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Lehendakari Agirre (12): Los demócratas, y no la democracia, son los que han fracasado

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Ion Gaztañaga

Se han intentado y se intentarán muchas formas de gobierno en este mundo… Nadie pretende que la democracia sea perfecta o perfectamente sabia. De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de Gobierno, si se exceptúan todas aquellas otras formas que se han intentado de vez en cuando.

Winston Churchill

¿Es la democracia aquello que hacen los “demócratas”? ¿Entendemos todos lo mismo por “democracia”? ¿Está la democracia unida a las formas institucionales que conocemos? Son preguntas que no obtienen respuesta en nuestros rifi-rafes políticos diarios, y que sin embargo dice mucho sobre aquél que intenta responderlas.

En el siglo pasado, los movimientos de masas más importantes criticaron y combatieron la democracia, acusándola de débil de desorden, de libertinaje. Ofrecían modelos autoritarios bajo el propio argumento de una libertad que no era tal, pues la “democracia”, como entonces se conocía, había fracasado estrepitósamente en lugares como Alemania y el autoritarismo, especialmente el nazismo y el fascismo, se alzaban victoriosos sobre el fracaso de los “demócratas”. La democracia europea también era combatida por el totalitarismo de lado opuesto, aunque quería seguir llamándolo  “centralismo democrático”, que se imponía inexorablemente a lo largo de media Europa. También el franquismo abrazó “su democracia”, la democracia “orgánica” y el totalitarismo de signo opuesto sigue queriendo imponer, también en nuestro país, su “democracia popular”.

Tantas acepciones para un mismo término, tantas máscaras para cercenar la libertad de las personas en nombre de supuestas causas nobles… ¿qué es en definitiva, la democracia para un nacionalista como el Lehendakari Agirre? Una frase del epílogo de “De Gernika a Nueva York” lo resume claramente: “Democracia y libertad prácticamente son cosas tan íntimamente unidas, que forman un todo único”.

Porque existe el fracaso de los que se llaman a sí mismos demócratas, fracaso que irá alimentando la concepción pesimista del hombre, y “de esa concepción (…) del hombre incapaz y peligroso se aprovechan los caudillos totalitarios para realizar su obra de dominación.”.Quizás por ello, quiso dejar constancia Agirre de la diferencia entre la idea y los que se dicen sus ejecutores, puesto que “sería absurdo asegurar que es preciso arrinconar la verdad, porque hay millones de hombres que mienten todos los días”:

Los demócratas, y no la democracia, son los que han fracasado

(…) Es muy corriente oír decir que la democracia ha fracasado. Esto no es cierto. Quienes han fracasado son los hombres que no supieron comprender que las instituciones democráticas tienen su principal asiento en la virtud. El hombre es a menudo hijo del ambiente en que vive, porque carece de aquella fuerza interior capaz de elevar su vida de entre las miserias que le rodean. Y cuando esto sucede (…) suele ser la idea que el hombre ha abrazado, y no él, la que resulta perjudicada. Porque el hombre es un ser esencialmente espiritual, no sabemos trazar una línea de separación entre él y las ideas universales (…) que pertenecen a toda la humanidad. (…)

Aunque fracasasen todos los demócratas del mundo, la democracia quedaría en su puesto de siempre, para prevenir al mundo que quienes sucumben son los que abusan de ella o la falsean. (…) Es la democracia quien hace demócratas a los hombres, pero no infalibles. Y si hacen mal uso de ella, son ellos quienes fracasan y no la democracia.

(…) Porque enfermemos los hombres, no podemos negar que la salud es lo mejor que existe (…). Si los cristianos andamos desprestigiados, es precisamente porque nos hemos separado del cristianismo. Hemos sido nosotros quienes con nuestra inconsecuencia lo hemos denigrado, haciendo ver un fracaso que no existe. Porque la doctrina vive (…) y hoy vuelve hacia ellas la humanidad angustiada, después de haber recorrido (…) toda clase de senderos buscando otra fórmula capaz de sustituirla. Se ha querido confundir la doctrina con el escandaloso proceder de muchos cristianos, pero ni el escándalo del mal cristiano pudo con la eternidad y excelencia de la doctrina. (…)

En el orden político ha acontecido algo parecido con la democracia, que no es licito confundirla (…) como son ciertas instituciones (…) que por haberla desfigurado necesitan una reforma a fondo. Una democracia puede existir sin organismos parlamentarios del tipo que conocemos hoy. Otra cosa es que pueda concebirse una democracia sin una representación que responda al sentir libre y legítimo del pueblo. Es decir, que viva sin libertad.

