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¿Qué es el soberanismo? (1): Teóricos del soberanismo vasco

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Ion Gaztañaga


A menudo, cuando intentamos desarrollar nuestro propio pensamiento político, nos damos cuenta al cabo de muchos años que hemos olvidado preguntarnos sobre las propias bases de nuestro discurso. Sobre conceptos que nunca nos habíamos planteado. Más allá de los sloganes políticos (se me ocurren a botepronto, “demócracia = estado de derecho”, “el nacionalismo étnico vs. ciudadanía integradora” o “porque somos un pueblo y tenemos derecho a decidir”), hay muchas cuestiones que ni siquiera no hemos planteado. ¿Qué y quién es el “pueblo”? ¿Qué es “Euzkadi”? ¿Cuál ha sido el programa de mínimos y máximos de nuestra opción política durante su historia? ¿Qué es “progresismo”? ¿Qué es “transversalidad”? Hoy me centraré en una cuestión que ha estado en boga durante los últimos 15 años. Se trata del término “soberanismo”. ¿Qué es realmente? ¿Es lo mismo el soberanismo quebequés y el vasco? ¿Todos lo entienden por igual? ¿Cuándo comenzo a usarse este término?

Si tiramos de hemeroteca, el soberanismo vasco ha sido en su mayor parte producto del “soberanismo” de Quebec, con sus referendums sobre la independencia respecto de Canada, pero algunos reclaman claramente la paternidad del concepto “soberanismo” con respecto a lo vasco. Por ejemplo, el omnipresente Ramón Zallo publicó hace pocos años en el Diario Vasco un artículo titulado “Elogio del soberanismo (vasco)” (2005-II-05) en el que nos decía lo siguiente haciendo un repaso sobre el recorrido hasta ese momento del “soberanismo vasco”:

“El soberanismo, ese desconocido, no tiene quien le escriba. Quienes lo recogimos de la teoría y experiencia quebequesa hace ya 10 años (Ollora, Montero, el abajo firmante ) lo hemos explicado poco, aunque se le haya mencionado mucho y el país lo haya practicado, de hecho, en los últimos años.”

Así que parece ser que el “soberanismo vasco” comenzó hace diez años de la mano de tres personas. La propia hemeroteca digitalizada de algunos medios (por ejemplo El País) nos da artículos sobre el tema en la segunda mitad de los noventa, antes de Lizarra. El propio Zallo, en su libro “El País de los vascos: Desde los sucesos de Ermua al segundo gobierno de Ibarretxe” (2001) nos dice literalmente hablando de la Asamblea Nacional Constituyente que se pretendía en Lizarra mediante Udalbiltza:

“Un soberanismo peculiar

Ese esquema de salida basada en la Asamblea Nacional Constituyente, se esta planteando como la encarnación del soberanismo cuando lo cierto es que el modelo soberanista quebequés se situó en otra dirección: la de una consulta y una negociación ulterior.”

Y la nota a pié añadía:

“Para quienes fuimos los primeros en sostener el término y su filosofía para nuestro país (Ollora, Montero o Zallo (1995/1996), no puede dejar de sorprendernos cómo puede vaciarse el sentido del término. Fueron las instituciones electas quebequesas, nacidas de la legalidad canadiense, las que conquistaron en dos ocasiones el poder de convocar consultas válidas (derecho y falcultad) previamente legitimados, a regañadientes, por Ottawa.”

Podemos por lo tanto certificar que según Zallo el “soberanismo vasco” tiene padres y fecha de nacimiento (95/96). Y también que el método quebequés de la consulta y la negociación posterior es algo que se impulsaría desde los aledaños de la lehendakaritza a posteriori mediante una variante particular del modelo quebequés en Euskadi.

Por lo tanto, está claro que para analizar “el soberanismo vasco” es importante seguir la pista ideológica de estos tres autores, dos provinientes del mundo de la izquierda revolucionaria (Zallo desde LKI, Montero desde HASI) y otro desde la responsabilidad jelkide.

Tanto Ollora como Zallo, parten del presupuesto del “agotamiento” y “constatación de inutilidad” de los mecanismos entonces vigentes para crear una versión del soberanismo quebequés (remarco lo de “una versión”, pues desde el mismo modelo se pueden realizar versiones radicalmente distintas) en los que había que desechar lo “viejo” para que pueda nacer lo “nuevo”. Lo “viejo” sería el Estatuto y el Pacto de Ajuria Enea que impedían una unidad de acción con el MLNV y diferenciaba el conflicto político y la violencia , y lo “nuevo” sería, con las variaciones de cada autor, la formación del “bloque quebequés en versión vasca” que apostaría por la “soberanía” frente al Estado, ligando paz y soberanía por considerar que la violencia es la manifestación del “conflicto” y por tanto sólo solucionando el “conflicto” ser pondría fin a la violencia. El propio Zallo nos lo deja claro desde su responsabilidad de miembro del Consejo Editorial de El Mundo del País Vasco el año 95 en su artículo  “Nuevas vías hacia la paz”, título tan reminiscente del libro de Ollora “Una vía hacia la paz” (96):

En Argel, hace seis años, con todo lo positivo que fue que dos de los contendientes se reconocieran, el diálogo no paso de un round de tanteo para conocer, hasta donde podía llegar el contrario, sin entrar siquiera en contenidos. Mientras los unos sobrevaloraban su poder negociador (ETA), los otros (Gobierno) subestimaban a su oponente, facilitando que las respectivas líneas duras abortaran el proceso, con la inestimable ayuda de los partidos vascos que zancadillearon las conversaciones movilizando a bases desde la retaguardia.

(…)

La comprobación de que la Mesa de Ajuria Enea ha sido un obstáculo para la paz, que ha redundado en una mayor polarización y alejamiento de posiciones, permite ver como positiva su liquidación y sustitución por iniciativas más abiertas y audaces. PNV y EA tienen una responsabilidad especial para marcar el camino y convencer a otros partidos.

Por eso, en el propio año 95, ya se detectaban los movimientos de amortización de la Mesa de Ajuria Enea, como cuando podemos leer en El Mundo del año 95:

Atutxa afirma que no habrá diálogo con ETA mientras no cese la violencia

Egibar recuerda al resto de partidos que ha llegado la hora de «mojarse». Arzalluz niega que vayan a entablar conversaciones con HB sin precondiciones

Juan María Atutxa, consejero de Interior del Gobierno vasco, se desmarcó ayer de la propuesta hecha por el dirigente del Partido Nacionalista Vasco (PNV) Juan María Ollora, al asegurar que una tregua de ETA es una «condición insalvable» para iniciar el diálogo con quienes practican la violencia. El consejero de Interior salía así al paso de las declaraciones efectuadas el pasado sábado por Ollora, y en las que abogaba por el inicio de un diálogo con Herri Batasuna (HB) o ETA, «aunque no callen las armas».

Hay mucho, pués, de paralelismo y también de variación en los citados tres autores. En los próximos capítulos analizaremos la evolución de su tésis reflejadas en los medios públicos. Tésis que han tenido (bien desde asesoramientos al lehendakari, desde la fundación Sabino Arana o desde el EBB) gran influencia y que la seguirán teniendo, nos guste o no, en la política futura.

(Continuará…)

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