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Lehendakari Agirre (18): Un creyente ante la crisis de caridad

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Ion Gaztañaga

Una de las cuestiones más perturbadoras para la conciencia de los vascos en la sublevación franquista fue el apoyo entusiasta que ésta recibió por parte de la jerarquía eclesiástica española. Espcialmente importante fue la gran propaganda desplegada por Franco calificando su causa como una cruzada, la “única posible” para mantener el orden y luchar contra el fantasma comunista, calificación que fue refrendada por la mencionada jerarquía. Esta alianza nacional-católica extendía la mancha de un supuesto “pacto oscuro” con el Komintern, creando una interesada confusión también en el extranjero, que no comprendió la realidad y brutalidad franquista hasta tiempo después.

El Lehendakari Agirre, profundamente cristiano, tiene muy clara la separación entre lo religioso y lo político y especialmente, la contribución de la tradición católica y humanista vasca, no hacia el apuntalamiento del fascismo como observaba en su entorno, sino como ayuda a la consecución de un ideal de libertad. En la conferencia que da en el Centro Vasco de Caracas, el día 5 de octubre de 1942, que me he permitido resumir en dos partes, desmonta gran parte de las falsas acusaciones a los vascos y aporta pruebas claras de la desviación cristiana en la jerarquía eclesiástica y su connivencia con Franco, a la vez que nos da claras pruebas de la actitud que un gobernante y demócrata defensor de la libertad debía tener ante esta cuestión fundamental. En esta primera parte, podemos conocer con qué instrucciones recibió la Iglesia española la II República, cuál fue su cambio ante el golpe de Franco y cómo Agirre conjugaba, frente a una Iglesia española vergonzante, los principios cristianos con la democracia. Además ello, realizazó contactos con el Vaticano para dejar constancia de que no había nada que achacar moralmente a los vascos por defender la legalidad republicana frente al fascismo, por mucho que fuera bendecido por el cardenal Gomá, apologeta de la Hispanidad y máxima jerarquía eclesiástica durante la guerra civil española:

(Conferencia “Un creyente ante la crisis actual de la caridad” en el Centro Vasco de Caracas, el día 5 de octubre de 1942, primer parte)

Hoy, señoras y señores, yo he de hablaros de algo que es delicado para mi (…) porque soy un católico práctico; (…) Vivimos en una época que yo suelo calificar de crisis de la caridad, crisis perfecta en aquellos que no tienen creencias. (…). Yo represento a un pueblo que fue injuriado. (…) Nosotros, los vascos, (…) es algo que arrastramos en el curso de nuestra Historia, es la manía de no escribir textos, porque, acostumbrados a no escribir, no hemos escrito, y porque no hemos escrito, en los tiempos modernos se han permitido muchos escribir sobre nosotros lo que jamás hubiesen escrito si hubiesen conocido la verdad. (…)

¿Cuál era la posición de un católico español antes del 18 de julio de 1936? (…) ¿Cuál era y cuál debía ser la conducta de los vascos en esa misma época? (…) Explicando este caso he visto que en toda América muchas conciencias han despertado, muchos hombres y jerarcas han venido a decirme: “Era hora que se explicaran ciertas cosas, porque la verdad debe ser de todos conocida”. (…)

Yo soy de los que creen en el Cristo que murió por los demás y no de los que tienen en su alma un jacobinismo tan atrasado que hoy está en desuso y totalmente desacreditado. (…) Decía así el Episcopado español en dos cartas colectivas que publicó en los años 1931 y 1933, cuando (…) se planteó en muchas conciencias la cuestión religiosa:

“La Iglesia (…) jamás deja de inculcar el acatamiento (…) al poder constituido, aun en los días en que sus depositarios y representantes abusen del mismo en contra de ella. Un buen católico (…) ha de ser el mejor de los ciudadanos. (…) Recordad que la Iglesia vence el mal con el bien, que corresponde a la iniquidad con la justicia, (…) y que, en definitiva, también la ciencia cristiana del sufrir es un poder de victoria. (…)”.

Y añadieron más tarde aquella frase hermosa dirigida a los fieles: “Sed como aquellos primitivos cristianos que rogaban por el emperador que los perseguía”. (…) Es menester esperar la sublevación de Franco para que surja un documento que en el mundo entero tuvo excepcional importancia, (…) la carta colectiva del Episcopado español, año 1937. (…) Es carta del cardenal Gomá (…). Dice así:

“Pamplona, 7 de julio de 1937. Excelencia y amigo: Escribí el 15 de mayo a los reverendos metropolitanos poniéndoles al corriente de una invitación (…) del jefe del Estado y pidiéndoles su opinión sobre la conveniencia de secundarla. Por efecto de esta indicación se ha redactado un proyecto de carta colectiva del Episcopado español a los obispos (…) del mundo entero, (…) y cuyo objeto es (…) dar de una manera autorizada nuestra opinión sobre el movimiento nacional (…)”

Bastan estas palabras para comprender, primero, que la carta (…) obedecía a una alta indicación del jefe del Estado español. Segundo, su objeto es, no educar cristianamente las conciencias, sino desvirtuar la propaganda adversaria que está causando daños a los que llamaban ellos “causa nacional”. (…) Fácil es deducir esta consecuencia: la propia carta (…) advierte que se trata de un documento histórico. Por esa razón (…) también puede ser contradicha, a su vez, por otros hombres que estudien la Historia y rectifiquen aquello que no es cierto (…). He oído a muchísimas personas (…) entender que la carta (…) tenía, si no un carácter dogmático, que ese no lo podía en ninguna forma tener, sí por lo menos un carácter disciplinar. No era una cosa ni la otra. (…). No define doctrina: hace historia. (…) Tiene (…) verdades interesantes y afirmaciones que no se ajustan a la verdad.(…)

