a socialistas y nacionalistas vascos airadamente. Así, el dirigente franquista tilda a los socialistas y a la izquierda en general de “criminales”, “calaña” y a los nacionalistas vascos de “ignorantes cerriles”, “corte de fariseos de sotana y agua bendita” y también aprovecha, en una borrachera de soberbia, para atacar a los “leguleyos de Ginebra”, “los obispos comunistas de la Iglesia protesta” y hasta a los “masones”, al Frente Popular Francés y al Komitern ruso. A estos dos últimos les ha arrancado su “dominio sobre el solar de España” a “hachazos”. Todo un héroe Areilza que razona la cimentación de la nueva Vizcaya en la sangre derramada que está por encima de lo demás.

Aguirre, sin embargo, centra su discurso en lo heroico de la resistencia vasca al fascismo y al nazismo. Defiende a sus gudaris a pesar del sufrimiento que padecen y padecerán con él. El Lendakari sostiene que, además, han de tener la cabeza bien alta, ya que el Pueblo vasco está con ellos. Es la victoria moral, de ahí la ilusión con la que afrontaba el futuro, que fue el pilar del discurso de Aguirre, y que se cimentaba en su labor durante la Guerra y en que el fascismo “no había prometido nada” a la Tierra vasca. Por eso, juró, como en Gernika, estar al lado del Pueblo vasco, sino físicamente; espiritualmente. Es por creer en ello y en JEL que se preguntaba si tan grave era que un Pueblo defendiera su libertad. Aguirre creía en lo que defendía. Lo hizo durante toda su vida con pasión. Areilza, en cambio, visto el terrorífico discurso que lanzó, parecía creer más en el odio de a quien había despojado el poder, que en la Guerra en la que estaba embarcado. De ahí que su adhesión al régimen no durase más allá de los sesenta.

Lo más grave es lo que ha venido después. Aguirre quedó en el olvido para la política estatal, mientras que Areilza se convirtió en “demócrata de toda la vida”. Javier Tusell calificó en un artículo necrológico(“Un lujo de la política española; El País 23 de febrero de 1998) que este “no se tomó muy en serio el régimen”. Parece ser que los discursos “rotundos y beligerantes” y el aprovechar los privilegios que le ofreció la Dictadura hasta que dimitió en los sesenta y fue ministro en los setenta no fueron suficientes, ya que mientras él fue alcalde otros o estuvo en otros puestos, Aguirre y otros, huían del nazismo y del fascismo que les perseguían por culpa también del régimen franquista o vivían lejos de su tierra. Posteriormente, afirma Tusell que cuando Areilza dejó el régimen franquista no quería “hacer perdurar siempre la división entre vencedores y vencidos”. Algo opuesto a su discurso en Bilbao en el que diferencia claramente a unos y otros. Tusell, además, pontifica que Areilza convenciese en los setenta “a las clases medias ilustradas de que era posible y deseable una transición sin traumas”. Yo me pregunto ¿qué traumas? ¿Qué trauma podía suponer acceder a un régimen de libertades que no les iba a perseguir por sus delitos? De hecho, Tusell tiene razón en que los artículos de Areilza “lubricaron el camino hacia la transición cuando ésta todavía parecía imposible”. Si fueron como el discurso de Albia nos recordaron quién manda en España por siempre jamás, aunque se pusiera el traje de demócrata. No hay más que ver qué ha pasado con el Estatut en Cataluña.

El Lendakari Aguirre y José María de Areilza fueron dos piezas fundamentales para entender la política vizcaína. El primero dignificó al nacionalismo vasco y fue el bucle insignia de una generación de jeltzales que pusieron la causa humana antes que la causa nacional en cualquier contexto, ya que defendieron la dignidad del ser humano. Areilza, en cambio, significó, como otros miembros de la derecha española, aquellos franquistas llenos de odio que se abrieron, sin pedir perdón, hacia el nuevo régimen democrático en España. Representa a aquellos que, como Fraga, fueron “demócratas de toda la vida”, a pesar de asaltar con ferocidades como el discurso del 8 de julio del 37 en el Coliseo de Albia o de firmar penas de muerte como el gallego. No hay que olvidar que ambos dos fueron “hombres fuertes” del primer Gobierno de la Monarquía (heredero directo del franquismo), algo que para Aguirre u otros hubiera sido imposible, ya que ellos no pudieron romper con el régimen, porque nunca fueron de él. Porque es evidente que hay que subrayar que Areilza rompió con el franquismo, pero tampoco hay que hacerle la ola y olvidarnos de quienes perdieron todo por defender la democracia. Y cuando es todo, también significa perder la vida. Por eso, conviene homenajear a los Aguirre, Azaña o Companys que fueron demócratas toda la vida, con sus aciertos y defectos y recordar con más “peros” a los Fraga, Areilza y compañía.

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