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Conferencia de Arturo Campion acerca del programa nacionalista, el separatismo y el antinacionalismo (1)

Ion Gaztañaga

Buscando información sobre el programa nacionalista a principios de siglo, he tenido la suerte de encontrar un documento que debido a su interés y su buena pluma, he tratado de  resumir (el original supera las 12 páginas) y presentarlo en dos capítulos. Se trata de un documento de la colección digitalizada de la biblioteca Koldo Mitxelena, bajo el título “Conferencia acerca del programa nacionalista, el separatismo y el antinacionalismo dada en Gernika el 23 de Mayo de 1920” por Arturo Campión (podéis leerlo en su integridad en la web del Koldo Mitxelena clicando aquí).

Esta conferencia nos relata muy bien la situación del nacionalismo en 1920, doce años después de la anterior visita de Campion a Gernika, donde el nacionalismo ha roto su techo y ya se ha convertido en la fuerza mayoritaria en Bizkaia (en las famosas elecciones de 1917, cuando el Partido consigue la Diputación de Bizkaia), vive una fuerte expansión en Gipuzkoa y una firme introducción en Araba y Nafarroa. En esta primera parte, Arturo Campion realiza un engarce histórico del nacionalismo con la intelectualidad de los caballeritos de Azkoitia y los Amigos del País y el Irurak-bat, pasando por el zazpiak-bat de la asociación Euskara de Navarra.  Me ha alegrado especialmente la conexión que realiza del nacionalismo con la reinvindicación de la libertad originaria vasca y sus Constituciones seculares, la abolición de las leyes del 1839, y la clara reinvindicación de que la legitimidad del nacionalismo proviene de la Ley y la Razón, contra la visión española de que “la Fuerza causa estado”, pues como dice el texto, “substituir el estado de fuerza por el de derecho, debía de ser y fué el fin político del nacionalismo”. Y sin más dilación doypaso a la conferencia de D. Arturo Campion esperando que los lectores lo disfruten tanto como lo he hecho yo.

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“Conferencia acerca del programa nacionalista, el separatismo y el antinacionalismo dada en Gernika el 23 de Mayo de 1920” por Arturo Campión.

Parte 1

Queridos compatriotas. Decía Victor Hugo: “El que estuvo en el país basko quiere volver.” (…) Doce años es brevísimo espacio en la vida de los pueblos (…) pero los transcurridos desde mi venida fueron fecundos cual pocos. Ellos comprenden la conquista de la opinión bizkaina por las ideas nacionalistas, y su rauda inundación en Alaba, Gipuzkoa y Nabarra, donde baten los muros cuarteados de las antiguas fortalezas españolistas, y amenazan sumergirlas pronto. (…) El espíritu indomable de Sabino inflamaba a sus apóstoles y arrollaron al enemigo.(…)

Vencemos, porque las ideas nacionalistas se fundan en la razón, la verdad y la justicia; porque se llevan en sí disueltas (…) la cantidad de lo ideal que necesitan para ser grandes, y la de lo real que piden para que en ellas prenda la vida. El pueblo basko (…) llegó tarde, pero ha llegado al fin, al sentimiento de su unidad nacional, rota y disgregada durante varios siglos en nacionalidades diferentes (…). Los “Amigos del País”, en el siglo XVIII, vislumbrada parte de la unidad, la proclamaron debajo de la fórmula “Irurak-bat”. El partido euskaro de Nabarra, en el XIX, preparó el camino de la confederación baska, estirando la fórmula hasta el “Zazpiyak-bat”, y los modernos nacionalistas, instruídos por Arana y Goiri, desentendiéndose de la historia y partiendo de la noción de la raza, redondean el pensamiento unitarista, exclamando a su vez: “Euskaldun-danok-bat”. (…)

Poco importa que al nabarro que se sienta basko le muestren los cañones del escudo de Gipuzkoa y le digan: “esos cañones, traídos de Francia para la reconquista de tu independencia, te los tomaron los gipuzkoanos”. “Sí: -replicará-, pero se equiparan al reloj de Pamplona, que apunta y no da. Se los podéis regalar a la Liga monárquica de Bizkaya”. (…)

Los argumentos contradictores de la unidad y la especialidad baska (…) quedan refutados por medio de una observación sencilla (…): El basko español no es francés, pero es basko; el basko francés, no es español, pero es basko. Luego el basko no es español, ni francés: es basko. (…)Al basko le hicieron español y francés las constituciones políticas que escriben los hombres; pero le hizo basko la constitución escrita por Dios en el libro de la naturaleza.(…)

¿Por qué han de sentirse agraviados los españoles y los franceses, ni maravillarse de que (…) se resistan los baskos a vivir sometidos? Si los antinacionalistas de dentro y fuera de casa levantasen el corazón y ensanchasen el cerebro (…), las cuestiones propuestas por el nacionalismo basko saldrían de la esfera de la fuerza donde obstinadamente las recluyen ellos y entrarían en la serena esfera del derecho (…). Mientras se niegue o menosprecie la plena personalidad baska (…) ni queremos, ni podemos, ni debemos cesar un momento de librar las cadenas que “por furto e maña”, y por traición y felonía nos han remachado en las manos los injustos gobiernos de España.(…)