¿Cómo justifican una posición favorable al movimiento del general Franco? Hablan de (…) coacciones gubernamentales que falsearon la voluntad popular (…), de suerte que en las elecciones parlamentarias (…) de 1936, con medio millón de votos más que las izquierdas, las derechas obtuvieron 118 diputados menos. (…)

Se apela a un argumento que yo, señores, rechazo. (…) Los argumentos de la ilegitimidad son tan endebles que caen por su base. (…) Puedo deciros, señores, (…) que creo será difícil encontrar otro Estado donde en los últimos años, del 31 hasta aquí, se hayan verificado elecciones más sinceras (…). El año 1931 triunfó una coalición de izquierdas. El año 1933 triunfó el centro y derechas, y el 36 volvió a triunfar la izquierda. Y si estos señores dicen que el 36 obtuvieron menos diputados las derechas teniendo más votos, resultó exactamente lo mismo, pero a la inversa, el 33 (…). La carta colectiva del Episcopado español contiene, entre otras cosas, lo siguiente:

“Cinco años de ultrajes continuos a los españoles en el orden religioso y social (…) habían puesto en peligro la existencia misma del bien público (…). Una vez agotados todos los medios legales entraba en la conciencia (…) que no restaba más recurso que el de la fuerza para mantener el orden y la paz. (…) España no tenía más que esta alternativa: o perecer bajo el comunismo destructor ya preparado y decretado (…) o tratar (…) de salvar los principios fundamentales de su vida social y de sus principios nacionales.” (…)

Da pena que surja de las plumas unos párrafos de esta naturaleza (…) ¿No era mejor y más cristiano (…) ayudar a este Poder constituido y legítimo (…) para que impidiese esas destrucciones que se anunciaban? (…) ¿Creeréis vosotros que yo voy a defender las sublevaciones del otro lado? No. Testigos son muchos de cómo yo fui a Cataluña, cuatro días antes de los sucesos de octubre de 1934, para convencer al presidente Companys de que no hiciera lo que hizo, aunque su movimiento no era marxista, sino catalanista. Y el movimiento comunista que estalló en Asturias ¿cómo yo no iba a condenarlo como entonces lo condené? (…)

Vamos ahora a la posición vasca (…). En los primeros días de la revolución hubo unos textos de los prelados de Vitoria y Pamplona, prelados vascos, que nos sorprendieron extraordinariamente. (…) Lo que sucede es que no se conoce una carta que desvirtúa totalmente esos documentos en lo que respecta a los vascos. (…)

Nosotros vimos con extrañeza que desde la radio enemiga se lanzaban pastorales que nos acusaban de pactos vitandos con el comunismo. (…) Es tan fácil nuestra posición (…) que vosotros la entenderéis inmediatamente. Los vascos fuimos atacados (…), nuestro idioma fue exterminado, nuestras leyes, nuestra autonomía, rota; todas nuestras instituciones desaparecieron. (…) ¿Qué han hecho los pueblos que tienen conciencia de su propia personalidad? Defenderse, y al defenderse se defienden todos los hijos del suelo (…) desde los religiosos hasta aquel que tiene las ideas más extremistas (…). No hay más pacto que el pacto con la patria, no hay más pacto que el pacto en defensa de la libertad. Señores, creo que es un pacto legítimo. Pacto de otra naturaleza, ninguno, porque lo primero era suficiente (…) para que todos juntos, desde el sacerdote hasta el comunista, porque éramos todos vascos, nos defendiéramos. (…) Pues bien, (…) el prelado vasco de Vitoria es también un exilado con nosotros, de modo que el pueblo vasco tiene también a su prelado en exilio. (…) Quiere esto decir que el prelado de Vitoria, como el de Pamplona, sabían que nosotros luchábamos por lo que luchábamos (…)

Pero hay más: quien os habla tiene una misión política ante el pueblo vasco y soy un demócrata defensor de la libertad, pero también tengo que cuidar de aquellas revoluciones espirituales que puedan causar daño (…) sin que yo me meta en materia religiosa, que eso no me toca. Me incumbe, sin embargo, cuidar del bien común de la sociedad que por pública voluntad me fue confiada para su gobierno. Y yo envié a Roma a un ilustre canónigo vasco (…) con esta consulta: “Dígasenos si el pueblo vasco, al defender sus derechos, está en una verdad moral o no; si acierta moralmente o no”. Yo estaba seguro de la respuesta.

Efectivamente, con el subsecretario de Estado del Vaticano, monseñor Pisardo, habló largamente el canónigo vasco. Pasaron tres días, porque el caso vasco se estudiaba, y el Vaticano contestaba por boca de monseñor Pisardo -hoy cardenal-: “Nada hay moralmente que reprochar a los vascos en la actitud que han adoptado”. Hubo un funcionario vaticano que (…) se permitió opinar de la siguiente manera: “Nada hay que reprochar moralmente, pero, en cambio, ustedes no aciertan políticamente porque ustedes van con el bando que va a perder”. Y entonces el canónigo vasco contestó: “Señor, esperemos a este conflicto y esperemos a otro más grande que viene detrás (…) y entonces veremos quién se ha equivocado políticamente”. Y monseñor Pisardo (…) haciendo callar al funcionario del Vaticano, dijo: “Respete el dolor de unos hombres que sufren”. (…)

Publicado en Euzkadi (Caracas), octubre-noviembre, 1942

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