La propaganda totalitaria fundamentó sus ataques contra la democracia, en el desorden provocado por el hombre que usa de la libertad sin normas y límites (…) con abuso de mayorías. (…) Se equivoca rotundamente al negar que democracia y libertad prácticamente son cosas tan íntimamente unidas, que forman un todo único. Una sociedad puede crearse de la manera que quiera, lo que no puede es organizarse sin libertad. Y yo no entiendo más libertad que la disciplinada, la que consiste en el ejercicio de esa noble facultad por la cual el hombre pone su conciencia en relación con su Creador sin que nadie se lo impida, vigila el ejercicio de la cosa pública, y determina (…) las personas que regirán la sociedad política a que pertenece.

Esa concepción pesimista del hombre, que en sí lleva toda idea totalitaria (…), de ese concepto del hombre incapaz y peligroso se aprovechan los caudillos totalitarios para realizar su obra de dominación. Ingenuamente cayeron en sus redes muchas personas, que, convencidas de que el orden debía ser defendido (…). El orden… ¿Pero cabe mayor desorden que el introducido por el nazismo y sus imitadores? Cárceles y campos de concentración rebosan de desdichados que (…) no pasan de (…) sospechosos, y el ciudadano (…) lleva una vida de temor y recelo, porque la delación escrupulosamente organizada no respeta ni la paz del hogar, ya que el hijo está convencido de que es un perfecto patriota si denuncia a sus padres por razón de Estado. No, eso no es el orden, sino el terror, que es la más absoluta negación del orden.

Por eso, los que hemos experimentado esa gran tristeza de los países totalitarios, sabemos que es una dolencia que no puede curarse más que con libertad. Y porque confían en su restablecimiento, vive la esperanza en los pueblos subyugados de Europa (…). El posible advenimiento de la libertad es lo que da fuerza a aquellos espíritus (…). Da espanto ciertamente el pensar en el caos que se produciría si el nazismo y sus cómplices triunfasen. (…)Es excelsa la idea de Dios, pero no hay nada que se parezca más al demonio en este mundo que un hombre que se crea Dios. (…)

He recogido en los medios más humildes, de aquellos que saben lo que es privación y que ahora empuñan el fusil, un concepto que es un programa de futuro. “Queremos que triunfe la democracia por ser forma de libertad, pero la sociedad futura debe ante todo establecer el siguiente precepto: La libertad es patrimonio universal. No tienen derecho a organizarse ni disfrutar de sus beneficios los que se valen de la libertad para atacarla.”

Y tienen razón. No se puede concebir que al amparo de la libertad se combata a ésta, (…) aquellos que, aprovechándose de la libertad, defienden programas que establecen la tiranía y la opresión para el hombre y para los pueblos. (…) Quien hiere el alma de los hombres atacando su libertad, comete un delito más nefando aún que quien hiere su cuerpo.

Todos estamos dispuestos a admitir este principio. Pero ¿con qué garantías cuenta el hombre en lo futuro para que sea respetada su libertad? ¿Seguirá considerándose la dignidad humana como un asunto privativo de los pueblos, dejando a su arbitrio el que pueda ser avasallada?

(…) Quien dejó su casa y familia, quien dio su vida por la libertad, lo hizo para que un concepto brutal de la vida no vuelva a perturbar a las generaciones futuras. En esa sangre generosa tienen que mojar sus plumas los estadistas, si la victoria de la guerra ha de ser también una victoria de la paz.

Yo tengo un amigo muy inteligente que suele decirme que la paz futura no será perfecta si el Tratado con que se corone la victoria de la libertad, no comienza así:

Art. 1.—El hombre es un ser racional nacido para la libertad. En su virtud, en ninguna parte de la tierra, y por ninguna autoridad ni Estado, le serán negados los siguientes derechos fundamentales. (Aquí los enumera largamente.) La Sociedad Internacional velará porque este articulo tenga aplicación general.

(…) Porque al hombre le sucede lo que al árbol del bosque, que no se le ve porque queda confundido en la agrupación. Y no sería menos descorazonador que, llegada la paz, aun no pudiera disfrutar de las cuatro libertades que con su gran sentido humano programó el Presidente Roosevelt. Y esto lo mismo en China que en Rusia y en la India, lo mismo en Europa que en América, y lo mismo en el inmenso Imperio Británico que en la pequeña Euzkadi, porque el hombre es una cosa que nada tiene que ver con la extensión del territorio de su patria. (…) Más digno, y a la larga más beneficioso, es que el hombre sea libre, que no que produzcan grandes utilidades los campos de algodón o los pozos de petróleo, o que sigamos todavía jugando a totalitarios por transigir con el “realismo”.

