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Clive Hamilton: Una economía relativista en ciernes y una sociedad vasca en la encrucijada

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Iñigo Lizari

Sucedió primero en física. Las leyes en su día enunciadas por Newton resultaron incuestionables y por ellas se podían explicar y anticipar el resultado de todo tipo de fenómenos físicos. El mismo espacio podía ser atravesado por distintos objetos y cualquiera que fuera el observador podía calcular la velocidad porque el tiempo, los segundos, las décimas se dan por antonomasia siempre a la misma frecuencia.

Hubo que esperar al siglo XX, y fue entonces, cuando se observaron ciertos fenómenos físicos que se daban a las velocidades próximas a la luz, que se pudo constatar la alteración del algo que se había considerado siempre como inalterable: el tiempo. Sí, aunque resultará incomprensible, el tiempo variaba según cual fuera la velocidad a la que viajaba el observador. Fue con Einstein que se puso el final de la validez universal de la física clásica Newtoniana y con él se dio inicio a la física relativa.

Clive Hamilton, economista Australiano profesor de la Universidad Nacional de Australia y director  y antiguo director ejecutivo de The Australia Institute, el gabinete de estudios australiano más importante para asuntos de interés público, no creo que pasa a la historia por ser ningún Einstein, pero si que pasará para mí como uno de los economistas que ha escrito uno de los libros sobre economía más sugerentes y asequibles  de la última década: El Fetiche del Crecimiento (2003). De su lectura se puede deducir un símil que en su libro no termina de formularse explícitamente: que la economía como ciencia, -(siendo ésta una disciplina más joven y más imprecisa que la física, pues depende del factor humano)- tiene alguna de sus leyes capitales que se consideraba  universal hasta la fecha, en pleno proceso de cuestionamiento, ya que la aplicación de esta ley a las sociedades que han alcanzado un elevado desarrollo como Japón, como ejemplo más ilustrativo, ya no produce en estas sociedades el resultado que en ellas se espera.

Podemos estar ante la constatación de una realidad que exige toda una reformulación de la economía hoy en el siglo XXI, no menor a la que fue sometida la física a principios del Siglo XX. El crecimiento económico como parámetro de la bondad de una política económica resulta válido, salvo, cuando dicho crecimiento se produce sobre sociedades que acumulan un grado de crecimiento tal, que en cuyo caso, dicho parámetro de crecimiento resulta relativo, y no se percibe igual por quienes se desenvuelven en esas sociedades hiperdesarrolladas y por quienes las observan en su viaje desde una sociedad subdesarrollada. El crecimiento económico se demuestra pues relativo como se demostró que era el tiempo físico.

El libro de Clive Hamilton, el Fetiche del Crecimiento, es un libro sobre economía, pero no sólo es un libro sobre economía. Su libro, es también un libro de sociología, y un libro sobre antropología, pero ante todo es un libro profundo, que basa casi todas sus reflexiones en constataciones empíricas acreditadas por los resultados de muchos estudios realizados por entidades de referencia. La constatación principal es que en las sociedades occidentales avanzadas, el crecimiento de las dos últimas décadas no se corresponde con un crecimiento en la satisfacción de las personas respecto a sus vidas. Es más, en sociedades como Japón el crecimiento de las dos últimas décadas se ha traducido en un crecimiento de la insatisfacción respecto a sus vidas. El consumismo, el materialismo y la opulencia que caracterizan a estas sociedades, está extendiendo una serie de dolencias y de males desconocidos en sociedades subdesarrolladas. Nuestro desarrollo está produciendo personas más desarraigadas socialmente, más ensimismadas e insolidarias frente al vecino, más pendientes de su imagen, más vulnerables, más depresivas, más ansiosas, más solitarias, más pérdidas, cada vez menos independientes del poder de las marcas y de la capacidad de su marketing de generar identidades ideales que acaban por atrapar la conciencia de las personas sobre sí misma..

Nuestros niños padecen hiperactividad tienen problemas de concentración, se da en ellos una crisis del principio de autoridad, falta de empatía, perdida precoz de la inocencia, una incapacidad para sorprenderse porque a los pocos años lo han visto todo desde la TV o Internet y desarrollan perversiones tempranas. Todo estos males produce un incremento de las enfermedades psiquiatritas y se traducen en el consumo de ciertos fármacos que sólo se recetan en nuestras sociedades porque responden a males endémicos de nuestras sociedades y en unas crisis de algunas de sus estructuras más íntimas. Como respuesta espontánea a estos males, al margen del afloramiento de todo una industria del autoayuda, en estas sociedades opulentas están aflorando personas, que hoy son conocidas como reductores, y que son personas que pudiendo optar por una vida que le reporten más ingresos, deciden reducir su nivel de consumo y desconectarse de los iconos de las marcas desarrollando una actitud antimarquista, y optan por vivir más conectadas con su entorno reduciendo a su vez a buena parte de sus ingresos a cambio de tiempo para dedicarlo a sí mismos, a los suyos y a su compromiso con su comunidad.