Recogeré mis miradas a los territorios baskos peninsulares (…) [que] entraron a ser parte de la monarquía castellana en diversas épocas y por diversos títulos. Gipuzkoa (…) fué la que madrugó más para recorrer esa vía que pudo ser de bienandanza y es hoy de desventura; Nabarra, la más tardía, porque era la que siempre vivió más apartada de la común vida de España, de quien no recibió ni la luz religiosa, ni los elementos de su cultura política, jurídica, artística y social. Nabarra apenas conoció a los españoles fuera de los campos de batalla, (…) y si alguna vez se unió militarmente con ellos (…) no fué por amor a Castilla y a sus reyes (…) sino por amor santo a la cruz.

Gipuzkoa y Alaba se unieron a la corona castellana por voluntarias entregas paccionadas. Bizkaya por el título de herencia señorial. Nabarra por la fuerza, la falsedad y la traición. Mas ni aún entonces perdió su personalidad nacional absoluta, pues el usurpador Fernando (…) ratificó en (…) 1513 (…) el juramento (…) de cumplir y respetar la Constitución íntegra del Reino. De esta suerte, “la incorporación del Reino de Nabarra a la corona de Castilla, fué por vía de unión egüe-principal, reteniendo cada uno su naturaleza antigua, así en leyes, como en territorio y gobierno”, según textualmente lo declara la ley (…) de la Recopilación de leyes de dicho Reino.

Quiere esto decir (…) que el estado legal de los cuatro territorios baskos cis-pirenaicos (…) es el mismo, puesto que consiste en el régimen jurídico del pacto. Nuestros enemigos exteriores jamás han dudado de ello. Esta añagaza estaba reservada a los enemigos interiores. Los mismos monarcas absolutos y los mismos gobiernos liberales (…), socavaron (…) y destruyeron las cuatro constituciones baskas. (…) Hoy es verdad que (…) no comparten ya el estado legal anterior a (…) 1839; pero esto nada dice contra la tesis nacionalista, que no mira la ley (…) de 1841 y los conciertos económicos, consecuencias de aquella, sino debajo de la especie de hipótesis foral y mal menor, y en cambio pretende restaurar la soberanía que los estados baskos perdieron entonces.

Al inscribir el nacionalismo basko en su programa la derogación de la ley de 1839, no olvidó, ciertamente, que esa conculcación fué precedida de otras (…). Fúndase, para pedir la derogación, en el hecho patente e incontrovertible, de que por su incorporación, ni Alaba, ni Bizkaya, ni Gipuzkoa, ni Nabarra enajenaron su soberanía, ni adquirieron ni pudieron adquirir ésta los Reyes de Castilla y las Cortes de Castilla (…) según consta de las leyes escritas y de los juramentos reales. (…) Las otras conculcaciones yacen muertas, pertenecen a la historia negra de España, mas la citada ley de 1839 es la trituradora perpetuamente activa que reducirá a los baskos a polvo inerte de la estepa.

El artículo 2. de ella despojó de su soberanía a los estados baskos. Ya no serían nuestras Cortes ni nuestras Juntas generales quienes modificarían las leyes (…); esa prerrogativa preciosa incumbiría a las Cortes españolas, (…) o sea, en términos más sinceros, sacrificándose a éstas.

Destruído nuestro estado jurídico inmemorial ocupó el solio vacante la fuerza. Los hombres y los pueblos están subordinados al poder, o por las condiciones del derecho, o por los imperativos de la fuerza: no existe otra alternativa. El derecho, entonces, fué basko; la fuerza, española. Los causantes de nuestras desventuras lo suelen reconocer así (…) apremiados por la realidad de las cosas. El secretario de la Reina doña María Cristina, desterrada en París, repetía palabras de su Señora que incluían entre las causas del unánime alzamiento contra el felón Espartero el año 1843: “el imprudente y escandaloso empeño del Gobierno, de no guardar cumplidamente la fe jurada en Bergara, hollando, como ha hollado, los antiguos y respetables fueros de los nobles vascongados y navarros”. (…).

Pasan los años, y cuando después de otra guerra civil, el Gobierno de España prepara nuevas aplicaciones mortíferas de la ley de 1839, el Rey Alfonso XII les dice a sus soldados en Somorrostro: “Fundada por vuestro heroísmo la unidad constitucional de España, hasta las más remotas generaciones llegará el fruto y la bendición de vuestras victorias.” Y durante el mes de Junio de 1876, al discutirse el régimen foral, don Antonio Cánovas del Castillo, hombre erudito, culto, dialéctico consumado, opone a los razonamientos histórico-legales del diputado nabarro señor Morales, la razón de Brenno: “Cuando la fuerza causa estado, la fuerza es el derecho.”(…) Substituir el estado de fuerza por el de derecho, debía de ser y fué el fin político del nacionalismo.

(Continuará…)

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