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Abracadabra

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Ion Gaztañaga

Anda revuelto el panorama político con el tema de la crisis, aquella que para algunos no existía y la que ahora tienen en su boca todo el día. La madre de todas las intervenciones gubernamentales ha salido al rescate de cientos de entidades que han pasado, en un par de años, de tener un crecimiento de beneficios brutal a registrar pérdidas y pedir que le amamanten. Los neocons claman que hay que liberalizar más (uno ya no entiende el masoquismo de esta gente) mientras que los añoradores del bloque soviético andan diciendo que el capitalismo ha muerto, que tenían razón y que hay que darle la vuelta a la tortilla. ¿Y nosotros, los que andamos aquí abajo, qué es lo que vemos?

Para empezar que al contrario de lo que decía Alfonso Guerra, aquí el que no se mueve no sale en la foto. El casi-fenecido Gordon Brown que renace cuan Ave Fénix para proponer un plan de rescate que ha sido imitado por la UE. Sarkozy, político conservador donde los haya, que habla de repensar y casi parece que rediseñar el capitalismo. Bush, que de inocente no tiene mucho en esta crisis quiere montar la reunión de amiguetes para hablar del tema pero sin tocar mucho el “capitalismo democrático”. ¿Y ZP? Encantado de conocerse, le quiere dar la vuelta a su inicial metedura de pata, vendiendo como propios planes que copia de sus colegas europeos.

La verdad es que los currelas no entendemos de economía y por mucha crisis NINJA que nos expliquen no sabemos si la culpa es de la banca financiera, de los auditores estilo ENRON, de las aseguradoras, de las entidades de rating o de (en palabras de Botín, manda huevos) la “avaricia” de algunos. Sea lo que sea, lo que si podemos observar es que hay algunas cosas que no cuadran, y hay una extraña combinación de lo peor del capitalismo con el socialismo en esta crisis.

Primeramente, que poco libre mercado puede haber con unas prácticas como la venta al descubierto en el que alguien toma prestadas tus acciones para venderlas, volver a comprarlas y devolvértelas, esperando que entre su venta y su posterior compra el valor haya bajado y quedarse con la diferencia. Hasta un niño puede ver ahí que es bien fácil generar un pequeño rumor que haga caer la acción. Sobre todo si el que se dedica a estos tejemanejes tiene relaciones con la empresa que asigna solvencias y ratings. A mí esto me huele a partida de tahúres: más que la mano invisible del mercado huele a mano negra.

No es que sea evidente que el control ha brillado por su ausencia durante estos años, sino que también es evidente que el mercado financiero ofrece productos y vías que podríamos denominar por su equivalente físico de “equilibrio inestable”. Como un balón en la punta de la escoba, dicho equilibrio se torna avalancha cuando el malabarista se desconcentra.

Hay prácticas que son muy difíciles de controlar como honradas, especialmente las operaciones a muy corto plazo y las que son per se opacas y fácilmente manipulables. ¿Tan alto beneficio ofrecen a la economía que no pueden ser eliminadas? ¿Estamos realmente en libre mercado, cuando sospechamos que algunos elementos del sector de la distribución (por ejemplo algunos de la distribución alimentaria) funcionan como un oligopolio que mágicamente multiplica el valor de la lechuga de la baserritarra al mercado del pueblo que está a 10 minutos? La imaginación financiera no tiene fin. ¿Es necesaria para la economía la existencia de ciertos de paquetes estructurados que se prestan tan fácil a la manipulación?

No sólo deberemos pensar en tener un control que garantice el libre mercado, la ausencia de tahúres y otros pillos, sino que ante cualquier nuevo mecanismo financiero, lo primero que debemos preguntarnos es si es inherentemente controlable, si dicho nuevo mecanismo tiene un equilibrio estable. Siguiendo el símil, si es un balón en el fondo de un cubo o un balón en la punta de la escoba del malabarista.

Y es también la escala temporal, esa con la que se miden los resultados no sólo en la economía, sino en la empresa, en las relaciones sociales, en la vida cotidiana, la que deberemos cambiar. Quién no ha conocido jefes fugaces que en sus dos años de paso su única obsesión ha sido dejar su sello, hinchar, aparentar y luego, una vez dado el salto de trampolín dejar a los que allí tienen que continuar el gallinero hecho unos zorros. Es la dictadura de la “gestión fugaz”, del brillo de suspiro. Parecido a los directivos que paradógicamente, en los prolegómenos de esta crisis han cobrado los mayores bonos y sueldos de la historia mientras llevaban a sus empresas a la más absoluta ruina. Incluso alguno se ha convertido en secretario del Tesoro estadounidense.

¿Solución? A mí que no me miren que yo sólo pasaba por aquí y me ha cogido la tormenta. Bastante tengo que con no calarme (o ahogarme según la capacidad del alcantarillado). Pero me da a mí que para arreglar esto va a hacer falta mucho más que un grupo de brujos políticos cocinando en su perolo al grito de abracadabra. Sasi guztien gainetik… eta laino guztien azpitik.

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