Hoy en día, no existe una respuesta estructural a estos problemas que afloran en estas sociedades hiperdesarrolladas, y lo que es más grave ni se atisba aún un análisis de los motivos estructurales que generan estos males. Clive Hamilton resulta revelador en el análisis de estos males estructurales, no así en su respuesta. Su proposición de un Eudonomismo o política económica basada en parámetros de felicidad personales de los ciudadanos que exige la formulación de una nueva política del bienestar y cuyos postulados los podemos observar en el manifiesto que se expone en www.wellbeingmanifesto.net elaborado por la New Economics Foundation de Londres y Australia Institute de Camberra no pasa de ser un compendio de buenas intenciones de lectura recomendable.

Clive Hamilton sin duda parece un economista de izquierdas. En sus planteamientos se observan los mismos tics en los que incurren los analistas de izquierdas: La necesidad de un cierto dirigismo y su desprecio o desconfianza a la respuesta individual, como si la suma de una masa crítica de respuestas individuales no fuera capaz de subvertir algunos aspectos estructurales. Se atisba en él cierta negación de la legitimidad de las elecciones de los ciudadanos cuando abocan a su propio fracaso personal porque desde su izquierdismo y con su mejor intención, considera imponible un modelo de felicidad y son incapaces de asumir todas las implicaciones que supone el reconocimiento de una mayoría de edad política, lo que chocará con la línea infranqueable de cualquier demócrata liberal. Sin embargo como analistas de izquierdas es precisamente su crítica que hace a la izquierda tradicional donde a mi juicio se luce con más acierto.

Su crítica al neoliberalismo no es original aunque es del todo razonable, su análisis sobre los déficits de la Tercera Vía teorizada por Giddenns e impulsada por Blair puede ser audaz y sugerente, pero la crítica a la izquierda que no ha sabido superar el modelo de penuria en el que apenas se representa un 10% de la población de las actuales naciones occidentales desarrolladas, que no ha sabido romper con el viejo esquema de la lucha de clases ante una coyuntura en donde muchos asalariados de grandes empresas que tienen sus grandes sindicatos viven hoy mucho mejor a todos los niveles que muchos empresarios autónomos, es además de sólida y solvente, tremendamente demoledora. En esta crítica Clive Hamilton es un  tipo grande. Si la izquierda quiere volver a tener futuro como despertadora de conciencias tendrá que prestar atención a cuanto en ese libro se apunta.

Su libro, ante todo me ha parecido un libro cargado de humanismo, lleno de pena por la perdida de unos valores que han tenido que desaparecer, y es en este humanismo donde encuentro un reto para que una vanguardista democracia cristiana como fue la nuestra, se renueva también hoy, y se actualice hacia un socialiberalismo de raíz humanista que dé respuesta a estos problemas que constituyen unos verdaderos retos que se nos plantean a nosotros como Sociedad Vasca,  hoy totalmente cuestiones que en plena crisis económico y de subida de precios nos pueden parecer de otro mundo, son del nuestro. Nuestros problemas coyunturales de hoy, que necesariamente tenemos que afrontar no nos pueden llevar a olvidar nuestras limitaciones estructurales que continuara aflorando. Lo urgente nunca nos debe llevar a olvidar lo importante.

La formulación de unas leyes de una economía relativista que nos permitan desenvolvernos con seguridad en nuestras predicciones, requerirá mucho más inteligencia de las que fue necesaria para la formulación de las leyes de la física relativista. Puede que asistamos por primera vez al hecho de que unas leyes ya no se formulen por la inteligencia individual de una persona, sino por muchas personas interconectadas en sus reflexiones y cuya existencia está aflorando gracias a la red. Esta consolidación de una inteligencia colectiva es para mi otro de los grandes retos que va a tener la humanidad y cuya alcance puede dar lugar a saltos cualitativos inimaginables. Está bien que constituyamos entidades como Jakiunde que, en palabras de un gran físico vasco, aspiran a ser centrifugadores de excelencia, ello nos reportará sin duda impulso como país y permitirá un mayor aprovechamiento de nuestro combustible intelectual. El verdadero reto está en poder encontrar y formar parte de una Red que actúa como Condensador Global de Inteligencia Dispersa, ese día no tendremos sólo mejor combustible, tendremos ante todo un inmenso nuevo propulsor de potencia sin límites.

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