Imanol Lizarralde
Es bueno que las opiniones salgan a la luz y alcancen consistencia y definición. El artículo del abogado J.M. Ruiz Soroa acerca de la cuestión lingüística (”La ingenuidad va por barrios”, DV 6-5) tiene, por ello, un aspecto muy positivo. Nos muestra la cara amable de los enemigos del bilingüismo.
Ruiz Soroa se queja de que “un elevado porcentaje de la población aprende y ha aprendido el euskera por pura y dura obligación”. Ruiz Soroa no aporta los datos relativos a los porcentajes de personas atados a tan ingrata tarea por la “obligatoriedad”. Hay sin embargo también un porcentaje de gentes, funcionarios en su mayoría, a los que se les financia con dinero público y por muchos años que asisten o dicen asistir a clases de euskara no aprenden ni por el forro y llegan a sacar en sus exámenes lingüísticos notas cercanas a cero. Son los rebeldes que no quieren aprender el euskara por obligación y aunque les subvencionen y les ahorre jornadas de trabajo. Al señor Ruiz Soroa le diría que es muy difícil aprender un idioma de la dificultad del euskara sólo por obligación. Estoy convencido, pues lo veo a mi alrededor, que la mayoría de las personas que han aprendido euskara no lo han hecho primordialmente por motivos económicos.
Tras esbozar este paisaje de gentes encerradas en euskaltegis como si de un oscuro GULAG se tratara, Ruiz Soroa tiene que convenir: “Lo asombroso es que tales medios (los que “obligan” a aprender euskara) hayan tenido y sigan teniendo pleno soporte legal y constitucional y, por ello, sean inobjetables desde un punto de vista jurídico. Lo asombroso es que hayamos montado en España un sistema normativo que permite a las autoridades de turno organizar gigantescos experimentos de reconversión lingüística de enteras masas de población nada menos que a finales del siglo XX. Con la ley en la mano. Eso es asombroso”. Si, es asombroso y lamentable para Ruiz Soroa. Pero esas medidas cuentan con la aquiescencia de la voluntad popular de los vascos que han votado por ellas. Y por un sistema educativo que, en gran parte, está moldeado en la época en la que los socialistas ocupaban el área de la cultura y la educación. La democracia a veces puede ser asombrosa para los no acostumbrados a ella. Pero el actual modelo lingüístico vasco es fruto de pacto transversal y fue gestionado durante una parte de la historia por un partido estatal. Ruiz Soroa confiesa así, sin el menor rubor, encontrarse más allá o más acá del consenso constitucional y estatutario.
Ruiz Soroa dictamina: “en el momento en que una lengua minoritaria se declara oficial con el mismo rango que la común, se está poniendo la primera piedra de la obligación de que a la larga todos los ciudadanos la aprendan y la conozcan. Es así de inevitable”. Ruiz Soroa ya parcializa un poco el significado de la palabra “obligación”, puesto que los medios que tanto escándalo le causan son “la primera piedra” y no una especie de decreto por medio del cual la población que no saque el EGA en dos días sería expulsada del país. La verdadera causa del horror a Ruiz Soroa es que “a la larga todos los ciudadanos aprendan y conozcan” euskara. Hay sensibilidades extremadas que ven como una especie de utopía totalitaria la posibilidad de que la mayoría de la población sepa y practique el euskara. Les causa el pavor de la concreción de un oscuro designio. Cuanto sufrimiento pasivo tendrá que pasar Ruiz Soroa en un territorio como Gipuzkoa donde la mayoría de la población ya sabe euskara.
Ruiz Soroa concluye: “Hasta tal punto el pensamiento hegemónico nacionalista se ha adueñado del imaginario colectivo que ya casi nadie es capaz de asombrarse ante hechos tan pasmosos como el de que la lengua que todos hablamos, la que nos permite entendernos a los vascos entre nosotros mismos, la lengua común universal para todos los conciudadanos, sea considerada como una “lengua ajena”. Y que la vernácula, que sólo una minoría conoce, sea nuestra “lengua propia”. Frente a esta aseveración, a mi me viene a la memoria la entrevista hecha el pasado sábado en El País al conocido escritor irlandés de apellido anglonormando John Banville (considerado como uno de los mejores novelistas en inglés). Este hombre tiene la osadía de decir: “Yo soy irlandés, y los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera…”. Esto lo dice una persona que no tiene el gaélico-irlandés como lengua “vernácula” (al atribuir tal “vernacularidad” al euskara, Ruiz Soroa estaba reconociendo inconscientemente el status del euskara de idioma propio), que ha nacido en un país donde tal lengua “vernácula” apenas se practica (hay más euskaldunes en Azpeitia que gaelicoparlantes en toda Irlanda) y que lleva generaciones hablando el inglés. Y pese a ello Banville no considera al inglés, el idioma en el que escribe, una lengua propia. ¿Por qué será?
Por que los idiomas son también realidades psicológicas y por que a nadie se le escapa la diferencia entre lo nativo y lo foráneo, por mucho que lo foráneo tenga siglos de existencia. Pero Ruiz Soroa enrocado en una españolidad fundamentalista de la que parece que no es consciente, seguirá, pese a todo, señalando las pajitas del bilingüismo sin poder llegar a distinguir el pino piñonero estepario que le tapa el ojo.