(…) A aquellos pescadores que siguieron a Cristo les dijeron muchas veces que sus predicaciones eran vanas. Pero pudo más su optimismo (…) cuando les recordaba que si hasta a las flores vestía Dios con ropajes que Salomón con su sabiduría no podía imitar, qué no haría por ellos. (…). Y porque sus seguidores supieron ser mártires (¿no tienen algo de mártires quienes hoy mueren por la libertad?…), alcanzaron el triunfo del Ideal que anhelaban.

Sólo con un espíritu semejante de fe podrá tener realidad la heroica aspiración de los que cayeron en los altos de Sollube, en los campos de Dunkerque, o en la península de Batán. Es decir, marchando valientemente, de frente al Ideal, dejando de lado el utilitarismo pesimista de los suficientes, hecho del egoísmo y de la cobardía, y queriendo con voluntad de hierro que la dignidad y la libertad sean patrimonio del hombre en la tierra. De todos los hombres y en toda la tierra. Y, ¿por qué no, si además de ser justo, somos mayoría en el mundo los que lo queremos?

(…) Es muy corriente oír decir que la democracia ha fracasado. Esto no es cierto. Quienes han fracasado son los hombres que no supieron comprender que las instituciones democráticas tienen su principal asiento en la virtud. El hombre es a menudo hijo del ambiente en que vive, porque carece de aquella fuerza interior capaz de elevar su vida de entre las miserias que le rodean. Y cuando esto sucede (…) suele ser la idea que el hombre ha abrazado, y no él, la que resulta perjudicada. Porque el hombre es un ser esencialmente espiritual, no sabemos trazar una línea de separación entre él y las ideas universales (…) que pertenecen a toda la humanidad. (…)
Aunque fracasasen todos los demócratas del mundo, la democracia quedaría en su puesto de siempre, para prevenir al mundo que quienes sucumben son los que abusan de ella o la falsean. (…) Es la democracia quien hace demócratas a los hombres, pero no infalibles. Y si hacen mal uso de ella, son ellos quienes fracasan y no la democracia.
Con el decantado fracaso del cristianismo ha sucedido lo mismo. (…) Porque enfermemos los hombres, no podemos negar que la salud es lo mejor que existe (…). Si los cristianos andamos desprestigiados, es precisamente porque nos hemos separado del cristianismo. Hemos sido nosotros quienes con nuestra inconsecuencia lo hemos denigrado, haciendo ver un fracaso que no existe. Porque la doctrina vive, sus normas no han podido ser superadas, y hoy vuelve hacia ellas la humanidad angustiada, después de haber recorrido (…) toda clase de senderos buscando otra fórmula capaz de sustituirla. Se ha querido confundir la doctrina con el escandaloso proceder de muchos cristianos, pero ni el escándalo del mal cristiano pudo con la eternidad y excelencia de la doctrina. (…)
En el orden político ha acontecido algo parecido con la democracia, que no es licito confundirla (…) como son ciertas instituciones (…) que por haberla desfigurado necesitan una reforma a fondo. Una democracia puede existir sin organismos parlamentarios del tipo que conocemos hoy. Otra cosa es que pueda concebirse una democracia sin una representación que responda al sentir libre y legítimo del pueblo. Es decir, que viva sin libertad.
La propaganda totalitaria fundamentó sus ataques contra la democracia, en el desorden provocado por el hombre que usa de la libertad sin normas y límites (…) con abuso de mayorías. (…) Se equivoca rotundamente al negar que democracia y libertad prácticamente son cosas tan íntimamente unidas, que forman un todo único. Una sociedad puede crearse de la manera que quiera, lo que no puede es organizarse sin libertad. Y yo no entiendo más libertad que la disciplinada, la que consiste en el ejercicio de esa noble facultad por la cual el hombre pone su conciencia en relación con su Creador sin que nadie se lo impida, vigila el ejercicio de la cosa pública, y determina (…) las personas que regirán la sociedad política a que pertenece.
Esa concepción pesimista del hombre, que en sí lleva toda idea totalitaria (…), de ese concepto del hombre incapaz y peligroso se aprovechan los caudillos totalitarios para realizar su obra de dominación. Ingenuamente cayeron en sus redes muchas personas, que, convencidas de que el orden debía ser defendido (…). El orden… ¿Pero cabe mayor desorden que el introducido por el nazismo y sus imitadores? Cárceles y campos de concentración rebosan de desdichados que (…) no pasan de (…) sospechosos, y el ciudadano (…) lleva una vida de temor y recelo, porque la delación escrupulosamente organizada no respeta ni la paz del hogar, ya que el hijo está convencido de que es un perfecto patriota si denuncia a sus padres por razón de Estado. No, eso no es el orden, sino el terror, que es la más absoluta negación del orden.
