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Antropología de Emilio Guevara

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Imanol Lizarralde

El anunciado plan de implementar una “pedagogía ciudadana” para la gente que vivimos en Euskadi ya está en marcha. Dentro de los 14 colectivos que se habían impuesto esa labor, destacaban algunos nombres, entre ellos el de Emilio Guevara. Este ha utilizado nada menos que las páginas de El País para hacer un ensayo con ribetes antropológicos. ¿El tema? Los disfraces de Asterix y Obelix de los dirigentes del PNV Iñigo Urkullu y Andoni Ortúzar.


Para Guevara, los disfraces de los dirigentes del PNV, “desgranan un conjuro de aroma sabiniano”. Nadie diría que las figuras inventadas por los geniales Goscinny y Uderzo, ciudadanos franceses muy alejados de lo vasco y que son clásicos del comic mundial, pudieran haber tenido la influencia de Sabino Arana. Guevara va más allá, pues dice que el evento “está bañado en sal gorda, xenofobia y racismo”. Guevara nos descubre que las dos aparentemente inofensivas figuras de los comics llevan aparejadas la marca de esas tres lacras. Generaciones de niños europeos han mecido sus sueños con Asterix y Obelix y han sido adoctrinados, sin darse cuenta, en esos execrables valores. Gracias a Dios que tenemos a Guevara para advertírnoslo.

A partir de un comienzo tan pintoresco, Guevara nos da cuenta de los males que genera el nacionalismo vasco, para plantearnos la disyuntiva que actualmente existe, a su entender, en Euskadi:

“Tras el carnaval se confirma que hoy, en Euskadi, se enfrentan dos discursos: el desarrollado a partir del concepto de “ciudadanía” y el que ha pretendido imponer el nacionalismo en base a lo que llama la “identidad colectiva vasca”. Y entre ambos discursos no cabe el término medio o la transacción, porque entre el concepto esencialmente democrático de “ciudadanía”, que no quiere decir sino la existencia de una sociedad de personas iguales en derechos y obligaciones, y el concepto totalitario de una identidad supraindividual impuesta, no existe posibilidad alguna de conciliación teórica y mucho menos práctica”.

Guevara, tras acusar al nacionalismo de “fracturar la sociedad y de generar violencia”, nos propone su propia fractura social y política, la de dividir a Euskadi entre los xenófobos nacionalistas y los partidarios del concepto ciudadanía. La apología del concepto de “ciudadanía” jacobina, que defiende Guevara, es incompatible con la loa del propio Guevara del Concierto Económico y del régimen foral que son privativos de las regiones históricas vascas. El concepto de “ciudadanía” de “personas iguales en derechos y obligaciones” en un determinado ámbito como es el estatal español, no puede casarse con las existencia de jurisdicciones privativas, cuya existencia (desde el punto de vista que mantiene incoherentemente Guevara) es muestra de un “privilegio” inadmisible. La teoría de Guevara hace aguas porque se sostiene en el señalamiento de un chivo expiatorio, el nacionalismo vasco, y no tiene nada positivo detrás. Es esta inquina el cemento que une a nuestro conjunto de pedagogos ciudadanos.

Por qué Guevara plantea que “no existe posibilidad alguna de conciliación teórica y mucho menos práctica” entre los dos bandos que nos dibuja. Para Guevara la lucha es a muerte, y sólo puede resolverse con la extinción de uno de los bandos. Guevara recupera el viejo lema banderizo y gamboíno de su apellido de “arerioagaz haginka” (“con el enemigo a dentelladas”). Todo esto está unido a su concepto de “ciudadanía”, que exige el señalamiento de un enemigo y su completa exterminación.Porque además Guevara es de los que piensan que el problema fundamental de Euskadi no es el de la violencia de ETA:

“El cambio iniciado con una nueva mayoría parlamentaria y con el nuevo Gobierno vasco, no puede reducirse a una mera alternancia en el poder, a una mejora en la gestión, ni siquiera a la derrota definitiva de ETA”.