Por eso, los que hemos experimentado esa gran tristeza de los países totalitarios, sabemos que es una dolencia que no puede curarse más que con libertad. Y porque confían en su restablecimiento, vive la esperanza en los pueblos subyugados de Europa (…). El posible advenimiento de la libertad es lo que da fuerza a aquellos espíritus (…). Da espanto ciertamente el pensar en el caos que se produciría si el nazismo y sus cómplices triunfasen. (…)Es excelsa la idea de Dios, pero no hay nada que se parezca más al demonio en este mundo que un hombre que se crea Dios. (…)
He recogido en los medios más humildes, de aquellos que saben lo que es privación y que ahora empuñan el fusil, un concepto que es un programa de futuro. “Queremos que triunfe la democracia por ser forma de libertad, pero la sociedad futura debe ante todo establecer el siguiente precepto: La libertad es patrimonio universal. No tienen derecho a organizarse ni disfrutar de sus beneficios los que se valen de la libertad para atacarla.”
Y tienen razón. No se puede concebir que al amparo de la libertad se combata a ésta, (…) aquellos que, aprovechándose de la libertad, defienden programas que establecen la tiranía y la opresión para el hombre y para los pueblos. (…) Quien hiere el alma de los hombres atacando su libertad, comete un delito más nefando aún que quien hiere su cuerpo.
Todos estamos dispuestos a admitir este principio. Pero ¿con qué garantías cuenta el hombre en lo futuro para que sea respetada su libertad? ¿Seguirá considerándose la dignidad humana como un asunto privativo de los pueblos, dejando a su arbitrio el que pueda ser avasallada?
(…) Quien dejó su casa y familia, quien dio su vida por la libertad, lo hizo para que un concepto brutal de la vida no vuelva a perturbar a las generaciones futuras. En esa sangre generosa tienen que mojar sus plumas los estadistas, si la victoria de la guerra ha de ser también una victoria de la paz.
Yo tengo un amigo muy inteligente que suele decirme que la paz futura no será perfecta si el Tratado con que se corone la victoria de la libertad, no comienza así:
Art. 1.—El hombre es un ser racional nacido para la libertad. En su virtud, en ninguna parte de la tierra, y por ninguna autoridad ni Estado, le serán negados los siguientes derechos fundamentales. (Aquí los enumera largamente.) La Sociedad Internacional velará porque este articulo tenga aplicación general.
Mi amigo (…) suele decir que el hombre vale más que los límites territoriales de los Estados. (…) Porque al hombre le sucede lo que al árbol del bosque, que no se le ve porque queda confundido en la agrupación. Y no sería menos descorazonador que, llegada la paz, aun no pudiera disfrutar de las cuatro libertades que con su gran sentido humano programó el Presidente Roosevelt. Y esto lo mismo en China que en Rusia y en la India, lo mismo en Europa que en América, y lo mismo en el inmenso Imperio Británico que en la pequeña Euzkadi, porque el hombre es una cosa que nada tiene que ver con la extensión del territorio de su patria. (…) Más digno, y a la larga más beneficioso, es que el hombre sea libre, que no que produzcan grandes utilidades los campos de algodón o los pozos de petróleo, o que sigamos todavía jugando a totalitarios por transigir con el “realismo”.
(…) A aquellos pescadores que siguieron a Cristo les dijeron muchas veces que sus predicaciones eran vanas. Pero pudo más su optimismo, reflejo de las sencillas palabras del Maestro, cuando les recordaba que si hasta a las flores vestía Dios con ropajes que Salomón con su sabiduría no podía imitar, qué no haría por ellos. Aquellos rudos predicadores siguieron su camino buscando primero el Reino de Dios y su justicia, y crearon una civilización de libertad, a pesar de cuantos obstáculos pusieron en ese camino la maldad y el egoísmo. Y porque sus seguidores supieron ser mártires (¿no tienen algo de mártires quienes hoy mueren por la libertad?…), alcanzaron el triunfo del Ideal que anhelaban.
Sólo con un espíritu semejante de fe podrá tener realidad la heroica aspiración de los que cayeron en los altos de Sollube, en los campos de Dunkerque, o en la península de Batán. Es decir, marchando valientemente, de frente al Ideal, dejando de lado el utilitarismo pesimista de los suficientes, hecho del egoísmo y de la cobardía, y queriendo con voluntad de hierro que la dignidad y la libertad sean patrimonio del hombre en la tierra. De todos los hombres y en toda la tierra. Y, ¿por qué no, si además de ser justo, somos mayoría en el mundo los que lo queremos?
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