Para Guevara la verdadera dictadura que ha vivido Euskadi en estos años es la dictadura propiciada por el nacionalismo institucional:

“El cambio tiene que suponer una profunda regeneración de la sociedad vasca, cerrando ese largo paréntesis de una hegemonía nacionalista, incapaz de asumir que es cada individuo el único sujeto de derechos y de cualesquiera identidad, y que en un sistema verdaderamente democrático, todas las identidades no solo pueden, sino que deben, coexistir en un plano de absoluta igualdad”.

¿Cuál es la manera en la que se denota esta disyuntiva entre la patria de los ciudadanos y la patria de los aldeanos, que es la forma en que divide políticamente Guevara a los habitantes de Euskadi? Que los aldeanos-nacionalistas-particularistas son partidarios exclusivos de “el euskera, el txistu, la txalaparta y la txapela”, frente a aquellos que quieren compatibilizar estas pequeñeces con cosas más dignas y profundas como son “el castellano, el clarinete, el piano, el sombrero, el i-Pod, y todo cuanto el hombre ha inventado y creado el mundo de la ciencia, de la cultura y del pensamiento”. Es aquí donde el lenguaje figurado de Guevara, que no manifiesta ninguna sabiduría sociológica, demuestra que el lenguaje de la caricatura es profundamente injusto con la realidad. Yo que he militado en tres partidos del nacionalismo democrático se perfectamente el desinterés por el txistu, la txapela y muchas veces por el euskara que reina en los partidos nacionalistas. ¿Cómo Guevara puede acusarnos de una inflación de todo eso? El que ha militado en el PNV durante largos años: ¿realmente no ha podido expresarse en castellano, llevar sombrero de copa o tocar el piano?

Lo malo es elevar todo este tinglado metafórico vestido de razonamiento a nivel de reflexión sobre la historia vasca. Para Guevara el nacionalismo es un “movimiento reaccionario” que desde sus inicios constituye una reacción maligna frente la industrialización y la emigración. Aquí no hace más que repetir las muy añejas teorías de Corchera. Y también cuando dice:

“El PNV surge como reacción a una revolución industrial que nos iba a sacar de la penuria y de la escasez, y llevarnos a un nivel de bienestar y de riqueza económica que el nacionalismo hereda al recuperarse la democracia en España. El nacionalismo vasco no es el artífice del progreso de este país. Fue a la conjunción del esfuerzo de unos emprendedores ajenos en su casi totalidad al ideario de Sabino Arana, y de esos miles de inmigrantes que enriquecieron el tejido social y cultural hasta entonces existente, a la que debemos nuestro desarrollo. Si de Sabino Arana y de sus herederos hubiera dependido, en la “aldea baska” de sus ensoñaciones no se daría el nivel de prosperidad que hoy disfrutamos”.

La primera objeción al relato histórico que hace aquí Guevara es no señalar la existencia de la Guerra Civil y el Franquismo y no plantear el papel del PNV en esa coyuntura: ¿realmente el PNV de José Antonio Agirre era un partido reaccionario? ¿realmente el PNV de Garaikoetxea era enemigo del desarrollo industrial? Ha sido varios gobiernos nacionalistas los que han cruzado las mayores crisis industriales de este país y las que le han ayudado a remontar para llegar a los niveles de bienestar que ahora disfrutamos. La negación de esa realidad es la negación de la historia viva vasca, que también es historia económica. La economía de Euskadi hizo frente a las crisis de desertificación industrial de los 80 y a la de los 90 y se salvó en gran parte a la ayuda de gobiernos nacionalistas totalmente comprensivos con las leyes de la economía.

Hay, finalmente, un concepto que puede resultar ofensivo como es la insistencia de Guevara en la idea de la “aldea” como un lugar y una idea malignas. Es curioso que este tipo de lenguaje era utilizado por la burguesía liberal y monárquica bilbaína que luego fundó la falange y cubrió los puestos ministeriales franquistas. Es la forma de trato que recibía el euskaldún, además, por parte de este tipo de gente, que despreciaba al campesino vasco y su cultura, como si fueran cosas sucias. Algo de esto hay en la insistencia morbosa de Guevara. Ese odio visceral a lo vasco que destila algún tipo de cacique de nuestro país.

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